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Opinión 
Edición: 1137 - Fecha: 24 de Oct, del 2007
La certeza de la duda

Una mujer de mediana edad me entregó un volante que sacó de su bolsa de feria y se detuvo al ver mi cara de desconcierto.

     Era en una calle de la ciudad de Miramar, en la última semana de septiembre, y el volante reproducía una carta que alguien – hasta ese momento para mi desconocido – había mandado a un diario local. Al ver mi cara de turista sorprendido me informó que era la madre de un policía que estaba preso porque lo habían involucrado, según ella injustamente, en el sonado asesinato de Natalia Melmann, cuyo cadáver apareció en febrero de 2001 en un descampado del lugar con signos de violación. La mujer comenzó a explicarme los pormenores de la causa en la que habían envuelto a su hijo a pesar de haber demostrado que cuando se cometía el crimen estaba en otro lugar, pero el tribunal había sido presionado por los intereses políticos, la sentencia había sido precipitada para calmar a la opinión pública, las pruebas no se habían evaluado correctamente y ella estaba luchando para que su hijo, un joven veinteañero, tuviera una sentencia justa. Cuando la mujer se alejaba pensé en el misterio que encierra el corazón de una madre que defiende a su hijo a toda costa, pero de pronto me asaltó la duda.

    Lo que aquella mujer decía era totalmente coherente, creíble y podía ser verdad. ¿Por qué tenía yo que creer que el fallo era justo? ¿Acaso no había sobradas muestras de corrupción en la justicia? ¿Qué impedía que la influencia política lograra doblegar a los jueces? ¿Cuántas veces la presión popular precipitó una sentencia injusta?

    En los días precedentes el Presidente Kirchner había hablado en las Naciones Unidas pidiendo la solidaridad de Irán en la investigación del caso AMIA. Me alegré que no hubiera cedido ante las expresiones extorsivas del Embajador Iraní en nuestro país y pusiera las cosas en su lugar. Era esperable una contestación poco amable de la otra parte y así sucedió.

     El presidente Mahmud Ahmadinejad respondió, entre otras cosas, poniendo en duda la imparcialidad de la justicia argentina. A renglón seguido se conoció el informe de Transparencia Internacional señalando que Argentina sigue entre los países con mayor nivel de corrupción. La directora regional para América explicó que “existe un alto nivel de informalidad en la gestión pública, hay baja institucionalidad y las organizaciones de control son muy débiles.” Y nuevamente experimenté la incertidumbre sobre la veracidad de lo actuado y la legitimidad del reclamo.

    A esto hay que agregar otros casos que aportan lo suyo a la duda. En Córdoba sigue la discusión sobre el escrutinio de las últimas elecciones y la sombra del fraude sobrevuela en todo el país. Las cifras del nuevo INDEC vuelven a ser cuestionadas por las amas de casa que sienten, como muchos argentinos entre los que me incluyo, que se les está tomando el pelo.

    El conflicto con Uruguay obliga al Presidente a decir que no dijo lo que dicen que dijo, y a decir que lo que dijo fue mal interpretado, por lo tanto lo que oímos no es lo que debíamos oír.
A esta altura estoy dudando de la justicia, de las instituciones, de las elecciones, de las estadísticas, del periodismo y hasta de lo que escucho. No soy la excepción, como a muchos argentinos la realidad me empuja a dudar, a vivir en estado permanente de sospecha, a no creer ni en lo que ven mis ojos ni en lo que oyen mis oídos.

    Tengo el drama de Renato Descartes que en el siglo XVII se preguntaba cómo conocer y llegar a la verdad. ¿Podía dar crédito a Aristóteles? Durante siglos se le había otorgado al filósofo griego una autoridad absoluta, pero había sido desmentido por la experimentación. Tampoco los sentidos eran dignos de crédito: Durante años la humanidad había visto al sol moverse, cuando realmente la Tierra era la que se desplazaba. La Iglesia había condenado a Galileo, pero finalmente se demostró que el científico tenía la razón y la Iglesia estaba equivocada.

    Sin embargo luego de hundirse en el pantano de la duda Descartes llegó a una certeza: Dudo de todo, menos de que estoy dudando. E inmediatamente sacó la conclusión de que si dudaba era porque estaba pensando y si pensaba era porque existía.

    Inmodestamente tengo que confesar que cuatro siglos más tarde he llegado a la misma conclusión porque tengo la certeza de que existo, pero me siento ciudadano de un país cartesiano donde todo puede suceder, donde nada parece ser confiable y donde la única certeza es la duda.

    Salvador Dellutri

 

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