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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1128 - Fecha: 10 de Oct, del 2007
La política y los politicos

Los tiempos electorales que vivimos me han llevado a reflexionar sobre la política y las actitudes que asumen los políticos en sus campañas. Los argentinos buscamos denodadamente la senda del progreso y desarrollo. Esta búsqueda es aprovechado por los detentadores del poder que para alcanzarlo, no miden los medios que emplean, cuando lo logran tratan de ocultar sus fracasos y cambios de rumbos, presentando proyectos que ostentan posibles soluciones, pero no son más que meros paliativos en busca de cubrir los groseros errores cometidos.

     Estas actitudes mueven a pensar que el arte de gobernar, es evitar que se haga notoria su incompetencia, apelando a diversos artilugios como ser: falsedad en la información, presiones, deslealtad, venalidad, etc., apoyados por una propaganda, que tiende a demostrar airadamente el logro de la meta propuesta. Los métodos empleados dejan como enseñanza, que la falsedad es el derecho natural del político y que las escasas cualidades morales e intelectuales que poseen buscan solo conservar su vanidad personal. Este accionar muchas veces alcanza tal magnitud, que ante la disyuntiva de tener que cambiar de opinión o sumir a la Nación en una política nefasta, eligen, sin dudarlo lo último.
El político considera que el ciudadano no merece consideración ni respeto, dejan de lado su interés y tranquilidad. Las actitudes que asumen por alcanzar el poder les hacen olvidar que los gobiernos deben estar al servicio del ciudadano, para protegerlo en su libre expansión espiritual, cultural y laboral. El valor de un país es la suma de los valores de sus hijos. El gobierno que trata de sustituir el desarrollo, por sus propios intereses, es regresivo y amenaza la dignidad humana.

     La actitud personalista asumida por la dirigencia gubernamental, recuerda el accionar de los jueces del siglo XVI, que administraban justicia en nombre de un derecho que solo ellos conocían, mientras que los sometidos a juicio lo ignoraban. Actitudes similares se viven hoy, los sistemas gubernamentales se mueven en un marco en donde impera una total indiferencia e insensibilidad frente a los problemas que aquejan al pueblo.

     La situación planteada, presenta dos aspectos, por una parte, blandura respecto al manejo del poder y por otra dureza respecto al ciudadano común. Se consigue así mantener el servilismo de sus allegados asegurándoles estabilidad mientras dure su gobierno, en tanto se permite el accionar de grupos de presión financiera que logran fuerte poder y monopolizan la corrupción. Se forjan así las armas que pondrán fin a las revelaciones e indiscreciones que los puedan perjudicar.

     Las sociedades que poseen un patrón democrático débil y desorientado, se hallan a merced de los especialistas de la destrucción que solo los mueve preparar el desmoronamiento del orden institucional, elemento esencial de toda sociedad libre. Cuando se consigue desmoralizar al pueblo, haciéndole perder credibilidad en las instituciones de la democracia, insuflándole dudas y desconciertos sobre sus beneficios, minando sus intereses y deseos de manifestarse, se desarma la voluntad moral de la Nación.

     La política debe ser una labor constante, realizada por el intercambio de ideas entre los ciudadanos, podrá finalizar así la actitud transgresora tan habitual entre los argentinos que lleva a una fuerte y sostenida inclinación hacia la ilegalidad tanto en la esfera pública como en la privada. En la actualidad los políticos han perdido la mística de los próceres de otrora y solo están obsesionados por la acumulación de poder, son demagogos y pragmáticos. No ven más allá de los resultados inmediatos, son incapaces de concebir un modelo superior de país. Padecen una especie de autismo crónico que les impide ver más allá de sus narices y de sus bolsillos. Después de la generación del 80, ya no intentaron soñar con un gran país, ni acrecentar sus valores y símbolos.

     En reiteradas oportunidades se escucha “Todos los políticos son iguales, no hay forma de cambiarlos”, esta frase muchas veces es fomentada por los mismos políticos, interesados en que se de por hecho que la corrupción y la falta de participación son cualidades fatales imposibles de solucionar. Cuando la ciudadanía se aparta de la política con una muesca desdeñosa los favorece, el alejamiento permite controlarla a su antojo y transformarse en una casta que vive a sus espaldas.

     Los políticos, cuando llegan al poder, deben tener presente que pueden mandar porque el pueblo a través del acto electoral, se los ha permitido, no han nacido para el poder, nadie ha nacido para mandar, ni nadie ha nacido para obedecer. En las democracias todos mandan y obedecen en determinados ámbitos.
Guillermo Vadillo

 

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