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Opinión 
Edición: 1127 - Fecha: 8 de Oct, del 2007
La depredación se está por consumar

Rusia plantó bandera en el fondo del Artico. Gran Bretaña pretende extender sus dominios marítimos. Y Estados Unidos reconoce ahora una ley que desconoció por 25 años.

     El título puede llamar a interpretaciones erradas. Alguien podría preguntarse ¿acaso no nos encontramos en pleno proceso de depredación? La Amazonia que retrocede, las especies marinas que merman sus existencias, los desiertos que avanzan. Pero, a pesar de este modelo de destrucción planetario, todavía quedan zonas vírgenes en nuestra casa. Básicamente los océanos y los polos. Pero en los últimos días se produjeron hechos que nos indican que esta situación va a cambiar más pronto que rápido. En este contexto es que se justifica el título.

    La profecía conocida como catástrofe malthusiana ha fracasado. Thomas Robert Malthus (1766-1834) fue un economista inglés que predijo que la población mundial crecería más rápido que la cantidad de bienes y servicios necesarios para su subsistencia. Nunca se produjo tanto y con tanta variedad como en la actualidad, esto queda claro. Pero debemos decir que una parte de su vaticinio es plausible de concreción: aunque sostuvo que llegaría un momento en que la población no encontraría recursos suficientes para su subsistencia, sí es cierto que a este nivel de depredación, en poco tiempo no habrá más recursos, independientemente del tamaño de la población.

    Por culpa de este apetito voraz por todo tipo de recurso, las potencias han colonizado territorios habitados e invadido naciones soberanas. No obstante, vastas extensiones de nuestro planeta Tierra han permanecido al margen de este proceso geo-antropo-destructivo: la mayor parte de los océanos y las regiones polares.

    Pero el 3 de agosto pasado, un submarino científico de la Federación Rusa se posó sobre el fondo del Océano Glacial Artico con varios legisladores y funcionarios abordo y literalmente clavó bandera, en un acto en el cual reclamó la soberanía sobre este gélido territorio. Y desató así un nuevo foco de conflicto territorial en el Polo Norte.

    Gran Bretaña admitió el 23 de setiembre que prevé proponer a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (Unclos) la extensión de la zona de explotación económica exclusiva en algunos territorios insulares bajo su ocupación. El gobierno de Su Majestad pretende pasar de las actuales 200 millas (370 kilómetros desde la línea costera) hasta las 350 millas (630 kilómetros) donde los estados tienen derecho a la explotación tanto de las aguas como del subsuelo.

    Estados Unidos ha cambiado de parecer. Durante más de 25 años ha despreciado la vigencia de la Ley del Mar, un tratado internacional consensuado en el seno de las Naciones Unidas que regula y concede el derecho sobre las aguas territoriales. Pero ahora, en este nuevo escenario, el Senado de esa superpotencia puso en marcha una comisión técnica –con participación de miembros del Pentágono- para ratificar ese acuerdo.

    Estos tres casos marcan el inicio de una serie de reclamos por ahora diplomáticos pero que nadie se atreve a vislumbrar cómo van a terminar. Gran Bretaña, Dinamarca, Islandia, Noruega, Rusia, Estados Unidos y Canadá ya movieron sus piezas para apropiarse de las potenciales riquezas del Polo Norte.

    A su vez, Londres ha introducido nuevamente el conflicto irresuelto con Buenos Aires por la soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur. Estos territorios insulares pertenecen a la República Argentina por derecho, pero se encuentran ocupados de facto por el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte desde 1833. Con la pretensión de extender su zona de explotación económica exclusiva, la falsa soberanía se extenderá hasta costas continentales argentinas.

    Sucede que en el seno de la Comisión de Límites de la Plataforma Continental de las Naciones Unidas, los países que así lo deseen, tienen tiempo hasta mayo de 2009 para solicitar la extensión en la soberanía marítima citada anteriormente. Pero con la salvedad de que si el territorio en cuestión se encuentra en disputa, la petición queda descartada en forma automática, como el caso de las islas del Atlántico Sur.

    Es fácil pronosticar que el próximo movimiento en aras de apropiación de recursos naturales sin explotar ponga proa al sur. La Antártida, el continente blanco, es el próximo botín. Esta extensión de tierra mayor que Europa pero casi desabitada se encuentra protegida por el Tratado Antártico de 1959 (entró en vigencia en 1961), refrendado por los países que aspiran a ejercer soberanía efectiva. Se trata de Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Francia, Japón, Nueva Zelanda, Noruega, Sudáfrica, Rusia, el Reino Unido y Estados Unidos.

    En 1991, en Madrid, se rubricó el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente que declara a esa porción de tierras emergidas “Reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia”, por lo cual se prohíbe hasta 2042 cualquier explotación de los recursos minerales. Pero las pretensiones británicas hacen prever que se esté cerca de rever lo firmado.

    Detrás de estos movimientos se encuentran las potencias mundiales y las compañías petroleras y del sector primario. Porque aunque lo nieguen, estos estados y empresas ya tienen estudiados los escenarios futuros con un nivel de cinismo llamativo. Por citar, ya se prevé el descongelamiento de los hielos árticos para alguna fecha entre 2040 y 2100, y las autoridades de Washington, Ottawa y Moscú ya lo definen como un paso marítimo alternativo al Canal de Panamá. Y hasta ayer nomás negaban la existencia del cambio climático.

    Los primeros pasos se han dado. Aunque existan tratados internacionales que regulen cualquier acción unilateral, la historia reciente está repleta de hechos consumados que son, precisamente, los que escriben la historia. Invocaciones de seguridad nacional han hecho que se retroceda en los hechos lo que se avanzó en lo jurídico. Y esta historia (perdón por la redundancia) no parece que vaya a cambiar justo ahora.

 

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