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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 119 - Fecha: 19 de Dic, del 2002
El cáncer del asistencialismo

Argentina es hoy un país que se devora a sí mismo. Lo ha venido haciendo en los últimos cincuenta años cuando el asistencialismo se convirtió en una herramienta poderosa usada por los políticos a la hora de los comicios.

     Dirigentes que, cegados por la ambición de poder, en vez de elaborar políticas de productividad y desarrollo buscan desesperadamente fondos para desarrollar insensatos planes asistenciales. Recurren a cualquier medio: desde la extorsión a pequeñas empresas hasta el endeudamiento externo, todo es válido si les permite repartir unas pocas migajas, las necesarias para captar la cantidad de votos necesarios para acceder al poder.

    Esta práctica ha tenido varias consecuencias nefastas.
En muchas provincias potencialmente ricas, la dirigencia política en vez de producir desarrollo aumentó hasta cifras astronómicas el empleo estatal mientras sus gobernadores pasan la mayor parte de su tiempo a la sombra de la Casa Rosada reclamando la coparticipación federal que les permite eternizarse en el poder. Por eso tenemos un mosaico de feudos anacrónicos, decadentes y autoritarios, en los que una familia se encastilla en el poder, rodeada de vasallos obsecuentes que les rinden pleitesía. Para muestra están las provincias de Catamarca, Corrientes, Santiago del Estero o San Luis donde el carcinoma del feudalismo sigue haciendo sus estragos.

    Pero hay otro efecto mucho más pernicioso: El asistencialismo ha ido destruyendo la cultura del trabajo y minando la concepción republicana. El Estado ha cambiado su función administrativa para convertirse en el de Supremo Padre Benefactor que tiene la obligación no solo de socorrer en los momentos de crisis, sino sustentar permanentemente a una gran masa de la población que pretende vivir a sus expensas.

    Muchos de los problemas de pobreza son reales y necesitan de la ayuda solidaria del Estado y de toda la población. Pero hay que discernir con inteligencia cómo y a quién se da esa ayuda, porque mimetizados con los verdaderos necesitados hay una multitud increíble de haraganes que prestan su apoyo al político de turno y son los primeros que se benefician con los planes asistenciales. Tribus de “vagos y mal entretenidos”, comandadas por “punteros”, que no han trabajado ni piensan trabajar en su vida y viven del asistencialismo estatal.

    ¿Qué hubiera pasado si el dinero que se pidió prestado al Fondo Monetario Internacional y demás instituciones crediticias se hubiera utilizado para implementar políticas de crecimiento, educación y desarrollo? ¿Qué hubiera sucedido si el dinero de las privatizaciones en vez de ir a las cuentas de Suiza y usarse para ganar elecciones se hubiera usado para dar un apoyo inteligente y racional a la industria nacional? Hoy tendríamos un país diferente. Pero la corrupción y el asistencialismo nos han llevado a este callejón sin salida.

    Los medios ahora descubren que hay niños que mueren de hambre y los exhiben como novedades, cuando quienes conocemos el interior de nuestro país sabemos que esto viene sucediendo desde hace muchísimos años sin que nadie se inmutara.

    Y frente a estos cuadros desoladores vuelve a ejercitarse un asistencialismo irracional. Es insólito que en una provincia como Tucumán mueran niños de hambre, cuando tradicionalmente la conocemos como “el jardín de la República” por la exhuberancia de su tierra. Digamos la verdad: muchos de estos cuadros de desnutrición son la consecuencia de la falta de una política educativa correcta que enseñara a pescar en vez de repartir pescados. Con cuatro metros cuadrados de tierra se pude obtener lo necesario para que una familia subsista. Pero la mediocre e ignorante dirigencia política, en vez de educar para la productividad y la supervivencia, se dedicó a captar sus votos con dádivas negándoles la educación elemental que les permitiera saber manejarse en estas situaciones. Esto hace que padres bien alimentados, pero mal educados, vean impotentes a sus hijos morir de hambre.

    Nuestros abuelos inmigrantes, criados en otra cultura, aprendieron a utilizar cualquier pedazo de tierra para subsistir. Tenían la dignidad, perdida hoy por una gran parte de los argentinos, de no querer pedir ni tampoco depender. El sano orgullo de querer vivir de lo que producían sus manos, aún en los momentos más trágicos de la economía.

    Todavía quedan testimonios de pequeñas quintas improvisadas en los terrenos del ferrocarril, junto a las vías, donde los vecinos sembraban y cosechaban para sus familias.

    Hace unos meses el INTA repartió semillas gratuitamente en las escuelas para que cada uno hiciera su propia huerta. En muchas escuelas las semillas se pudrieron sin que nadie las usara. Falta de educación producto de años de asistencialismo que terminaron por destruir la dignidad que da el pan ganado con el propio esfuerzo y hace que, frente a la necesidad, el único recurso sea golpear las puertas del Estado benefactor cuyas ubres ya no tienen más leche.

    El asistencialismo debe ser racional, no tiene que estar en manos de políticos que lo usen para hacer su sucio trabajo, sino de instituciones intermedias. Tiene que ser administrado con inteligencia y debe siempre ir acompañado de un plan educativo que le permita al beneficiario aprender a “pescar su propio pez”.

    El cuadro de desnutrición de los niños tucumanos es lamentable. Pero también es lamentable ver a un gobernador incompetente, inútil para la función pública que se aferra a un sillón que no le corresponde y a un cargo que ha deshonrado. Lamentable también es ver que el gobierno central despliega con bombos y platillos sus banderas asistenciales con inconfesables intenciones, cuando no fue capaz de implementar una política de recuperación para el país y tiene como único objetivo recibir el asistencialismo del Fondo Monetario Internacional.

    Salvador Dellutri

 

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