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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1085 - Fecha: 2 de Ago, del 2007
Enfrentar a fondo los embates neoliberales

La integración regional no se logra dejando las cosas como están. No se trata de cubrir un espacio comercial, económico y político, sino de abrir un escenario contrahegemónico.

     El rechazo de los pueblos al neoliberalismo que pretende empeorar la situación de los pobres y proteger a las transnacionales, ajenas al beneficio social, crea mejores condiciones para impulsar los procesos de integración, en oposición a los proyectos hegemónicos de Estados Unidos en el escenario latinoamericano. Esta región vive un momento histórico, propicio para que sus gobernantes hagan una reflexión más apegada al interés popular, alejada de las posturas adquiridas en el torrente neoliberal. Comunidades enteras exigen un mayor protagonismo en la unión de los países ante los grandes retos que presenta el sistema capitalista-imperialista en su etapa actual.

    Esa actualidad está preñada de obstáculos en el camino de la integración regional, que en el caso del Mercado Común del Sur (Mercosur), ofrece trabas en las relaciones comerciales, rechazos o demoras en la aprobación de ingresos de nuevos países y el coqueteo de algunos gobernantes de este bloque con campo hegemónico. Ello confirma un proceso más lento y difícil, pero no imposible.

    El artículo “¿Coyuntura o estrategia?”, publicado en APM el 1 de julio de 2007, desmenuza acertadamente los inconvenientes que afronta este proceso con claras apreciaciones al aclarar: “el debate político sólo preocupa a quienes quieren dejar las cosas como están. Entre voces y silencios, la XXXI Cumbre del Mercado Común del Sur puso en evidencia que no todos quieren decir lo mismo cuando hablan de integración”.

    “Sucede que para algunos se trata de un espacio comercial, económico y político concebido dentro del paradigma de tensión ‘mundo global-regiones’ del enfoque neoliberal y para otros es una posibilidad cierta de discutir e implementar una agenda estratégica sobre puntos también estratégicos: control y utilización conjunta de recursos naturales y energéticos, inyecciones profundas de políticas distributivas; creación y instituciones multilaterales (políticas y sociales) propias y ampliación de la base social de los regímenes democráticos a través de nuevas fórmulas de participación popular”, afirma el mismo artículo.

    El desafío es grande para el Mercosur, donde deben discutirse esas y otras cuestiones que entorpecen el proceso integrador de Sudamérica. Es primordial eliminar brechas proclives al Consenso de Washington de los años ‘90 del pasado siglo, al establecer las condiciones económicas, militares, políticas y sociales para la aplicación del diseño recolonizador de Estados Unidos, país ese que además promueve conflictos entre los gobiernos y trata de dividir el movimiento integrador.

    Uno de estos conflictos se localiza entre Argentina y Paraguay en torno a las fábricas de celulosas sobre el río Uruguay. También se presentan los roces entre los dos países más pequeños del Mercosur (Paraguay y Uruguay) con los dos “grandes” (Argentina y Brasil), por sus diferentes intereses comerciales y las asimetrías económicas, aspecto aún no resuelto, presentándose como una debilidad del bloque.

    Esa situación deja insatisfechos insatisfacción a los “pequeños” Uruguay y Paraguay y alienta los intereses del imperio, encabezado por Estados Unidos, en favor de los Tratados de Libre Comercio, además de recalentar el ambiente entre las fuerzas de derecha, a la caza de problemas del bloque para fomentar rencores y divisiones. Los grupos más reaccionarios ven en la integración regional a un enemigo, una amenaza para sus intereses de clase.

    Un tema que sonó bastante dentro y fuera del Mercosur lo constituyó la visita del presidente estadounidense George W. Bush por países de la región sudamericana en marzo de 2007. Para referirnos a la cita en Brasil nos remitimos a un comentario de APM, medio que esa oportunidad señaló que el Presidente brasileño Luiz Inacio Lula Da Silva manifestó su satisfacción con lo pactado con Bush acerca de los biocombustibles: “estaremos dando un cambio en la matriz energética mundial en el área de combustible para los próximos 20 ó 30 años”, dijo Lula.

    Seguidamente, el mandatario brasileño expresó que Estados Unidos seguirá siendo el principal socio de Brasil y buscará mantener y fortalecer esa relación, pero “sin que abdiquemos de nuestro compromiso mayor, que es todo el fortalecimiento del Mercosur, la constitución de la Comunidad Sudamericana de Naciones y el proceso de integración que estamos realizando”.

    Es plausible esa última afirmación del presidente Lula, que refleja un “compromiso mayor”, aunque recordemos que el representante estadounidense persigue la división de los países del Mercosur, debilitarlos políticamente en beneficio de sus intereses hegemónicos.

    Sin dejarse llevar por las ofertas “llamativas” de Estados Unidos sobre libre comercio o por las “ventajas” en la producción de etanol, los países del bloque deben trabajar más unidamente por la integración regional y dejar atrás las trabas neoliberales, como única vía para la creación de una comunidad con nuevas y más sólidas estructuras institucionales, políticas, económicas, sociales y culturales, sobre la base de la solidaridad y la cooperación.

    Sobre el mencionado recorrido de Bush por Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México, recordamos asimismo las palabras del comentarista de la Televisión Cubana, Eduardo Dimas, al sostener que con esa visita se apreciaron más las grietas que existen en la integración de América Latina, entendiendo que la propuesta de producción de agrocombustibles fue la cuña facilitadora para ver esas grietas con más claridad.

    Entre otros elementos conspiradores contra la integración figuran el empecinamiento del Senado brasileño al no aprobar, hasta ahora, el ingreso de Venezuela al Mercosur, los obstáculos brasileños al ingreso de resinas de tipo PET a la Argentina, un insumo básico para la manufactura de envases plásticos, y la inercia en la decisión del bloque de avanzar firmemente como una fuerza contrahegemónica, que modifique la acción en el poder.

    Esas son algunas de las aristas más sobresalientes contra las gestiones integradoras del Mercosur, bloque con muchos retos por delante, destacándose la necesidad de combatir los puntos en disputa citados.

    No puede ser después. Es el momento histórico para unir fuerzas y propósitos, y enfrentar a fondo los embates del neoliberalismo y los ataques, visibles o no, del imperialismo estadounidense.

    (APM)

 

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