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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1056 - Fecha: 21 de Jun, del 2007
La muerte y los buitres

Los casos Dalmasso y Belsunce acaparan la atención del público y desbordan la crónica policial. Tienen el singular atractivo de ser crímenes que involucran a la clase media de los barrios cerrados, una franja social que no suele ocupar frecuentemente las páginas policiales por hechos de sangre.

     Por esa causa despiertan no solo la curiosidad sino también el morbo del público, que se complace en poder violar la intimidad de un mundo hermético y conocer sus miserias. Por añadidura el misterio que rodea a ambos casos permite a periodistas, seudo periodistas, especialistas y amateurs asomarse a los medios y conjeturar hasta el delirio sobre autores, móviles y pistas con total impunidad,
El caso Dalmasso, todavía en vías de investigación, debido a la desorientación del fiscal, permitió que el delirio desbordara hasta límites increíbles. Al comienzo se adjudicaba la autoría a algún amante que con su impericia provocaba la muerte mientras desarrollaba un perverso juego sexual. Esto bastó para que el periodismo desplegara el peor de los amarillismos y movilizara la morbosidad pública presentando a la víctima como una moderna Mesalina por cuyo lecho desfilaban amantes de todo calibre. Pero la historia tuvo un giro inesperado cuando se cambió la versión y lo que hasta ese momento había sido una relación sexual consentida se convirtió en violación seguida de muerte. Un albañil, cuyos únicos meritos parecen ser su agilidad física y su incontinencia verbal, fue el chivo expiatorio que transformaba el caso en un radioteatro del siglo pasado donde la patrona coquetea y el obrero enardecido abusa de ella para luego asesinarla.
La inconsistencia de los fundamentos para detener al acusado enardeció al pueblo que presionó a la justicia y el fiscal tuvo que cambiar el libreto para terminar incriminando al hijo de la víctima con lo que el radioteatro se convirtió en un escabroso culebrón donde la relación incestuosa y enfermiza culminaba con el crimen. Pero aquí tampoco las pruebas parecen tener mucha consistencia por lo que comienzan a investigar un misterioso automóvil blanco que estaba, según dijo algún testigo, cerca de la escena del crimen en el momento menos oportuno y el móvil pasional deriva en un asesinato mafioso por encargo. No sabemos que rumbo puede tomar mañana una investigación tan errática.
Todo esto no pasaría de ser el argumento de una mediocre novela policial si no fuera porque es un caso real en el que se ven involucradas personas. Y las personas tienen afectos, sentimientos y dignidad que merecen respeto.
Los periodistas policiales, salvo rarísimas excepciones, se han convertido en una banda de buitres carroñeros famélicos que dejan a su paso los despojos de quienes se cruzan en la causa. Es patético verlos correr “detrás de la primicia”, con una total falta de criterio y sin ningún respeto por las personas. El hijo de la víctima puede ser el culpable y si así fuera tendrá que purgar sus culpas según lo establezca la ley y sentencia el tribunal correspondiente. Pero puede no ser culpable y sin embargo tiene que soportar que se ventile su vida privada, analicen en los rasgos de su firma huellas de perversidad o estudien públicamente su fisonomía para encontrar los signos lombrosianos del asesino. Todo esto hecho por personas de una bajísima estatura moral y una nula capacidad profesional, que se sienten protagonistas y con autoridad sólo porque están frente a una cámara de televisión.
La imbecilidad de estos “periodistas” de pacotilla llega a tal punto que una notera corría detrás del hijo de la víctima preguntándole a los gritos si él era el asesino. Seguramente creía que por ese camino podía obtener una primicia explosiva…
La desorientación del fiscal y el tiempo transcurrido hace pensar que las probabilidades del esclarecimiento son cada vez más escasas. Pero cuando todo esto se vaya apagando y los titulares cambien el rumbo hacia otros escándalos quedarán flotando varias preguntas que no tendrán respuesta: ¿Quién va a resarcir moralmente a quienes fueron exhibidos y vapuleados por la prensa? ¿Quién le devuelve ante la opinión pública la credibilidad perdida? ¿Con qué derecho se viola impunemente la intimidad de las personas solo porque un fiscal chambón los pone en la picota?

    Salvador Dellutri

 

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