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Opinión 
Edición: 1048 - Fecha: 11 de Jun, del 2007
El huevo de la serpiente

“Tirano Banderas”, la novela magistral de Ramón del Valle Inclán, publicada en 1926, fue la primera de una serie de obras literarias que trataron el tema de los dictadores latinoamericanos.

     A ella se sumó “El señor Presidente” (1946) del premio Nobel guatemalteco Miguel Asturias, “El recurso del Método” (1974) del cubano Alejo Carpentier, “Yo el Supremo” (1974) del paraguayo Augusto Roa Bastos, “El Otoño del Patriarca” (1975) del colombiano Gabriel García Máquez, también galardonado por la Academia Sueca y recientemente “La fiesta del Chivo” del peruano Mario Vargas Llosa. No es casual que un conjunto tan destacado de escritores reflejaran una triste realidad latinoamericana: su proclividad a las dictaduras que, en numerosos casos, contaron con el apoyo popular. Pero cada una de estas obras es en si misma una radiografía de los diversos estilos en que el despotismo se enseñoreó de países latinoamericanos en distintas épocas. También muestran la diversidad de estilos que los caracterizó; Carpentier describe al dictador ilustrado que se rodea de lujos afrancesados y, por contraste, García Márquez retrata al dictador ignorante y brutal cuya madre, al verlo entorchado y rodeado del cuerpo diplomático, exclama: “si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente de la república lo hubiera mandado a la escuela”
Pero el peligro de los despotismos no está definitivamente conjurado y, a pesar de las declamaciones democráticas y las aspiraciones de libertad que proclaman todos los himnos nacionales latinoamericanos, siempre está latente la posibilidad de hacer renacer ese pasado.

    Igmar Bergman, el director de cine sueco, tiene una obra densa, compleja, que convoca a la reflexión y la titula sugestivamente “El huevo de la serpiente”. Tomando como metáfora la transparencia del huevo que permite ver anticipadamente al reptil, señala que quienes hubieran observado detenidamente la realidad podían percibir que la dictadura de Hitler era previsible. Sin embargo el pueblo se engañó y convalidó con su voto el ascenso al poder de quien los llevaría a la ruina. Frente a esa realidad Eric Fromm se pregunta qué sucede en los pueblos que, a pesar de estimar la libertad como el don más preciado, no vacilan en entregarla. Atribuye esa reacción a lo que denomina “el miedo a la libertad”.

    La seducción del poder anida en el interior de muchos políticos que, aunque no lo confiesen, cuando son investidos por el voto popular creen que han sido los elegidos del destino y desarrollan apetencias mesiá-nicas. Detrás de su propósito de eternizarse en el poder no vacilan en reformar las leyes que obstaculizan sus pretensiones y escudándose en el voto popular, que consiguen desplegando su arsenal demagógico, terminan por vaciar la república. Porque la democracia no consiste solo en votar, sino en que las instituciones republicanas funcionen aceitadamente y garanticen la observancia de las leyes, la libertad de expresión y el respeto de las minorías.

    Por eso es preocupante ver como hombres que no vacilan en amordazar a la prensa, perseguir a sus opositores y cercenar las libertades son tolerados si pertenecen o se identifican con determinado signo político. Es increíble que quienes han sufrido las dictaduras de derecha y las condenan enfáticamente no usen la misma energía e intensidad cuando se trata de gobernantes de izquierda. Fidel Castro realizó una revolución necesaria y terminó con un dictador repudiable como Fulgencio Batista, pero se encaramó en el poder, y hasta el día de hoy tiene amordazada a la prensa y acallados a los opositores; otro tanto está sucediendo con el venezolano Hugo Chavez cuyas aspiraciones hegemónicas y sus desfa-chatados avances sobre la región son más que evidentes.

    Si bien es cierto que América Latina todos tenemos que tomar conciencia de que hay que poner freno a los avances destru-ctivos del imperialismo que trata de imponer su política de mercado generando miseria, también tenemos que tomar conciencia de que la lucha contra un sistema no justifica que se tire por la borda los ideales republicanos y se exalte los desbordes autoritarios.

    Recordemos que Hitler y Stalin son las dos caras de la misma moneda y aunque tengan distinto signo ideológico sus metodologías y aspiraciones fueron idénticas y deben ser repudiadas por igual. Porque el huevo de la serpiente no sabe de izquierdas o derechas, se genera en todos los ámbitos, y solo con el imperio de la ley, la defensa de las instituciones republicanas y el respeto irrestricto a la libertad de expresión el peligro puede ser conjurado.

 

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