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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1036 - Fecha: 23 de May, del 2007
La soberbia engendra violencia

La violencia nunca es justificable, pero suele ser un síntoma que necesita, además de la reprobación, el análisis. A las protestas docentes en Neuquén y Santa Cruz que culminaron con actos de violencia de diferente magnitud, deben sumarse los recientes sucesos acaecidos en la terminal ferroviaria de Constitución.

     En Neuquén el saldo fue el asesinato del docente Carlos Fuentealba, en Santa Cruz lo más notable fue la agresión de a la Ministra de Desarrollo Social Alicia Kirchner, hermana del Presidente, y en Constitución destrozaron las instalaciones de una estación recién remodelada. Estos episodios violentos tienen en común haber sido producidos mayoritariamente por la clase media, que está dando señales de hartazgo.

    Los docentes reclamaban no solo un aumento sino la recomposición del salario porque consideraron una burla que el Ministro Filmus anunciara con bombos y platillos un piso salarial de 1.040 pesos y omitido que un porcentaje importante de esa suma no se incorporaría al sueldo básico, es decir que el Estado seguiría pagando en “negro”, con todas las implicancias y consecuencias que esto tiene.
En Neuquén la gobernación contestó a la justa protesta con una represión desmedida que dejó un luctuoso saldo, abrió una herida que sangrará por largo tiempo y repercutirá en la carrera política del actual gobernador que tendrá que postergar sus aspiraciones presidenciales.

    En Santa Cruz el asunto es más complejo, porque involucra directamente al Presidente de la Nación que todavía la considera su feudo. En la provincia se mantiene una ley de emergencia desde hace quince años, cuando podía haberse derogado hace más de una década y todavía siguen esperando saber, en forma clara y transparente, donde están los fondos que el actual presidente, cuando era gobernador de la provincia, giró al exterior. La caminata de la ministra Alicia Kirchner que ella pretendió, tal vez sinceramente, que fuera un testimonio de normalidad fue interpretada por los manifestantes como un desafío a su protesta y reaccionaron. Esto demostró que el gobierno no había tomado conciencia, a pesar de la clara información periodística, del grado de tensión y beligerancia que había en la provincia.

    Ese grado de irritación y violencia es consecuencia de la soberbia con que el Presidente manejó el conflicto tildando de patoteros a los maestros, ordenando al gobernador saliente que no abriera el diálogo, atacando verbalmente al obispo, denunciando los desvaríos de un alterado mental como un atentado contra su casa, apostrofando de “izquierdistas” a los que protestaban y acusándolos de auto herirse para victimizarse. Estas medidas histéricas caldearon el ambiente, generaron violencia y finalmente tuvieron que abrir el diálogo y ceder. ¿Para qué seguir el camino de la intolerancia y la beligerancia si finalmente se dialoga en inferioridad de condiciones? Porque la soberbia, ese pecado que San Agustín señala como el germen de todos los demás, ciega a los hombres y genera violencia.

    El caso de Constitución es diferente, pero tiene la misma raíz. En 1989 el flamante Presidente Menem dictó la Ley de Reforma del Estado que permitió que los servicios públicos, deficitarios, pasaran a manos privadas para que fueran más eficientes. Durante tres lustros se comprobó que sucedía todo lo contrario, lo ramales se redujeron alrededor de un 80% y dejaron a muchos pueblos aislados paralizando su desarrollo. Los ramales rentables, que fueron los únicos sobrevivientes, se explotaron irracio-nalmente. El resultado es que, con el subsidio oficial, resultan más deficitarios que cuando eran estatales, los servicios son peores, el material rodante es obsoleto y los usuarios viajan en pésimas condiciones, hacinados, soportando largas demoras y con la diaria incertidumbre de encontrar una nueva dificultad.

    Ante esta situación caótica el Estado parece un convidado de piedra que ha renunciado a su función controladora y deja a los empresarios sacar beneficios sin realizar inversiones. Pero lo más indignante es que el Secretario de Transporte Ricardo Jaime, en vez de tratar de apagar el incendio, desvía la atención publicitando la licitación del tren bala que uniría Buenos Aires y Rosario como un logro de su gestión. ¿Soberbia o necedad? Tal vez las dos cosas, pero sea cual sea la interpretación, el hartazgo de los usuarios, que se sienten injustamente humillados y burlados, estalla.

    La violencia nunca es justificable y debe ser condenada, pero hay que analizar las causas porque los estallidos en Neuquén, Santa Cruz y Constitución son el resultado de otra forma de violencia generada por la soberbia o la necedad del Ejecutivo, que los ciudadanos parecen no estar dispuestos ya a tolerar.

     Salvador Dellutri

 

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