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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1020 - Fecha: 30 de Abr, del 2007
Argentina, días de furia.........

La Argentina ingresó en un clima de tensiones que no propicia la buena convivencia ni aseguran la paz social.

     Un aire de violencia se respira por las calles, va desde la vergüenza de los domingos en el fútbol hasta las bandas de menores drogados que se adueñan de los barrios cometiendo delitos aberrantes, todo sucede ante una indiferencia gubernamental. La violencia, la miseria creciente, los crímenes multiplicados por las noticias que emanan de los medios, dan lugar a una vida con miedo que modifica los hábitos y aumenta la desconfianza hacia esos niños y jóvenes que matan con la inconciencia del juego cargando con la ira popular.

En nuestro país existen entre 800.000 a un millón de jóvenes calificados de “marginales estruc-turados”. Son carne para todo delito o vandalismo. Están al margen de la educación, de toda autoridad familiar, carecen de trabajo y de toda perspectiva existencial, todas las situaciones que se plantean frente al delito dejan una marca de gran temor en los tiempos que vivimos.

     El país se halla en democracia, pero hoy los mismos que criticaban la dictadura militar exigen mano dura para los ladrones. La policía actúa según sus propias leyes, muchas veces forman parte del delito que deberían reprimir. En este período de elecciones, los candidatos que contarán con más apoyo serán aquellos que griten con más fuerza a favor de la pena de muerte.

     La situación planteada ha fragmentado aun más a la sociedad, dividiéndola entre quienes se pueden proteger y quienes no. Las puertas se llenan de cerrojos y custodios privados, pero la criminalidad no disminuye, aumenta cada día. En la actualidad se ha tomado como centro de delito los barrios privados que se levantaron, en muchos casos, en busca de seguridad. Los delincuentes son los mismos a los que se les paga protección privada. Son aquellos a quienes se le confió hábitos y rutinas que utilizan esa información doméstica para planear sus delitos.

     Las normas en nuestro país son violadas y nunca sancionadas, muchas veces las faltas leves o graves, son alentadas, festejadas, aplaudidas y premiadas desde los despachos oficiales, nuestros días poseen un rico muestrario de estas manifestaciones, se lo observa en la calle, a través de cortes de ruta, del accionar de piquetes violentos, etc. Esta costumbre se ha enseñoreado en nuestra vida cotidiana y degrada nuestro presente. Se olvida así que la política nace y existe para resolver, mejorar, encaminar coherentemente la desordenada y conflictiva convivencia humana.

     Pero a su vez asistimos a un experimento colectivo espontáneo que no apela al arrebato, ni al furor, que no toma comisarías ni las incendia. Una creciente cantidad de personas que se asocian con un clamor de justicia, seguridad, transparencia y honorabilidad buscan quebrar el silencio del oficialismo. Centenares de calles del país, se llenan de ciudadanos convocados por la falta de seguridad, buscando testimoniar la verdad. Estas multitudes no se congregan por regalías, ni llegan traídas en caravanas de ómnibus pagadas con el dinero público. Son movidas y empujadas por un aliento de paz y tranquilidad.

     El problema de la inseguridad que vive el país es por demás complejo, la marginalidad en la que subsisten millones de personas termina por atacar a la misma sociedad que los margina. Creo que si bien la violencia no se puede erradicar en las ciudades, los movimientos ciudadanos pueden ser más fuertes que las armas y la seguridad privada, ya se ha tenido pruebas de ello. El drama de la violencia urbana es muy grave y complejo para dejarlo en manos de funcionarios inexpertos que solo ocupan sus cargos como retribución a su acciones políticas partidaria

     Siempre sostuve que todas las situaciones que viven las sociedades tienen un por qué, lo que he analizado en este artículo, se vincula con los avatares del tiempo que ha influen-ciado a nuestra sociedad, se ha ido perdiendo a lo largo de los años ciertos valores, costumbres y tradiciones, pero lo más importante se han perdido modelos.

     El hombre vive en una sociedad estresante, en una constante incertidumbre debido a la falta de trabajo, salud etc.; donde el escenario cotidiano es la pobreza, la violencia o por el contrario una búsqueda desenfrenada por la ilusión del éxito y del poder.

     Uno de los factores principales de la crisis que vivimos, es la ausencia de la figura paterna, no expresó una carencia real, sino padres incapaces de responsabilizarse frente a esa misión intransferible de la familia que es la educar y guiar a sus hijos hacia un digno futuro.

 

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