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   Domingo, 19 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 998 - Fecha: 26 de Mar, del 2007
Un país improvisado

Hace más de veinte años que soy lo que las compañías de aviación llaman “viajero frecuente”.

     La experiencia me permitió sacar algunas conclusiones domésticas. Embutirse en un gigantesco caño de acero y lanzarse a casi mil kilómetros por hora, a diez mil metros de altura, devorando distancias, no es natural. Los seres humanos estamos hechos para andar sobre la tierra y cuando tenemos que despegarnos de ella es natural, si somos concientes, que tengamos temores y tratemos de asegurarnos la mayor seguridad.

    Alguien comentaba, con un negrísimo humor, mientras esperaba para abordar un avión, que los accidentes aéreos no dejan paralíticos...

    Pero finalmente el temor a volar se vence a fuerza de racionalidad y nos acostumbramos o resignamos a volar con una relativa calma. Sin embargo, desde hace más de quince años, evito los vuelos de cabotaje porque algunas experiencias desagradables me demostraron que no eran del todo confiables. Lamentablemente el accidente de LAPA me dio la razón.

    Aeroparque, lo puede comprobar cualquiera que se tome el trabajo de hacerlo, está saturado de vuelos. Se contabilizan, en algunos momentos del día, un arribo o despegue cada tres minutos y un tráfico tan intenso demanda que los sistemas de control sean óptimos. La realidad nos demuestra que no lo son.

    Finalmente todo colapsó porque, según una antigua costumbre argentina, siempre se trabaja en el límite, al borde del abismo. En este caso un rayo inoportuno saca de circulación a un radar y se produce un caos en los vuelos que, de acuerdo a lo que viene sucediendo, esto se va a prolongar en el tiempo.

    Comienzan entonces los mensajes contradictorios: Mientras que la ministra Garré afirma que no hay peligro el Presidente admite que el sistema colapsó. Pero ninguno de los dos explica el por qué de esta imprevisión, con lo que se repite un triste fenómeno que ya es habitual: se comienza a actuar frente a la emergencia porque no se han previsto los posibles inconvenientes.

    Este problema de imprevisión es crónico: comenzaron a controlar la seguridad de los boliches luego del desastre de Cromañon; luego de la catástrofe de LAPA se empezó a verificar la formación de los pilotos; se necesita que vuelquen varios micros de doble cabina y dejen un tendal de heridos y muertos para que se controle la seguridad; necesitamos contabilizar 800 muertos en accidentes de tránsito en menos de tres meses para iniciar el estudio de la seguridad en ruta. Y en el plano local esperamos que colapsen las cloacas, el agua corriente y crezca el hacinamiento vehicular y peatonal para darnos cuenta que tantos edificios monstruosos sin una planificación urbana racional trae problemas.

    En Argentina no existe la planificación a largo plazo, no se busca el asesoramiento técnico necesario, no se prevén los problemas ni se adelantan soluciones. Parecemos equilibristas haciendo piruetas en la cuerda floja a cientos de metros de altura y sin red.

    Ese sentimiento de omnipotencia que nos hizo acuñar frases como “Dios es argentino” o “lo arreglamos con alambre” está trayendo consecuencias.

    Hace más de cien años que no tenemos un proyecto nacional consensuado y que vamos dando tumbos sin rumbo. La clase política, directa responsable del problema, lo único que piensa es en las próximas elecciones y en como perpetuarse en el poder. Estamos acercándonos a un nuevo acto eleccionario sin que conozcamos la plataforma de los partidos ni sus propuestas. Solo vemos una bolsa de gatos que se rasguñan o asocian de acuerdo a sus necesidades. ¿Dónde están los equipos interdisciplinarios de planificación? ¿Cuáles son los programas de gobierno? ¿Cómo van a solucionar los problemas de infraestructura? Nadie da respuestas razonables.

    ¿Cuál será la próxima catástrofe? ¿Qué nuevo desastre nos va a conmover? ¿Dónde saltará la próxima complicación? ¿Cuántas víctimas habrá? Parece una película de suspenso... pero lamentablemente es nuestra realidad.

 

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