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Opinión 
Edición: 950 - Fecha: 16 de Ene, del 2007
Trampas a la justicia

“Disparé para evitar un mal mayor. Si no hubiera tirado estaríamos lamentando más víctimas”. Seguramente querrá que la sociedad le haga un homenaje en agradecimiento en defensa del derecho a la vida...a balazo limpio.

     Llovía sobre Buenos Aires. Un joven bajaba corriendo por una de las escaleras del subterráneo. Con una actitud imprudente – que luego él mismo reconoció – el atolondrado muchacho iba saltando de cinco en cinco los escalones para no tener que esperar los tres minutos que tardaba en venir el segundo convoy. Resbaló y, como consecuencia de su desatino, se quebró una pierna. Al poco tiempo confesaba a varias personas que su arrebato había sido lo que motivó la desgracia.

    Pero apareció un abogado... tentó al joven con conseguir una suculenta indemnización y todo se transformó: La culpa era de la empresa, el joven bajó prudentemente los escalones, el accidente se debía a la insuficiente seguridad y como consecuencia al daño físico se añadió el lucro cesante, daño moral, familiar, psicológico, etc.

    El caso muestra el estado de quiebra ética en que estamos. Tanto el joven como el profesional del derecho no tienen ningún reparo en falsear la verdad y burlarse de la ley armando un andamiaje mentiroso.

    Pero este no es un caso excepcional. Hay una industria montada alrededor de la justicia integrada por profesionales, que usufructuaron la generosidad del país que les dio educación, que conocen al dedillo todos los vericuetos, resquicios y ardides necesarios para burlarla. Tienen informantes en hospitales, comisarías y compañías de seguro que les permiten establecer contacto con presuntos damnificados a los que ofrecen sus servicios gratuitos, pero a condición de llevarse un importante porcentaje de la posible indemnización. Estos casos pasan desapercibidos para la prensa, no ocupan la primera plana de los diarios ni tienen el impacto social que movilizaría a los medios, pero forman parte de un sistema perverso por todos conocido que va minando nuestra ética y destruye nuestra confianza en la justicia.

    Pero en otros casos la perversión de la justicia toma estado público. El Dr. Llermanos - ex juez de la mozzarella – hace declaraciones radiales que nos dejan estupefactos. Emilio «Madonna» Quiroz, el hombre que el 17 de octubre último disparó un arma de fuego en la quinta de San Vicente, es su defendido y por obra del mencionado letrado recuperó su libertad. El notorio caso no dejó lugar a dudas de quién es Quiroz: un matón a sueldo que forma parte de las patotas sindicales. Sin embargo para el Dr. Llermanos es un super héroe, que con su sutil inteligencia y su denuedo a favor de la justicia evitó – a los tiros – una masacre. La fiscal Leyla Aguilar sostuvo que el caso debía considerarse tentativa de homicidio, porque tiró a matar y si no lo consiguió es porque los matones que tenía enfrente lograron ocultarse a tiempo detrás de la pared. Pero como los impactos dieron contra esa misma pared, Llermanos sostuvo que los disparos fueron persuasivos. Una auténtica tomadura de pelo, atentado al sentido común e insulto a la inteligencia que hizo que la Cámara de Casación, actuando conforme al derecho, pero vulnerando la Justicia, le concediera la libertad al peligroso sujeto.

    Quiroz victorioso y tomando en serio su papel de super héroe declara: “Disparé para evitar un mal mayor. Si no hubiera tirado estaríamos lamentando más víctimas”. Seguramente querrá que la sociedad le haga un homenaje en agradecimiento por su intrepidez en defensa del derecho a la vida... a balazo limpio.

    Ambos casos, el del anónimo joven y el del notorio matón, son paradigmáticos y demuestran por qué nuestra gente descree de la justicia y sale, continua y prematuramente, a reclamarla con manifestaciones callejeras ante cualquier ilícito que la afecte. Descreimiento alimentado por muchos profesionales venales y una legislación laberíntica que permite que corruptos y matones consigan réditos.

    El hombre de la calle que no sabe de transitar por los laberintos legales, pero tiene el sentido innato de justicia; que no se mueve entre leguleyos pero tiene sentido común percibe la perversión de un sistema que se cae a pedazos y mira azorado estos cuadros de la decadencia mientras se pregunta si vale la pena ser honesto, honrado, veraz y recto. Esa pregunta es el resultado del cáncer ético que aqueja a nuestro país y de la quiebra moral y espiritual en la que vivimos.

    Por Salvador Dellutri

 

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