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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 936 - Fecha: 23 de Dic, del 2006
Otra vez Navidad...

(Dellutri) Nuevamente nos aprestamos a celebrar Navidad. Y en la sociedad posmoderna, alienada por el consumismo, durante estas fiestas, irremediablemente, se dan cita la ternura y la codicia.

     El villancico suena incansablemente para enternecemos y cuando el ánimo y el corazón se relajan, la oferta navideña trata de abrir nuestros bolsillos. El comercio multiplica las propuestas y convierte a estas festividades en una suerte de mercado anual de las ilusiones, donde parece que todo se compra o se vende, incluso la felicidad. Durante esta época, en desordenado revoltijo, se hacen presente Papá Noel, el árbol, las guirnaldas, el pan dulce, el pesebre, la ensalada de frutas, las nueces y avellanas, turrones, trineos y renos, falsos copos de nieve, intermitentes luces de colores, «Felices Fiestas”, postales con y sin música incorporada, muérdagos y...

    ¿para qué seguir?

    La Navidad se convirtió en una fiesta híbrida, en un tiempo de sincretismo religioso donde todo puede formar parte de la celebración y asimilarse sin tener muy en cuenta su origen o significado, porque los simbolismos caducan bajo la presión de la oferta y la demanda. Muchos de los elementos incorporados responden a tradiciones paganas que infiltraron el cristianismo y esta invasión llegó a tal extremo que hoy no sabemos muy bien si estamos celebrando al Niño de Belén, a la familia o a Papá Noel y, en rigor de verdad, tenemos que decir que entre los niños despierta más inquietudes el mítico personaje de níveas barbas que el Dios hecho hombre. Papá Noel es más recordado por los niños que el Jesús que se encarnó en Belén. Sentimos aquello que expresara magistralmente Discépolo cuando sentencia en Cambalache que «herida por un sable sin remache, veo llorar la Biblia, junto al calefón».

    No obstante, nadie puede permanecer ajeno a tanta jubilosa actividad. Los sicólogos y sociólogos tal vez nos podrían hablar de evasión o alineación, pero el sistema socioeco-nómico en que nos movemos, que funciona incentivando la codicia y nos bombardea diariamente con propuestas que asimilan el ser con tener, parece ganar la partida.

    Esto abre muchos interrogantes: ¿De qué sirven los valores ético y morales en una sociedad que se mueve seducida únicamente por lo material? ¿Cómo puede sobrevivir una sociedad que se motoriza con la codicia en desmedro de la solidaridad? Pero el más importante es: ¿por qué una sociedad en cuyas bases están los valores éticos de la fe desemboca en estas encrucijadas? ¿Por qué pierde de vista lo esencial para sumergirse en la frivolidad y la intrascendencia?
En este clima de mercadeo llegamos a la Navidad, un tiempo que nos convoca a elevar la mirada por encima de lo material y contingente hacia lo espiritual y eterno. Porque en Navidad recordamos y celebramos la entrada de Dios en el tiempo y la historia a través del vientre virginal de María.

    La primera Navidad se consumó en el pueblito de Belén, pequeño, secreto e ignorado. Pasó desapercibida para la dirige-ncia, los formadores de opinión y los analistas de mercado del poderoso imperio. Pero no pasó desapercibida para los oprimidos pastores que fueron convocados a vivir la esperanza de una nueva edad que comenzaba. Ese niño, que nacía ignorado en la marginalidad del pesebre, cambiaría el rumbo de la humanidad, vería derrumbarse con estrépito al imperio más grande de la historia y atravesaría con su doctrina todas las fronteras del espacio y el tiempo.

    Navidad nos convoca a una reflexión que va más allá de los índices y las estadísticas. Una reflexión sobre nosotros mismos, sobre nuestros valores y nuestra esperanza.
Dios se hace hombre en un pesebre en Belén porque los hombres le cerraron todas las puertas y lo relegaron a la margi-nalidad. Con él estaban marginando los valores y la esperanza.

    En esta navidad no marginemos el mensaje de Jesús, dejemos que impacte nuestra vida. Desde la humildad del pesebre nos llega la luz del amor y la solidaridad de Dios para con los hombres. Hagamos un examen de conciencia, admitamos nuestras faltas, rectifiquemos nuestros caminos y hagamos de ésta una Navidad del reencuentro con Dios.

    Feliz Navidad para todos.

 

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