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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 928 - Fecha: 12 de Dic, del 2006
El embrutecimiento de los argentinos

Embrutecer al pueblo era una estrategia de los emperadores que destinaban un tercio del presupuesto a la producción de estos espectáculos degradantes. Sostenían que con pan y circo podía mantenerse a la plebe tranquila.

     Vuelvo a mi casa más codicioso, más cruel e inhumano porque he estado entre hombres. La frase pertenece a una carta escrita por Séneca luego de ver accidentalmente uno de los juegos del circo romano. En la misiva describe el espectáculo que lo conmovió y en uno de los párrafos señala: La multitud pide que el vencedor que ha dado muerte a su adversario se enfrente con el que lo liquidará a su vez; y el último vencedor se reserva para otra carnicería… Al hombre, que es cosa sagrada para el hombre, se le mata por deporte y entretenimiento.

    Embrutecer al pueblo era una estrategia de los emperadores que destinaban un tercio del presupuesto a la producción de estos espectáculos degradantes. Sostenían que con pan y circo podía mantenerse a la plebe tranquila, lo que garantizaba la paz interior. Con el tiempo los espectáculos fueron abandonando su perfil frívolo y se tornaron cada vez más crueles para satisfacer a un público que se animalizaba aceleradamente.

    La sociedad argentina viene sufriendo un paulatino proceso de embrutecimiento. La penetración de los medios, en especial la televisión, a fuerza de presentar una programación cada vez más degradada, han ido destruyendo el buen gusto y el sentido crítico.

    Solo eso puede explicar que cada noche de la semana más de tres millones de personas estén pendientes de la pantalla del televisor, fascinadas por el programa: “Bailando por un sueño” y luego participan masivamente opinando telefónicamente. El formato de esta producción no es original, fue importada de Europa, pero profusamente modificada porque la productora creyó conveniente darle el “toque personal argentino”. Reconozcamos que tienen buen olfato comercial porque el éxito de audiencia es arrasador.
El conductor, un notero deportivo devenido en showman, es un personaje grosero, que utiliza un lenguaje ordinario y escatológico, a quien le parece gracioso presentarse como un insatisfecho sexual que se babosea ante las redondeces de las participantes pulposas, vocifera histéricamente frente al micrófono y es capaz de dar el triste y repugnante espectáculo de engullir simultáneamente media docena de alfajores o escupir a un compañero de trabajo frente a las cámaras.

    Lo asiste un “jurado” en el que se mezclan, como en la vidriera irreverente de los cambalaches, la Biblia y el calefón. Los especialistas criteriosos tienen que trabajar acompañados de personajes pasayescos, que nadie puede explicar a ciencia cierta cuáles son los méritos que tienen para ocupar ese lugar. Pero quien finalmente decide poniendo el pulgar hacia arriba o hacia abajo es, como en el antiguo circo romano, el público a través de llamados telefónicos que dejan un suculento rédito económico a los productores y la empresa telefónica.

    La finalidad del programa, según se proclama, es “cumplir el sueño” de anónimos participantes que acuden a la televisión para solucionar algún problema personal o social que los afecta, pero eso es solo una excusa para que mujeres, casi todas ellas provenientes del espectáculo frívolo, los acompañen y se luzcan en la competencia.

    Es notable que programas de esmerada producción e impacto como “Vientos de Agua” o ficciones inteligentes como “Hermanos y Detectives” o “Mujeres Asesinas” hayan tenido que ceder sus espacios para que este mamarracho tuviera el horario central y se extendiera a discreción con total desprecio por productores, directores y actores que tratan de hacer las cosas con dignidad. El COMFER, como es habitual, sigue demostrando que es un ente inoperante y absolutamente prescindible, que solo sobrevive porque sirve para acomodar a los amigos del poder.

    “El público lo elige y tanta gente no puede estar equivocada” es la falacia con que se trata de respaldar estos ciclos indefendibles. El circo romano también era un espectáculo de masiva aceptación a pesar de su salvajismo y degradación. Recién a la distancia nos dimos cuenta de que la aceptación pública no era porque tuviera calidad, sino porque el pueblo había sido embrutecido. Y que Séneca, a pesar de ser minoría, estaba en lo cierto.

    Que la respuesta del público sea masiva no es sinónimo de calidad sino una muestra del paulatino embrutecimiento que se está dando en nuestro pueblo. De la misma manera que consumiendo comida chatarra se pierde el paladar, de tanto ingerir basura televisiva se ha perdido el buen gusto.

    La frivolidad instalada durante le era menemista devino primero en un entontecimiento generalizado para derivar finalmente en esta sociedad que no solo se acostumbró a consumir basura, sino que lo hace con alegría. Alegría que demuestra que la vieja fórmula de “pan y circo” sigue dando resultado.

    Salvador Dellutri

 

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