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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 912 - Fecha: 12 de Nov, del 2006
De reformas y reelecciones

Los intentos de reformar la Constitución Nacional o las Constituciones Provinciales para satisfacer las apetencias personales de quien están en el gobierno y buscan perpetuarse demuestran que el poder enferma.

     Lo confirmó la actitud del gobernador Carlos Rovira, de Misiones, que no dudó en echar mano a procedimientos más que dudosos para apoltronarse indefinidamente en el poder.

    En el pasado fue Carlos Menem quien imbuido de un enfermizo mesianismo forzó una reforma a la Constitución Nacional con el sólo objeto de poder ser reelecto.

    Inauguró, en la naciente democracia, una metodología peligrosa donde las apetencias personales priman por sobre las leyes y los intereses de la Nación. Por supuesto quelas reformas se presentaban como medidas necesarias para modernizar y agilizar las instituciones, pero en el fondo todos sabían que eso era lo que menos interesaba. Para cumplir su propósito el entonces presidente contaba con la ignorancia del pueblo que, deslumbrado con el uno a uno, creía pertenecer al opulento primer mundo y le brindó apoyo para conservar la ilusión. Se votó con el bolsillo, que es la víscera más sensible de la ciudadanía, en vez de hacerlo con la cabeza y fueron escasas las voces que se elevaron en defensa de las leyes y las instituciones condenando el intento. Al poco tiempo la dócil cofradía constituyente le entregaba una Constitución hecha a medida, que daba la posibilidad de reelección al aspirante a César.

    Los constituyentes de 1994 menospreciaron la sabiduría de la Constitución de 1853 que privilegiaba las ideas por encima de los caudillos para instaurar una nueva forma de caciquismo. A los constitucionalistas del pasado, que tenían un proyecto de país y pensaban a largo plazo, los vinieron a reemplazar los cortoplacistas que, sin proyecto de país, se inclinaban ante los deseos del caudillejo.

    Al otorgarle a quien estaba en el poder la posibilidad de la reelección permitieron que se atropellara la Constitución que él mismo había jurado cumplir y hacer cumplir; fue la prueba irrefutable de que no se intentaba modernizar las instituciones. Lo éticamente correcto hubiera sido que el presidente en ejercicio se ajustara a la Constitución que había jurado y que la posibilidad de reelección fuera para los futuros gobernantes. Pero la ética es para los políticos una materia siempre pendiente y otorgaron la reelección. Así nos fue.

    El mal ejemplo cundió y el caso más reciente es el de Carlos Rovira en Misiones quién en su avidez por conseguir la reelección indefinida resucitó las viejas prácticas conservadoras que creíamos definitivamente superadas y con una actitud obscena, inescrupulosa y descarada intentó convertirse en el Napoleón misionero. Las maniobras fueron tan burdas como alarmantes y mostraron a un individuo afiebrado por el poder que estaba dispuesto a todo.

    Pero esta vez no fue tan fácil porque un inesperado contendiente, ajeno a la fiebre que ataca a los políticos pero amante de las instituciones, le salió al paso: el Obispo Joaquín Piña. Su actuación no dejó de sorprender y abrir muchos interrogantes sobre la conveniencia o no de que un ministro religioso asumiera la militancia política. Sin embargo hay que hilar fino en la actuación del Obispo Piña porque su compromiso no es partidario ni está en la búsqueda del poder, si así fuera sería censurable que utilizara su investidura y su autoridad espiritual con fines políticos partidistas. Por el contrario, salió a defender las instituciones amenazadas por la codicia desmedida de un grupúsculo de ambiciosos que pretendía atropellarlas. Oponerse a quienes quieren minar las bases institucionales es un derecho que no se le puede negar a ningún ciudadano, al margen de su investidura.

    Todos los intentos por desprestigiar a Piña fracasaron, porque su trayectoria en Paraguay, donde se opuso a la dictadura de Stroessner, y su postura crítica durante el gobierno menemista lo mostraban como un hombre verdaderamente progresista y esclarecido. Finalmente el pueblo misionero dio una lección de civismo castigando los manejos turbios de la política de Rovira y frenando sus aspiraciones hegemónicas.

    Pero el gran perdedor es el Presidente Kirchner quien, inexplicablemente, le brindó hasta último momento apoyo al gobernador misionero, haciendo caso omiso de su metodología y las abundantes pruebas en su contra. El revés electoral de Misiones viene a sumarse a lo sucedido en San Vicente y el desgraciado caso de la desaparición de Julio López, demostrando el alto grado de desprolijidad con que se maneja el oficialismo. El Presidente tendrá que reflexionar sobre los próximos pasos porque ha comenzado una etapa de desgaste que amenaza con minar sus aspiraciones de reelección.

    Salvador Dellutri

 

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