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   Domingo, 19 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 866 - Fecha: 30 de Ago, del 2006
Las dos Argentinas

(Dellutri) / “Argentina es un país progresista y maravilloso”. Mis amigos extranjeros habían hecho turismo en el país y, con toda sinceridad, no escatimaban elogios.

     No era para menos: habían parado en un hotel de Recoleta, almorzado y cenado en Puerto Madero, fueron con el Tren de la Costa hasta el Tigre, navegaron con otros turistas por el Delta, visitaron con un tour Caminito y luego, desde el Aeroparque volaron a Bariloche. El paquete turístico además incluía una visita al Teatro Colón y otra a Señor Tango donde se maravillaron con los arabescos del baile ciudadano. Vieron la cara luminosa del país preparada especialmente para el turismo y, como la mayoría de los visitantes, creyeron que eso era Argentina.

    Fue muy difícil hacerles entender que si se alejaban unos pocos metros de Caminito estarían en el barrio más pobre de la ciudad, que del otro lado del Riachuelo, en la Isla Maciel, hay un bolsón impresionante de pobreza y delincuencia. Tampoco habían visto la Villa Miseria de Retiro, que estaba escasas cuadras del hotel de la Recoleta y al conurbano solo lo vieron desde el aire en el vuelo de regreso de Bariloche. Cuando salieron del país lo hicieron por la Autopista Veinticinco de Mayo sin sospechar que debajo vivían en condiciones infrahumanas familias enteras de desheredados.

    Los turistas no tienen la culpa, ven lo que mostramos e ignoran aquello que ocultamos. Pero el comentario me hizo acordar de aquél paredón que hizo construir el gobierno justicialista para ocultar una de las primeras villas miserias y que originó un film casi olvidado: “Detrás de un largo muro”. Aquello fue solo el comienzo, hoy la pobreza se ha multiplicado y sigue creciendo mientras vivimos un fenómeno alarmante de polarización y creciente tensión social.

    La amplia franja de la clase media, que caracterizó en el pasado a la sociedad Argentina, se achicó para ir a engrosar los índices de pobreza en tanto la riqueza se polarizó escandalosamente en el otro extremo. Mientras unos pocos se parapetaban en barrios cerrados para aislarse de la realidad, otros tenían que abandonar su único techo para cobijarse en cualquier lado. Crecía el número de autos que al atardecer abandonaban la ciudad por las autopistas para acceder a los countries, mientras en el centro aumentaba la cantidad de gente durmiendo en la calle. A esta realidad hay que sumar la inmigración de países limítrofes que se tentó con el “uno a uno” del menemato, para pasar luego de la crisis a engrosar el número de desocupados o subocupados y tugurizaron barrios como Constitución o La Boca.

    Paralelamente crecieron la prostitución, el trabajo esclavo y la oferta minorista de droga como una forma de subsistencia.

    Como el dios romano Jano, Argentina también tiene dos rostros: el deslumbrante de los acaudalados y opulentos, y el deslucido de la pobreza y la miseria. Mientras nos informan alborozados que los índices de la macro economía crecen y disminuye el índice de desocupación, el famoso “derrame hacia abajo” que prometían los liberales capitalistas no se produce y los beneficiarios de los planes asistenciales aumentan. La realidad que palpamos cada día los que transitamos esta trajinada ciudad es que los ricos son cada vez más ricos y los pobres no solamente incrementan su pobreza sino también su cantidad.

    Los protagonistas de la pobreza y la miseria son seres humanos, con todos sus defectos y virtudes. Muchos hombres y mujeres saben que apenas si podrán atender a la subsistencia de sus hijos, que no podrán darles una atención sanitaria digna ni una educación que les permita romper con la miseria. Esta problemática genera angustia pero también resentimientos, odios y violencia.

    Los planes sociales, que se implementaron para atravesar la crisis, pasaron a ser parte del clientelismo político. Los perversos intereses electoralistas que están permanentemente presentes, tienen una masa cautiva que les responde en la urnas por temor a perder su subsistencia. La pobres e indigentes se han transformado en un instrumento de los políticos, en una herramienta que utilizan con habilidad para cumplir los fines eleccionarios y concentrar poder.

    Cuando hay estos niveles de pobreza, asistencialismo y clientelismo no hay democracia, y sin democracia no hay República. Podemos seguir mostrando una fachada luminosa a los turistas, y es bueno que lo hagamos porque los trapos sucios hay que lavarlos en la intimidad, pero nuestra realidad es otra. Esa cara oscura de la Argentina, que presagia tormenta, no puede ser ignorada. Todo el esfuerzo de la dirigencia tendría que estar puesto en resolver ese problema que es mucho más importante que el de las papeleras de Fray Bentos o las cumbres con Fidel Castro. Es hora de que toda la dirigencia deje de jugar al Gran Bonete, se ocupe prioritariamente de estos temas y comience a elaborar proyectos inteligentes para desactivar esta bomba de tiempo.

Salvador Dellutri

 

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