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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 850 - Fecha: 7 de Ago, del 2006
Nuevamente el aborto

(Dellutri) / En nuestro país se abrió nuevamente la polémica sobre el tema de la aborto y otra vez se escucharon las voces dogmáticas de los religiosos y los agnósticos.

     Ambos evidenciaron su fundamenta-lismo eludiendo el tratamiento racional y fundamentado del problema. En medio estaban los periodistas, con la soberbia que los está caracterizando, se sintieron dueños de verdades absolutas y expertos en todos los temas. La mayoría demostró su supina ignorancia haciendo afirmaciones aventuradas, inconsistentes y demagógi-cas. No comparto la postura de quienes dogmáticamente quieren rechazar el aborto sin dar razones valederas, pero tampoco la de quienes quieren instalarlo solo para ser progresistas. Se impone una discusión profunda y fundamentada sobre un tema filosófico que fue permanentemente soslayado: Que entendemos por “persona”.

    Las cifras nos hacen tomar conciencia de lo que representa este problema. Se calcula que se realizan en el mundo 50.000.000 de abortos anuales, cifra equiparable al número de muertos producidos durante la Segunda Guerra Mundial. El impacto social de esas muerte y los horrores consiguientes motivaron la apertura de numerosos foros y la formación de muchas organizaciones internacionales destinadas a impedir su repetición. Cada año se produce en el mundo una silenciosa Segunda Guerra Mundial, pero no se percibe una reacción social equivalente. Esto indica una actitud tolerante, indiferente y en algunos casos hasta complaciente ante el problema.

    Los argumentos de los partidarios del aborto son fundamentalmente tres:

1. La mujer es dueña de su propio cuerpo, por lo tanto puede hacer con él lo que quiera.
2. Impedir que aborte es atentar contra su libertad individual.
3. El embrión y el feto son propiedad de la madre.

    Los tres argumentos se sustentan en el mismo postulado: El feto es una cosa y puede ser tratado como tal. Implica entender que no tiene status de persona. Por eso es imperioso determinar de qué o de quién estamos hablando cuando decimos “embrión” o “feto”.
Los conocimientos genéticos hicieron aportes importantes a esta discusión y deben ser seriamente evaluados. Sabemos que con la fecundación se inicia una nueva vida, pero esta vida es biológicamente distinta de las que la originaron, ya que está integrada por una herencia genética que se forma con el aporte de un 50% recibido del padre y otro 50% de la madre.
Biológicamente hablando el huevo no es “de la madre” porque no responde, como cualquier otra parte de su cuerpo, a su código genético; ni tampoco del padre, por la misma razón. Y si consideramos que el código genético es el ”Documento Único de Identidad Biológica” de cada ser humano, tenemos que concluir que este huevo tiene un nuevo “Documento” que lo identifica como un ser distinto a su madre y su padre. El embrión, desde el momento mismo de la concepción es un ser diferente a la madre, porque tiene un genotipo diferente.

    Como lo define el Dr. Sproul: El feto está contenido dentro del cuerpo de una mujer y está conectado al mismo, pero eso no significa que sea parte del cuerpo de una madre. Una descripción más exacta es decir que aunque el feto comparte la misma localización geográfica que el cuerpo de la mujer, el feto no es esencialmente parte de su cuerpo. Podemos distinguir entre la esencia del cuerpo de una mujer y la esencia del feto1-

    Desde el momento en que dos células microscópicas - óvulo y espermatozoide - se unen, comienza un desarrollo vertiginoso. Antes de los veinticinco días el corazón del embrión comienza a latir; a las cuatro semanas mide un centímetro y pueden distinguirse cabeza, cuerpo, boca, orejas y ojos rudimentarios; entre la sexta y séptima semana se detecta funcionamiento cerebral y en la octava semana se reconocen todos los miembros del cuerpo, los dedos de las manos y los pies, y posee huellas digitales. Los abortos se producen frecuentemente desde la octava semana en adelante.

    Como dice nuestra Constitución: “Las acciones privadas de los hombres que de ninguna manera ofendan al orden y la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados”2 Pero en este caso particular se está afectando directamente a un tercero, cuya individualidad no solo se funda en los principios de la fe, sino también en el análisis científico.

    El argumento de que la mujer es dueña de su propio cuerpo está fuera de discusión, pero cuando en ese cuerpo está anidando otra vida su derecho debe dejar paso al derecho del otro y la sociedad debe defender la vida de ese otro.

    Tampoco puede argumentarse que abortar es atentar contra la libertad individual. La libertad no es un derecho absoluto, termina cuando comienza el derecho ajeno y está subordinada al valor de la vida.

    Finalmente el argumento de que el embrión y el feto son propiedad de la madre es arrogarse sobre el prójimo indefenso una autoridad solo asimilable a las más rancias actitudes esclavistas o nazifacistas. Es no reconocer más lógica que la de la fuerza como lo preconizaba el marqués de Sade cuando decía con cinismo: “Pertenece a las leyes de la naturaleza que el fuerte reprima al débil, ya que para portarse de esa forma no hace más que emplear los dones que se le han concedido, y si hace uso de todos sus derechos para oprimir y despojar al débil, no hace sino la cosa más natural del mundo”.3

    Aquí es donde se hace evidente la hipocresía de los líderes y dirigentes de nuestra sociedad, justamente preocupados por pingüinos empetrolados, osos pandas y ballenas en extinción, justamente ansiosos por defender los derechos humanos de terroristas o delincuentes, pero sordos al gemido ahogado de cincuenta millones de voces a las que se les niega del derecho más elemental: El derecho a la vida.

    (Footnotes)
1R.C.Sproul, “El aborto, una mirada racional a un tema emocional” (Miami: Unilit, 1990)
2Constitución de la Nación Argentina, Art. 19
3Citado por Benjamín Forcano, “Nueva ética sexual” (Ediciones Paulinas: Madrid, 1981)

    Salvador Dellutri

 

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