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   Domingo, 19 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 820 - Fecha: 23 de Jun, del 2006
El misterio del Código Da Vinci

(Dellutri)/El Código Da Vinci reportó a su autor, Dan Brown, Por derechos de autor para el libro y el film, alrededor de sesenta y cinco millones de dólares.

     En las salas cinematográficas de nuestro país, a pesar de las crítica no del todo favorables, está batiendo records.

    ¿Por qué el éxito de una obra que, con toda seguridad, no quedará en los anales de la literatura y en pocos años caerá en el olvido? Varios factores convergen en la respuesta. En primer lugar la técnica utilizada por el autor, típica de los best selle: crea una intriga, la resuelve diez páginas más adelante pero deja abierta otra que seguirá el mismo camino. Con esta estrategia avanza el thriller en medio de una profusión de diálogos inútiles, párrafos ripiosos, mucha acción y atractivos escenarios pésimamente descriptos. Al leerlo se adivina la segunda intención del autor que, no solo busca captar lectores, sino también intenta seducir a productores o directores cinematográficos para que realicen una película y se acrecienten sus ingresos, lo que nos es reprochable porque ¿qué autor de best sellers no aspira a que Holliwood lo tenga en cuenta?

    Pero hay un ingrediente diferente que hace popular y exitosa a esta obra: el escándalo. Seduce al lector medio porque combina perversión y conspiración religiosa con un ataque a las bases históricas y teológicas de la religión cristiana. Todo se presenta deliberadamente para que confundir al lector y que no pueda diferencias realidad de ficción. Este propósito de hacer evidente desde el comienzo donde una advertencia titulada “Hechos” dice: Todas las descripciones de ilustraciones, arquitectura, documentos y ritos secretos en esta novela son exactas. Los lectores desprevenidos, que son mayoría, toman esta afirmación como una garantía de veracidad en los argumentos. A esto se añade que los ataques más feroces al cristianismo están puestos en boca de personajes eruditos: El historiador británico Leigh Teabing y el profesor Roberto Langdon de Harvard, especializado en simbología religiosa.

    Las consultas realizadas a la editorial sobre la veracidad de lo que narra la novela siempre reciben la misma respuesta: No es más que ficción. Sin embargo el autor, en su página de Internet, dice: el secreto que revelo se ha susurrado durante siglos. No es mío. Es cierto que puede ser la primera vez que el secreto se devela con el formato de un thriller popular, pero la información no es nueva. Mi sincera esperanza es que el Código Da Vinci, además de entretener a la gente, sirva como una puerta abierta para que empiecen sus investigaciones. Esta ambigüedad, realizada adrede, tiene como propósito confundir aún más a los lectores para que las ventas aumenten.

    El libro narra la lucha entre el Priorato de Sión, una sociedad secreta y el Opus Dei. El Priorato tiene en su poder un secreto que destruiría la fe cristina y el Opus Dei para evitar que se revele comete toda clase de crímenes. El misterio tan celosamente guardado es que el Santo Grial no es un cáliz como se pensó, sino una persona: María Magdalena. Ella había sido esposa de Jesús y sus descendientes pertenecen a la dinastía merovingia. Dan Brown sostiene que Leonardo Da Vinci pertenecía al Priorato y en sus obras deja mensajes ocultos sobre la relación entre Jesús y María Magdalena.

    El autor comete gruesos errores al interpretar las obras de Lonardo. En La Virgen de las Rocas, obra que se encuentra en el museo del Louvre, confunde a Jesús con Juan el Bautista y sobre eso teje una serie de disparatados argumentos. En su interpretación de La Ultima Cena demuestra su ignorancia sobre los tipos que se usaban en el Renacimiento confundiendo al Apóstol Juan - que por ser el más joven de los apóstoles se lo pintaba sin barba, con el cabello largo y cuerpo de líneas suave - con María Magdalena. La comparación con cualquier otra obra renacentista de la época lo hubiera sacado de su error.

    Pero mucho más grave es afirmar que el emperador Constantino impulsó e impuso el dogma de que Jesús era Dios. La literatura cristiana, bíblica y patrística, producida en los doscientos años anteriores a Constantino afirman categóricamente la deidad de Cristo.

    ¿Son inocentes estos gruesos errores de Brown? Teniendo en cuenta que su esposa es profesora de arte y lo asesora en su especialidad, la pregunta tendría dos respuestas: o su esposa es una pésima profesora de arte o Dan Brown deliberadamente está confundiendo al público. Nos quedamos con ésta última explicación.

    La limitación del espacio nos impide analizar todos los errores, infundios, falacias y falsedades que en los campos del arte, la historia y la teología desliza arteramente Dan Brown con propósitos que son inconfesables. Basta con los mencionados para alertar a los lectores desprevenidos.

    Todos los misterios que presenta El Código Da Vinci no son tales y fácilmente se desbaratan. Pero la lectura de esta novela abre otro misterio, mucho más difícil de develar: ¿Cómo puede esta sociedad ser tan ingenua como para conmoverse y hacer un éxito del Código Da Vinci?

    Salvador Dellutri

 

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