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Opinión 
Edición: 805 - Fecha: 1 de Jun, del 2006
Narcotráfico

(Dellutri) / Los graves incidentes ocurridos en la ciudad de San Pablo, en Brasil, muestran la dimensión que ha tomado el problema del narcotráfico.

     El mundo globalizado se caracteriza por organizaciones monstruosas. El sufijo “hiper” comenzó a aplicarse a todas las esferas: Estamos gobernados por una hiperpotencia, compramos en hipermercados, estamos hipercomunicados, combatimos al hiperterrorismo y padecemos la hiperdelincuencia. El narcotráfico pertenece a esta última clasificación; es una sociedad delictiva tan poderosa que puede desafiar al Estado con probabilidades de éxito.

    Las empresas criminales dedicadas a traficar droga son comparables a cualquiera de las grandes multinacionales. Se calcula que anualmente generan una ganancia superior a los 400.000 millones de dólares, y para poder manejar operaciones delictivas de esa magnitud tienen que estar infiltrados en las altas esferas de poder de las naciones ricas consumidoras y de las naciones pobres usadas como puertos de distribución o de tránsito.

    Su poder económico supera al de muchos países del tercer mundo. A Colombia, una de las naciones más castigadas por este flagelo, los narcos le ofrecieron saldar su deuda externa a cambio de dejarlos actuar libremente. Una diputada colombiana me comentaba que desde hace más de un cuarto de siglo todos los presidentes accedieron al poder con el aporte económico del narcotráfico para financiar sus campañas.

    En Estados Unidos se consume, según datos aportados por el mismo presidente Clinton, más del cincuenta por ciento de la cocaína del mundo. Teniendo en cuenta los controles de alta tecnología con que cuentan los norteamericanos sería imposible introducir esa cantidad de droga a través de sus fronteras sin el apoyo interno de funcionarios y organismos corruptos.

    El proceso de producción, transporte, elaboración, distribución y blanqueo de dinero del narcotráfico da ocupación a varias docenas de miles de personas entre los que se cuenta un alto número de campesinos hambreados cuya única posibilidad de subsistencia es trabajar para los traficantes. Algunos países latinoamericanos, donde el cultivo de coca es importante, tendrían serios problemas en sus economías si erradicaran la producción y el tráfico ilegal.

    Este problema surge luego de la Segunda Guerra Mundial y se agudiza durante la década del ’80, época en que el narcotráfico toma mayor fuerza y las organizaciones se internacionalizan. Los famosos carteles se disputaron el mercado palmo a palmo a sangre y fuego ante la mirada entre atónita y complaciente de muchos gobiernos de nuestro continente.

    La droga es un flagelo que no solo lleva a millones de personas a su autodestrucción sino que también es caldo de cultivo para el crecimiento de la delincuencia común. El drogadicto representa un peligro potencial para la sociedad porque su compulsión lo lleva fácilmente a delinquir cuando carece de los medios económicos para satisfacer su necesidad.
Es necesaria una acción internacional coordinada que ataque simultáneamente todos los factores convergentes en el problema. Es inútil hacer únicamente operativos para erradicar las plantaciones de coca o marihuana, el problema es mucho más complejo.

    Se necesita trabajar para reducir la demanda. Hay que analizar la problemática social que genera el estado de desencanto y desaliento en la juventud y la hace presa fácil de los que venden engañosos paraísos artificiales. En este trabajo tienen que comprometerse padres y educadores, pero también los medios de difusión dando mensajes claros sobre esta problemática. Las leyes tienen que condenar severamente a quienes utilizan los medios irresponsablemente para hacer apología de la droga o emitir falsa información sobre sus efectos.

    Simultáneamente habrá que quebrar los mecanismos de oferta actuando no solo contra los distribuidores minoristas de la droga, sino apuntando a las grandes redes que son las que reciben los máximos beneficios. Esta tarea requiere el apoyo de todos los cuerpos de inteligencia y las fuerzas policiales que tendrán que tener el apoyo de las fuerzas armadas en los lugares críticos.
Los legisladores tienen que sumarse a esta campaña sancionando leyes expeditivas que permitan la agilización de la justicia para facilitar las investigaciones, allanamientos, detenciones y extradiciones necesarias para combatir a los traficantes. La lentitud de la justicia juega a favor de los que delinquen.

    Quienes se encargan de las relaciones internacionales tendrán que suscribir convenios de apoyo y colaboración entre países para abrir un frente de lucha efectivo que no reconozca fronteras. Los funcionarios públicos y los políticos que estén comprometidos con al narcotráfico, que son muchos, deben ser sancionados penalmente con toda severidad. También deben ser severas las penas que alcancen a los miembros de las fuerzas de seguridad que de alguna manera estén facilitando la subsistencia de este flagelo.

    A esto tendrán que sumarse el esfuerzo de las entidades educativas y religiosas haciendo una tarea preventiva, dando información precisa y documentada, apoyo a la familia y formación adecuada a niños y adolescentes.

    El problema de la drogadicción es muy complejo y nos involucra a todos. Cada uno de los aspectos debe encararse con mucha decisión y energía, no dejando flancos para la acción de los delincuentes. Los sucesos de San Pablo son una demostración desafiante del poder de estas sociedades delictivas a las que la corrupción de los Estados latinoamericanos ha permitido crecer en demasía.

    Pero además de todas estas medidas hay que procurar abrir una amplia discusión sobre los efectos perniciosos que produce en el individuo esta sociedad competitiva, consumista e individualista. La droga ha existido desde tiempos inmemoriales, pero en ésta generación se transformó en un flagelo como consecuencia de una sociedad que invita permanentemente al desencanto. Llegó la hora de revisar el rumbo que está tomando nuestra sociedad y hacer a la juventud propuestas diferentes. Hay que volver a valorizar la vida y demostrar que merece ser vivida.

    Salvador Dellutri

 

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