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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 798 - Fecha: 22 de May, del 2006
Los guetos de la clase media

(Dellutri)/Una calle en las barrancas de Belgrano a las cinco de la tarde de un día laborable del mes de abril. Lo niños están por salir del colegio y un grupo numeroso de mujeres – todas ellas morochas - se dirigen apresuradas a la puerta de la escuela.

     Poco después sale un enjambre de niños de tez blanca, muchos de ellos rubios y otros castaños, que cargan con sus útiles a las empleadas y emprenden el regreso a casa.

    Uno de ellos, que no pasa de los siete años, cautiva mi atención por la forma violenta en que trata a la empleada, la humilla con sus gritos y manifiesta abiertamente su desprecio hacia la muchacha que, mansa y resignadamente, acepta los improperios y el atropello seguramente para no perder su trabajo.

    Pensé que contra todo lo que enseñan los libros de pedagogía y psicología si hubiera estado en mis manos expeditivamente hubiera ubicado al niño en su lugar... Pero la indignación dio paso a la reflexión. Era indudable que esa conducta discrimi-natoria y elitista la había aprendido de sus mayores y que la contenida rabia de la muchacha iría generando en ella un resentimiento que algún día daría tristemente su fruto.

    Pero el cuadro no era excepcional, mirando con atención se observaba la misma actitud, más moderada e hipócrita, en la mayoría de aquellos niños, hijos de la alta burguesía de nuestra sociedad.

     En Las viudas de los jueves, novela que mereciera el premio Clarín 2005, Claudia Piñeiro hace una radiografía impiadosa pero real de la vida en Altos de la Cascada, un barrio cerrado. Así como Manuel Puig en Boquitas Pintadas retrató los entretelones de un pueblo de la provincia de Buenos Aires con sus pequeñas miserias, su hipocresía y mediocridad, Claudia Piñeiro disecciona con mano experta e informada las miserias de la vida en un country. Le sirve de excusa un hecho policial que pasa a ocupar un lugar secundario en la trama, desbordada por la descripción minuciosa de las pequeñeces que se esconden detrás de la fachada de opulencia y el triunfalismo que caracteriza a la clase media alta de nuestro país.

    El episodio de Belgrano y la novela interesan particularmente en este momento cuando algunos hechos de violencia juvenil, anteriormente atribuidos sistemática-mente a las clases marginales, tienen como protagonistas a hijos de profesionales, ejecutivos y empresarios de esta ascendente clase acomodada. El caso de Matías Bragagnolo fallecido en circunstancias todavía poco claras y de Ariel Malvino, el estudiante asesinado en Ferrugem, Brasil, el 19 de enero pasado, a los que se suman las picadas asesinas realizadas con autos de altísimo costo y otras tropelías que merecieron figurar en la crónica policial, abren nuevamente el debate sobre la verdad oculta detrás de la máscara del éxito de este sector social.

    Muchos de ellos, tratando de esquivar la triste realidad de nuestro país se fueron construyendo durante la década pasada feudos herméticamente cerrados que nos retrotrajeron a la Edad Media. Supuestas islas de paz y protección en medio de un océano tormentoso de pobreza y tensión social. Las tapias y alambrados eran, como los muros almenados de los castillos medievales, la garantía de que la violencia y el peligro estaba afuera. Los puentes levadizos del pasado fueron reemplazados por porteros, garitas y policía privada que controlan y requisan a todo el que pretenda penetrar en esos aparentes reductos de felicidad para que no la perturben.

    Fuera de los muros está la plebe, los que pertenecen y viven en el país real, peleando cada día por la subsistencia, viajando hacinados en el transporte público, luchando por sobrevivir al índice de desocupación, aceptando situaciones de semiesclavitud para poder conservar un puesto de trabajo y viendo pasar en sus camionetas de vidrios polarizados a los que viven en la Argentina exitosa del barrio exclusivo o el country. La imaginación popular tejió mil conjeturas sobre qué sería la vida detrás de los muros imaginando un paraíso de felicidad. La realidad vino a desmentirlos.

    Detrás de la fachada triun-falista anida un problema social profundo que está empezando a mostrarse. La lucha por mantener el estatus, en medio de un país cuya economía está siempre al filo del abismo, convirtió en caníbales a los padres de esta clase media acomodada. Demasiado ocupados en ascender, mantenerse o relacionarse delegan la educación de sus hijos a colegios exclusivos y la atención diaria a mucamas a sueldo. Los adolescentes crecen en medio de la opulencia económica, pero sin contención paterna ni una clara escala de valores, y entran al mundo creyendo que son dueños y señores de la vida y honor de aquellos que no pertenecen a su círculo. Porque así como hay tribus urbanas provenientes de la marginalidad, también las hay en estos guetos de la clase media.

    Pero estas últimas son mucho más peligrosas porque presumen, y no sin motivo, de impunidad. Sus padres y el círculo social al que pertenecen les garantizan que los excesos, abusos y arbitrariedades que cometan en sus tropelías no tendrán mayores sanciones. Así se han ido cebando en el pasado, pero ahora el problema tomó otras dimensiones, porque comenzaron a atacar a los de su misma clase.

    Y la enfermedad oculta y custodiada por porteros y policía privada sale a la luz, demostrando que los paraísos no son tales y que los muros no alcanzan para contener la corrupción de una clase social que se creía invulnerable.

    Salvador Dellutri

 

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