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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 756 - Fecha: 13 de Mar, del 2006
Las caricaturas de la discordia

(Dellutri) / Las controvertidas caricaturas sobre Mahoma han puesto al mundo en vilo provocando la airada reacción de los musulmanes.

     Al margen de la utilización política que ofendidos y ofensores están haciendo de esta situación, el tema merece otra lectura mucho más amplia.

    La cultura occidental ha perdido en su conjunto el sentido de lo sagrado. Una secularización preocupante ha ido destruyendo el concepto de sacralidad y todo, absolutamente todo, puede ser blanco de la ironía, la broma o la burla más desenfadada. Así entienden muchos la libertad de expresión: como un absoluto.

    Un humorista argentino interrogado acerca de sus límites comentó que nunca haría una tira cómica con el tema de los desaparecidos porque le parecía una irreverencia. Sin embargo muchas veces utilizó el lápiz para dibujar y satirizar a los íconos cristianos sin sonrojarse. Está dispuesto a reverenciar el dolor ajeno – cosa loable – pero no tiene reparo en herir la sensibilidad religiosa del prójimo. Cree que su respetable ateismo o agnosticismo le da derecho a tomar los elementos que son sagrados para el creyente y hacer con ellos lo que quiera, en nombre de una presunta libertad de expresión.

    No soy musulmán y disiento con los postulados de la fe musulmana, pero entiendo el sentimiento religioso del otro. Aprendí, a través de mi fe cristiana, que el prójimo tiene valor, por equivocado que esté, y que debe ser siempre respetado en sus íntimas convicciones religiosas. Puedo discutir y discrepar, pero no puedo ni debo burlarme porque eso constituye una bajeza incalificable.

    Hasta ahora los occidentales cultos de Europa e incultos de los Estados Unidos han demostrado el poco tino y la ignorancia que tienen sobre la forma de relacionarse con otras culturas.

    Tuve oportunidad de visitar algunos lugares sagrados musulmanes e israelitas del cercano oriente. Cuando entré en la sinagoga me coloqué respetuosamente el “quipá” y cuando visité las mezquitas me descalcé. Lo hice por respeto a la sensibilidad del otro, por consideración a su espiritualidad, absteniéndome de hacer un juicio de valor sobre el planteo religioso.

    Discrepo con la fe islámica y con la forma fanatizada de defenderla que tienen muchos grupos musulmanes fundamen-talistas. Me asiste el derecho a la discrepancia y la discusión, pero no tengo derecho a ofender su sensibilidad espiritual burlándome de aquellas cosas que considera sagradas.
Tanto el judío como el musulmán no tienen representaciones visuales de Dios ni de los profetas. Lo hacen porque provienen ancestralmente del politeísmo. La Biblia dice que el padre común de ambas religiones, el patriarca Abraham, fue sacado por Dios del politeísmo y entre las normas religiosas de ambas religiones está la prohibición a hacer imágenes que puedan incitarlos renegar de su monoteísmo y su concepción espiritual de Dios. Es por eso que en las mezquitas y sinagogas no hay íconos religiosos.

    El mundo globalizado ha puesto en contacto a las culturas, pero no ha hecho ningún esfuerzo por tratar de entenderlas. La soberbia occidental nos lleva a pensar que nuestra forma de ver la realidad y organizar la sociedad es de tal superioridad que tiene que ser adoptada por todo el mundo. Creemos que los otros pueblos son atrasados, primitivos y nosotros tenemos el deber de llevarles la civilización.
Pero esa soberbia nos enceguece y entonces nos escandalizamos por la forma en que se cubren las mujeres musulmanas porque, de acuerdo a nuestra percepción, es una actitud primitiva. Pero no percibimos lo escandaloso que es para un musulmán ver las desnudeces y el exhibicionismo de las mujeres occidentales. No estoy de acuerdo con el extremismo musulmán con respecto a la mujer, pero los comprendo cuando se oponen a la penetración cultural de occidente donde la mujer reniega de todo recato y dignidad para exhibirse como una mercadería lujuriosa. Quieren preservar a sus esposas e hijas de lo que califican, y con justa razón, de decadencia occidental.

    La libertad de expresión no es un absoluto. Debe tener límites y la sensibilidad espiritual del otro debe ser respetada. Eso es la conclusión a la que, sin mucho esfuerzo, llega cualquier persona razonable. Pero otros, como el ministro de Reformas Institucionales de Italia, Roberto Calderoli, no lo entendió así y exhibió provoca-tivamente su camiseta en la que estaba impresa una de las caricaturas cuestionadas. Como consecuencia en Benegas, Libia, el consulado italiano fue atacado y el saldo fue once muertos.

    No es de personas razonables echar gasolina en un incendio. Pero siempre existe la posibilidad de que algún imbécil lo haga. Lo malo es que todos pagamos las consecuencias.

    Salvador Dellutri

 

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