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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 713 - Fecha: 20 de Dic, del 2005
Una revolución que no revolucionó

A cuatro años del último estallido social en la Argentina, es oportuno recordar por qué pasó lo que pasó y que no paso.

     La mayor parte de la historia institucional se mueve lentamente y cuando se trata de la construcción institucional, el tiempo se mide en décadas. Se podría afirmar que la historia se mueve incluso más lentamente para erigir normas de reciprocidad y redes de compromiso cívico. Si desde 1983 la democracia (con su regreso) ha funcionado de un modo tan imperfecto, ha sido en gran parte por la vigencia de reglas informales que nacen de la cultura y de la historia. Los días 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron el comienzo de un camino lento pero distinto, aunque lamentablemente hay 29 vidas menos que quedaron con su lucha y sus vidas truncadas. Ese es el mayor precio que se pagó sobre todo porque los responsables están libres, pero honrar a los muertos, significa compromiso.

    El 20 de diciembre de 2001 comenzó en el 89, tras la asunción de Carlos Menem, con una toma presidencial adelantada porque los aconteceres habían debilitado de tal manera al gobierno del ex presidente Raúl Alfonsín, que lo hicieron dirimir. Hasta ese momento, la opinión pública era fuerte, determinante de situaciones y tenía claros espacios de participación. El neoliberalismo del gobierno de Menem, aplastante y devastador, dejó al país en ruinas, por su política socioeconómica que marginó a muchos sectores activos de la sociedad, condenándolos al hambre, la desocupación y la miseria, haciéndoles perder sus espacios públicos de manifestación.

    Diez años de una cultura de corrupción, no puede tomarse como un hecho aislado, sino como el antecedente principal de un camino de intrínsecas cuestiones que llevan irremediablemente al país a estallar el 20 de diciembre del 2001, fecha que marca un antes y un después en Argentina. El país Mantenía, como se ha escuchado infinitas veces, “relaciones carnales” con Estados Unidos y sobre todo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). En los comienzos de la década menemista, la opinión pública tenía sus espacios públicos de discusión, movilización y manifestación de sus opiniones. Tan así era que fue escuchada en sus reclamos a tal punto que el gobierno de Raúl Alfonsín se vio obligado a adelantar el pase de la presidencia, ya ganada en las elecciones por amplia mayoría por Carlos Menem.

    Del `89 al `95 la opinión pública se vio obligada a dejar sus espacios habituales y cambiarlos por otros, porque el aparato sindicalista había sido desbaratado inteligentemente por Menem y los sectores sociales hacían sus reclamos absolutamente divididos, en una lucha individualista, separados por sectores. Habían perdido la capacidad de la unión que históricamente hacía peso a la hora de reclamar sus derechos. Maestros, empleados públicos, desocupados, bancarios, ferroviarios, metalúrgicos, todos reclamando en espacios públicos diferentes, sin juntarse. La represión policial era implacable con cada movilización y la opinión pública perdía importancia.

    En el `95 aparecen en escena los piqueteros, mezcla de desocupados y ciudadanos de las clases más bajas que nacían paradójicamente durante un gobierno al que ellos mismos habían votado. Fueron los únicos que pudieron y supieron organizarse, consiguiendo aumentar sus filas, en relación directa con el aumento de la pobreza y la desocupación. Con la modalidad de los cortes de ruta, era difícil ignorar los espacios que empezaban a ocupar, pero la indiferencia menemista no hizo caso a sus reclamos. Sin embargo, su lucha no claudicó y al día de hoy, sus filas reúnen miles, que no sólo aumentan por el incremento de la pobreza, sino por su capacidad de lucha inclaudicable.

    También en el `95, y como consecuencia de las privatizaciones y la importación, la clase media aprovechó esta situación para comprar autos O kilómetro y hacer viajes al exterior. La “plata dulce” se volvería más que amarga con el tiempo. Eran castillos en el aire, beneficios obtenidos por la venta de Aerolíneas Argentinas (compañía aeronáutica), ENTEL (compañía telefónica), Ferrocarriles, Segba (compañía de electricidad) y la petrolera YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), además de infinitas concesiones.

    Un comportamiento casi infantil y caprichoso de parte de la opinión pública que se constituía en la clase media: se hace difícil creer que gente con acceso a la educación creyera que una empresa petrolera diera pérdidas y no saliera a usar sus espacios públicos para manifestarse en contra. Esta sería la responsabilidad que le cabe a la sociedad en el vaciamiento del estado.

    Tal vez por el encantamiento de un político que les decía “Síganme, no los voy a defraudar” -Carlos Menem-, tal vez por la influencia de los medios de comunicación, tal vez por dejar en manos de la clase política que no ejercía una oposición fuerte y sana, tal vez por la consolidación de los grupos económicos extranjeros con el aval de los nacionales que hacían negocios, la opinión pública fue perdiendo fuerza y espíritu, dejando de usar sus espacios paulatinamente, hasta que ya al final de este gobierno, los que en un principio habían asumido el rol de actores sociales dentro de la clase media, se convirtieron en meros espectadores. La opinión pública y sus espacios entraban en una severa crisis de la que costaría mucho salir.

    El ex presidente Fernando De La Rúa se apañó durante su primer año de gobierno, en que se había encontrado con un país quebrado y se recostó en la corrupción de Menem y todo su entorno político para justificarse. Pero fue finalmente su incapacidad la que en dos años agudizó la situación socio-económica del país recibido y permitió afianzar y avanzar sobre el esquema de dependencia en beneficio de los dueños del poder mundial con blindajes, megacanjes y reprogramación de la deuda externa. Con su anuencia, se realizó una descomunal fuga de capitales por el stablishment, además del aumento de las tasas de interés, la caída de los depósitos, más pauperización y marginalidad, quiebras por doquier, aumento del desempleo, el “corralito” (confiscación bancaria de los ahorros). Todo esto llevó a su caída cuando el pueblo en la calle le dijo “basta”.

    Durante los apenas 740 días de gobierno de Fernando De La Rúa, la opinión pública fue comenzando a ganar espacios, muy lentamente, pero no lograba modificar su situación. La violencia termina siendo la respuesta de un pueblo que ocupa nuevos espacios y retoma otros abandonados durante mucho tiempo, usándolos con miedo y desesperación.

    Durante todo el 2001 el clima de opinión era denso e incontenible. Se respiraba un aire que hacía sentir que en cualquier momento la bomba iba a estallar. Los medios de comunicación mostraban la cruda realidad y ejercían una oposición fuerte al gobierno de Fernando De La Rúa. Antes del incendio del país, algunos periodistas (pocos), trataban de llevar calma, porque percibían que la gente se iba a manifestar públicamente y esta manifestación no iba a estar enmarcada dentro de la paz social.

    El hambre, la desocupación y sobre todo la indiferencia de la clase dirigente, cómplice de una política socioeconómica que aplastó a la clase media y marginó definitivamente a las clases bajas, eran recibidas por toda la sociedad como actos de violencia. Pero nadie podía prever de qué manera la opinión pública iba a manifestar su repudio y su impotencia y muchos menos saber qué espacios públicos iba a utilizar, ya que los había perdido todos. Pero la idea de que algo había que hacer, estaba instalada; hasta el más individualista de los ciudadanos se preguntaba porqué no se hacía algo, porqué se había caído en esa inercia, en esa pasividad, como esperando un milagro, y a la vez, no queriendo dejar ya en manos de nadie la decisión ni la responsabilidad de hacerlo.

    La sombra de los saqueos que había hecho abandonar a Alfonsín su gobierno, volvía a rondar. Todos los sectores sociales estaban alertas. En cualquier momento se iba a producir el desastre, aunque sin saber dimensiones. La primera manifestación de la opinión pública, se dio en las clases más bajas, desencadenada por el hambre, que era una realidad. El 19 de Diciembre de 2001 se empiezan a producir los saqueos, en la provincia de Santa Fe. Aunque hubiera sido cierta la versión de que los primeros saqueadores fueron inducidos a realizar esos actos (supuestamente por sectores gremiales enviados por Menem), la realidad es que la opinión pública tenía una imperiosa necesidad de manifestarse y de volver a recuperar los espacios públicos perdidos.

    Los saqueos se fueron reproduciendo por todo el país de la forma más violenta que se pueda recordar y la represión policial fue feroz e implacable. La gente entraba a los almacenes y supermercados llevándose todo y destruyendo a su paso lo que interponía su camino. Hombres, mujeres y chicos desesperados, asustados y hasta con vergüenza de hacer lo que hacían. Los medios de comunicación, sobre todo la televisión, mostraba imágenes que hacía presuponer el comienzo de una guerra civil y la opinión pública llegaba a todas partes fundamentalmente a través de su peso. La policía reprimía salvajemente, sin discriminar edades, sexos o condición física. Muy lejos de cumplir su rol de contención y comportarse como agentes del orden, no todas las balas utilizadas fueron de goma: nueve muertos por pistolas Browning 9 milímetro fue el saldo de la represión en Santa Fe durante los saqueos de ese 19 de diciembre fatal.

    Tratando de calmar un poco los ánimos, los hipermercados prometían entregar bolsas de comida y muchos concurrían a estos lugares haciendo largas filas y soportando interminables horas de espera. En algunos casos, sólo fue un anuncio para que no los saquearan y se burlaron de la gente, no entregándoles nada. En otros, lo hicieron de la manera más humillante, arrojando desde camiones indiscriminadamente bolsas con alimentos que terminaban en el piso con los productos destruidos y sin poder ser consumidos después.

    Finalmente, y como consecuencia de lo acontecido, renuncia el “super-ministro” de Economía Felipe Cavallo, tras veinte años en el poder detrás del poder, y valga la redundancia, por el poder mismo. Los espacios públicos iban dinámicamente en aumento y el país entero opinaba públicamente sobre lo que estaba pasado y sobre lo que suponía podía pasar. Ya nada detendría a la gente, ni siquiera la represión de la policía, feroz, que golpeaba a mansalva. La ciudadanía había empezado a reconstruir sus espacios públicos y los tomaba como un lugar de resistencia a los poderes que ya no los representaban. Era un espacio reconstruido en base al miedo y a la desesperación, a partir del fin de la fe en el estado por parte de la ciudadanía en su conjunto.

    La renuncia de Caballo no fue suficiente y el país se incendió. Después de un día incontenible por los saqueos que ocupaban todo el territorio nacional, con algunas pocas excepciones, De La Rúa decreta el Estado de Sitio y esto no torció el brazo de la opinión pública. Muy por el contrario, en la madrugada del 20 de diciembre, el estallido social llegó a Capital Federal. La clase media había sido francamente perjudicada con el “corralito” dispuesto por Cavallo el 3 de diciembre. Tras las imágenes televisivas, los periódicos leídos y las radios escuchadas, la opinión pública siguió en aumento. La gente se dirigió primero al edificio donde vivía Cavallo, hasta llegar a ser 3 mil las personas frente a su edificio.

    Ya no era una masa impasible frente al televisor, era una multitud que sin organización previa, sintió la necesidad de seguir ganando espacios, sobre todo, ese espacio tan significativo que hacía mucho no usaba: la Plaza de Mayo. Desde los balcones aledaños a la Casa Rosada, se escucharon voces cuyas palabras indescriptibles salían de cacerolas golpeadas, con la convicción de que se estaba dando fin a doce años de corrupción, indiferencia y desidia política. Se llenó la plaza de gente otra vez, con miedo, pero con fuerza. Una brisa de revolución la colmaba. Toda revolución, por chiquita que sea, cobra vidas, y esta, no iba a ser la excepción. Pero esa noche, la gente sentía que podía volver a recuperar el país perdido y hasta se sentía feliz de ser capaz de expresar lo que por tantos años había callado.

    Fue pacífica durante toda esa larga madrugada, casi pegada a la casa de gobierno, para que todos escucharan, pudieran entender, y los responsables actuaran en consecuencia. Hasta los que no se animaron o no pudieron ir, se sentían allí, y el grito de “Argentina, Argentina”, se cantaba con orgullo. La frase que quedaría para la historia era, pues, “que se vayan todos”. La paciencia había llegado a su fin.

    Cuando la noche se hacía larga y sin respuesta, se retiraron, pero ante las primeras luces del día, la gente volvió. Hombres, mujeres, familias, todos opinando públicamente su disconformidad en el espacio más legítimo y bien ganado que tenía: su Plaza. Cada vez eran más, venían de a miles y de todas partes. La respuesta por parte del gobierno llegó, pero no era la esperada. Vino en forma de negra y oscura represión, injusta y salvaje. Gases lacrimógenos, palos, balas de goma, la caballería tirándole a la gente sus caballos encima, y nadie hacía nada para detener a los efectivos policiales que se ensañaban con cada persona que estaba a su alcance, incluidas las Madres de Plaza de Mayo.

    La jueza federal María Romilda Servini de Cubría se hizo presente en la plaza, en medio de la represión, tratando de detenerla, pero sólo lo logró por escaso tiempo. Ni siquiera el propio gobierno le daba respuesta ni le explicaba quién había dado la orden, y más allá de eso, dada la incontrolable situación, el único que debía hacerse cargo en tal caso, era el propio Presidente de la Nación. La represión no cesó durante toda esa tarde. El saldo terrible fue un total de 29 muertos entre las dos jornadas de lucha popular.

    De La Rúa hizo un último intento de convocatoria a todos los sectores políticos, pero no tuvo éxito. Sus horas estaban contadas y no quería admitirlo. Finalmente, presentó su renuncia y dejó al Poder Ejecutivo acéfalo, en manos de Ramón Puerta, presidente de la Cámara de Senadores. No fue una dimisión común. Fue una huida y poco feliz salida, ya que lo hizo en helicóptero, desde el techo de la casa rosada. La imagen de su partida trajo a la memoria de los argentinos, el día que se fue “Isabelita” (la ex presidenta María Stella Martínez de Perón), de la misma forma.

    Ese fue el principio del fin. El fin de más de una década de insomnio y el despertar de una pesadilla de la que se pensaba nunca se iba a poder salir. Se daba vuelta la página, y los aconteceres seguidos hasta la fecha, si bien no fueron ni son caminos fáciles, se recorren al menos con mayor dignidad y esperanza.

    Es la opinión pública la que finalmente consigue los cambios, a través de su participación, de la recuperación de sus espacios públicos y de la creación de otros. Aparecen nuevos actores sociales, como los “piqueteros” y los “caceroleros”, y los espacios se vuelven independientes. La ruptura de la comunicación con la clase política se produce porque los actores ya no representaban a la gente y la crítica de la población al Estado y a la sociedad misma, se empieza a manifestar. Mucho tiempo de falta de participación por parte de la ciudadanía y la clase política no puede ni debe evadir la responsabilidad que le cabe por el descreimiento que produjo su accionar.

    La opinión pública, finalmente, cuando expresó su “Que se vayan todos”, estaba gritando que se la escuche, que se la tenga en cuenta, que se le devolvieran sus espacios y sus derechos, porque por sobre todas las cosas, el ser humano necesita sentirse digno para poder vivir. Luego vendría el avatar de cambios de cinco presidentes, más manifestaciones con represiones, desparecerían de escena las asambleas populares, aparecerían más piqueteros, la asunción de Néstor Kirchner y la lucha no termina.

    Hay indicadores de cambio, a pesar de las injusticias que no terminan de sacudirse porque la política neoliberal sigue en vigencia, con apenas algunos rasgos de querer modificarse. El hambre no cesó y la desocupación tampoco, pero no se puede negar que el proceso de innovación cívica está en pleno desarrollo y sigue creando las bases para su reconstrucción. No va a ser fácil, pero es necesario no caer en el pesimismo ni en la impaciencia. La herencia fundamental que dejaron los días negros del 19 y 20 de diciembre de 2001, es que marcó el comienzo de la recuperación de los espacios públicos, de discusión y participación, imprescindibles a la hora de discutir qué clase de país se quiere tener.

    APM

 

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