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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 708 - Fecha: 13 de Dic, del 2005
En busca de la dignidad

Los recientes y graves disturbios ocurridos en Francia no tienen que interpretarse como episodios aislados.

     La violencia incontenible que jaqueó al gobierno francés puso en evidencia las graves consecuencias que trae aparejada una política que enfatiza al mercado por encima de las personas.

    Es notable que la rebelión que llevaron a cabo musulmanes provenientes de Libia, Mauritania, Marruecos, Túnez o Argelia, no levantaba la bandera de la reivindicación religiosa. Eran hombres que se sentían relegados reclamando con violencia lo que sistemáticamente se les negaba: Su dignidad.

    Europa es un continente envejecido que necesita mano de obra y sangre joven. Los inmigrantes que llegan desde África representan una fuerza de trabajo necesaria para el desarrollo y, como provienen de naciones pobres, están dispuestos a hacer tareas que los europeos enriquecidos ya no quieren realizar. Se instalan, trabajan y tratan de conservar algo de su cultura, lo que el nuevo escenario les permita.

    Pero los artífices de esta rebelión fueron los hijos de esos inmigrantes. Ellos, ciudadanos franceses que viven en la legalidad, no participan de los extremismos islámicos de sus mayores, trabajan para el desarrollo del país a la par de cualquier francés y realizan las labores más penosas; pero en virtud de su origen y color de piel nunca son considerados como franceses. Recluidos en los cinturones de las grandes ciudades desarrolladas, a pesar de sus esfuerzos, están condenados a vivir en la marginalidad. No pertenecen a cultura de sus padres, pero tampoco son asimilados por los nativos.

    La falta de una política razonable de integración que les permitiera equipararse con los demás franceses alimentó la rabia y encendió las hogueras. Los furiosos reclamos fueron la forma en que intentaron hacer oír a la sociedad lo que sistemáticamente se negaba a escuchar. Era un grito reclamando por la dignidad.

    El problema no es nuevo. Lo vivió Estados Unidos a principio del siglo XX. Durante la primera guerra mundial la participación de los negros en la defensa del país fue decisiva. Concluida la contienda los blancos comenzaron a gestar un clima de fuerte belicosidad racial. Se iniciaron persecuciones organizadas contra la gente de color y se multiplicaron los linchamientos.

    La tensión estalló en abril de 1919 cuando en Chicago un horda segregacionista atacó a un grupo de jóvenes de color que estaba nadando en una playa exclusiva para blancos. Uno de los atacados se ahogó y la violencia se generalizó en todo el país. Arreció la persecución y la embestida tomó características irracionales. Hasta ese momento los negros habían tenido una actitud pasiva y actuaban defendiéndose, pero ante la ola de agresiones, por primera vez reaccionaron atacando y matando. Quienes habían derramado su sangre en las trincheras defendiendo a lo que consideraban su país volvían para reclamar la dignidad que se les negaba.

    Años más tarde, en 1955, Rosa Parks de Montgomery, Alabama, se negó a ceder su asiento a un hombre blanco. Una ordenanza local determinaba que los negros no podían ocupar los primeros lugares en los autobuses y estaban obligados a ceder su asiento a cualquier blanco que lo solicitara.

    La reacción de Rosa Parks encendió la mecha y comenzó una rebelión que, gracias al liderazgo y la moderación que le imprimió Martin Luther King, fue pacífica. Ellos también luchaban por su dignidad.

    El mismo problema que se suscitó en Francia está latente en toda Europa con los inmigrantes africanos y en los Estados Unidos con los hispanos, que ya superaron en número a los afro norteamericanos y son la primera minoría.

    Para los países desarrollados los inmigrantes, legales o ilegales, son un buen negocio a corto plazo. Ellos hacen los trabajos que nadie quiere efectuar: faenan reses, siembran, levantan cosechas, pelan pollos, limpian baños y tienen sueldos magros. Pero son un problema a largo plazo porque toman conciencia de la importancia del servicio que realizan y exigen, con justa razón, que se los considere de acuerdo a lo que aportan. No aceptan esta moderna forma de edulcorada esclavitud a la que quieren someterlos los países globalizadores.

    El caso de Francia fue una fuerte llamada de atención para todo el mundo. Estos grupos de desconformes, así como estallaron en una protesta abierta y frontal, podían también ser captados por organizaciones radicales del terrorismo musulmán. La rabia siempre es irracional y puede tomar cualquier rumbo. Entonces los resultados hubieran sido otros.
El hombre además de libertad necesita ser reconocido. El reclamo violento era el grito de quienes reclamaba dignidad. Esperemos que el primer mundo abandone su voluntaria sordera y escuche. De ello depende que todos podamos vivir en paz.

 

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