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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 696 - Fecha: 22 de Nov, del 2005
El efecto Borocotó

(Dellutri)¿Es la política una cuestión de ideas o solo una forma de encaramarse en el poder? ¿La finalidad de la política es buscar el bien común o el bienestar particular?

     Siempre se ha sostenido que es una lucha de ideas tendientes a lograr el bien común.

    Sin embargo la sospecha constante de la sociedad es que detrás de las virtuosas intenciones que se proclaman siempre se esconden otras, mucho más oscuras e inconfesables. Esto nos llevó a ser un país con alto descreimiento político.

    La actitud del Dr. Eduardo Lorenzo, Borocotó, aportó elementos contundentes a quienes descreen de los políticos y como consecuencia de la política en general. El publicitado e insólito salto partidario de un diputado electo que todavía no asumió, demuestra que, lejos de ser un hombre de convicciones como siempre ha proclamado, el Dr. Borocotó es lo que la gente común llama “un arribista”. Una lectura rápida de su trayectoria política lo confirma: fue alternativamente compañero de ruta de Eduardo Duhalde, Luis Patti, Domingo Cavallo, Mauricio Macri y finalmente recaló en el kirchnerismo.

    Estos cambios no responden a una concienzuda reflexión sobre la realidad que modifica sus convicciones y lo hace rectificar su camino, sino a la búsqueda de posi-cionarse en el poder. ¿Alguien puede creer que durante un partido de fútbol se producen cambios tan profundos como para torcer el rumbo ideológico de un legislador recién electo? Es tan absurdo creer en la racionalidad de esa mutación que forzosamente caemos en la sospecha y nos preguntamos: ¿qué cargos o privilegios negoció con el ministro Alberto Fernández confrontaron ideas o negociaron cargos? Las declaraciones posteriores del transfugado médico confirman que no fue una discusión ideológica sino una negociación política.

    Y aquí se amplía el dilema porque si estamos ante alguien a quien el poder corrompe, tenemos que afirmar que también hay un corruptor. Porque esta situación tiene dos partes, ambas igualmente responsable de bastardear la política y hacer crecer el descreimiento público.
¿Cómo explicamos a un joven votante primerizo que el representante al que eligió se cambió de camiseta antes de comenzar el partido? ¿Cómo lo convencemos de que votar es una herramienta importante de la democracia si los políticos se burlan en esta forma de la voluntad popular?

    Cuando entramos al cuarto oscuro y elegimos una boleta determinada para colocarla en la urna, le estamos otorgando al grupo de candidatos elegidos una cuota de poder. Lo hacemos confiando en que esos candidatos están asumiendo un compromiso con el elector. Por eso la actitud descarada del Dr. Borocotó es una canallada, una burla al electorado y un ataque desembozado a la democracia que no se debe aceptar.

    Paralelamente lo que pasaba en la Legislatura Porteña hizo su aporte al desánimo y el descreimiento. El desastre de Cromañón evidenció la corrupción y la incompetencia de la actual gestión porteña. Aníbal Ibarra es un individuo mediático, a quien una dolorosa realidad le demostró que se necesita algo más que locuacidad ante las cámaras de televisión para llevar a cabo una administración medianamente aceptable. La masacre de Cromañón puso en evidencia, aún para los más desprevenidos, la ineficacia de su gestión y lo transformó en un cadáver político.

    Los padres de las victimas desde el primer día están reclamando justicia, pero lo hacen manejándose en un permanente estado de sospecha. Esto no es condenable si se tiene en cuenta que en nuestro país la impunidad es una institución y detrás de cada legislador puede ocultarse un Borocotó dispuesto a vender su voto al mejor postor. Ellos, como damnificados, están convencidos que la justicia, si llega, lo hará en la medida en que se movilicen de todas las formas posibles y presionen a quienes tienen que tomar decisiones. Porque como ciudadanos descreen de los políticos y la política.

    Pero esto es muy peligroso, porque despierta en los legisladores una actitud demagógica y finalmente cuando votan no sabemos si lo hacen por un convencimiento genuino o porque cedieron ante las presiones pensando que así se posicionaban mejor ante la opinión pública. Es lo que sucedió en la última votación que fue adversa a Ibarra: Algunos votaban porque estaban haciendo buena letra ante el oficialismo, otros porque estaban las cámaras y tenían que mostrarse populistas, otros porque temían la reacción futura de los padres; pero ¿cuántos realmente votaron porque así se los dictaban sus íntimas convicciones nacidas de un análisis desapasionado de las informaciones recibidas? Imposible saberlo, pero intuimos que han sido muy pocos.

    Quedan abiertas las preguntas del principio: ¿Es la política una cuestión de ideas o solo una forma de encaramarse en el poder? ¿Es la finalidad de la política buscar el bien común o el bienestar particular? Los argentinos se están inclinando por la segunda opción. Y descreen de la política y los políticos. Porque con estos ejemplos se hace muy difícil creer.

    Salvador Dellutri

 

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