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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 691 - Fecha: 14 de Nov, del 2005
Violencia e inoperancia

(Dellutri) / Desde aquél impreciso día en que Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató la violencia se instaló en la humanidad.

     Aquel fratricidio fue el comienzo de una cadena de hechos violentos que jalonan la historia humana desde aquel aciago día hasta el presente. Pero hay varios tipos de violencia.

    Un acto de violencia fue lo que llevó a aquella mujer a la cárcel. Era médica y la conocí en el Penal de Ezeiza cuando apenas había ingresado. Todavía no se había asimilado a los códigos carcelarios y conservaba el refinamiento de gestos y lenguaje propios de una profesional. Había asesinado a su marido, también médico, por una infidelidad, en medio de un ataque de rabia reivindi-catoria. “Nunca pensé que algún día iba a estar en este lugar, pero un momento de descontrol me trajo a aquí no sé por cuanto tiempo” confesaba con tristeza. Este es un tipo de violencia que nace del desequilibrio de un momento, del descontrol de las pasiones que no encuentran otra forma de expresarse más que por el camino de la agresión.

    Otra violencia es la que se está llevando a cabo en Francia, donde un amplio sector social de marginados reacciona masiva y espontáneamente ante lo que considera una agresión.

    Otra, muy distinta, es la violencia que hemos visto en estos días, donde un grupúsculo de vándalos programó y llevó a cabo su acción depredadora en la ciudad de Mar del Plata. Una violencia que no nace del descontrol del momento, sino de una previa y precisa planificación que afectó a un grupo importante de ciudadanos que hacen el aporte de su trabajo a la sociedad organizada.

    Estos vándalos ina-daptados, que pretenden reivindicar la violencia con confusas ideologías, son como un cáncer dentro del cuerpo social que el gobierno está dejando crecer con su deliberada inoperancia. Es insólito que el aparato del Estado se cruce de brazos frente a los actos de vandalismo en lugar de defender al ciudadano pacífico que aporta a la construcción de la sociedad con su trabajo y sus impuestos.

    San Pablo, en una de sus magistrales epístolas señalaba hace casi dos mil años: “Los gobernantes no están para causar miedo a los que hacen lo bueno, sino a los que hacen lo malo... porque no en vano la autoridad lleva la espada, ya que está al servicio de Dios para dar su merecido al que hace lo malo.” El gobierno parece ignorar este principio elemental que rige las mutuas obligaciones entre el Estado y los ciudadanos.

    El Dr. Aníbal Fernández, actual Ministro del Interior y directo responsable de la seguridad, cree que gobernar es hacer esgrima dialéctica y sale, luego de cada acto vandálico, a dar absurdas explicaciones que son verdaderos insultos a la inteligencia. Parece no entender que cuando la violencia se planifica y se ejecuta con delincuentes arteramente encapuchados perjudicando a inocentes el único camino que queda es reprimirla. Y la represión, censurable en otras ocasiones y en otros contextos, es en estos casos no solo necesaria sino imprescindible.

    ¿Qué sucederá cuando el comerciante honesto que vea peligrar su patrimonio, ante la inoperancia gubernamental, decida ejercer su propia defensa? ¿Qué hubiera sucedido si un ciudadano perjudicado en Mar del Plata hubiera reaccionado asesinando a un vándalo encapuchado? ¿Qué sucedería si un centro de comerciantes decide, además de tener custodios contra los robos, organizar una fuerza de choque contra los vándalos?
Es elemental pensar que si el Estado no brinda la debida protección y, por el contrario, garantiza la impunidad de los delincuentes tarde o temprano habrá quienes quieran ejercer su legitima defensa y nos convertiremos en una réplica moderna del Lejano Oeste norteamericano.

    El gobierno tiene que abandonar las posturas demagógicas y el doble discurso para ponerse a gobernar en serio. Se espera de quien posee legítimamente el poder que lo ejerza con criterio y garantice la seguridad de los ciudadanos. Un gobierno que permanece impasible ante delincuentes encapuchados que destrozan el patrimonio de ciudadanos honestos está demostrando no solo inoperancia sino también incapacidad y abre una inquietante sospecha de complicidad.

    Salvador Dellutri

 

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