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Opinión 
Edición: 684 - Fecha: 24 de Oct, del 2005
Un hombre llamado Natalia

En aquel pueblo había un solo gallo y su propietaria, una vieja rezongona e inaguantable, estaba convencida que el sol salía porque su gallo cantaba. Un día se peleó con sus vecinos y decidió castigarlos.

     Se mudó a otro pueblo llevándose el gallo. En su ignorancia pensaba que de esa manera nunca verían el sol y le rogarían que regresase. Pasó el tiempo y como nadie venía por ella, la vieja decía: “Son obstinados y orgullosos, prefieren vivir en completa oscuridad antes que rebajarse a pedirme que vuelva.” Moraleja: Si comenzamos con una premisa equivocada todas nuestras conclusiones serán erróneas.

    La historia viene a cuento en relación al caso que se ventila en Córdoba, donde un matrimonio pide el cambio de sexo de su hijo adolescente. El jovencito es genéticamente varón, pero actúa como una mujer, dice que se siente mujer, se hace llamar Natalia y los padres piden a la justicia que les permita iniciar el proceso para el cambio de sexo.
El adolescente explica su problema gráficamente diciendo que es “como una botella de Coca Cola que adentro tiene Seven Up”. Expresa en su lenguaje adolescente lo que sus padres y los medios explican con una frase que ya hemos oído en otras ocasiones y que pugna por convertirse en un lugar común: “es una mujer encerrada en un cuerpo de hombre”.

    Pablo Abadi, médico psicoanalista y profesor de la Asociación Psicoanalítica Argentina escribe en La Nación: El argumento se repite con frecuencia. Sin embargo, desde el punto de vista psicológico no existe tal cosa como una mujer atrapada en un cuerpo de hombre, salvo que, como ocurre en muchos casos, la persona haya sido criada, necesitada y desviada hacia el otro sexo.

    Por lo tanto los padres y los medios están partiendo de una premisa equivocada, que denota un alto grado de desinformación e ignorancia. Y llegan, como es natural, a una conclusión equivocada que en este caso reviste mucha gravedad porque involucra a un adolescente desorientado.

    Nuestro cuerpo y nuestra psiquis vienen hermanados desde nuestro nacimiento, pero el desarrollo armónico y normal de nuestra identidad es consecuencia de un proceso de maduración en el cual afirmamos nuestra sexualidad. En esta etapa son definitorios los modelos familiares y la contención que ofrezca el hogar. Ya en el siglo XIII Santo Tomás hablaba de la familia como un útero en el cual se gesta la personalidad, señalando que la paternidad es un oficio que hay que ejercer con responsabilidad y dedicación.

    La ausencia de una contención afectiva adecuada y modelos familiares claros produce una desorientación que puede tener diversas derivaciones. Este caso denuncia un problema que no es atribuible a la naturaleza sino al núcleo familiar, a los padres. La confusión del adolescente tiene sus raíces en la educación y orientación que le dieron sus padres.

    Que sean justamente sus progenitores los que pidan que se inicie el proceso para el cambio de sexo, indica que están tomando el camino más fácil, desligándose de su responsabilidad y buscando que la ley y la sociedad convaliden esta decisión. Y la mayoría de los medios, ávidos de sensacionalismo, siguen por el mismo camino.

    El Sexólogo León Gindín declaró que, en este caso, se hace necesario comenzar un tratamiento hormonal que detenga el proceso natural ejerciendo una suerte de castración química, bloqueando el desarrollo masculino. Pero a renglón seguido aclara que si el paciente se arrepiente puede revertirse el proceso, indicando al magistrado interviniente que esto evitaría una depresión profunda en el adolescente. Sus declaraciones avalan lo que venimos diciendo: estamos ante un caso de confusión en la identidad que puede persistir aún con el tratamiento hormonal.

    La pregunta que queda flotando y nadie parece tener el atrevimiento de hacer es: ¿dónde se generó esta confusión? Los profesionales, queriendo estar a tono con la época, prefieren no abrir juicio y actuar sobre una premisa falsa: Es una mujer encerrada en un cuerpo de hombre. Los periodistas, siempre buscando la nota escabrosa para producir el escándalo, se suman a esta propaganda frívola y superficial desatada por grupos minúsculos que pretenden vaciar moral y espiritualmente a la sociedad.

    El camino elegido es el más fácil para los padres y el más redituable para los profesionales y los medios. Pero partiendo de premisas equivocadas se llega inexorablemente al error. Y los errores finalmente los paga toda la sociedad.

 

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