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Opinión 
Edición: 681 - Fecha: 16 de Oct, del 2005
El fin de la modernidad

(Vadillo)/Es común llamar a los tiempos que vivimos posmodernidad.

     Este término alude a un período histórico específico, en el que se desconfía de las nociones clásicas de verdad, razón, identidad y objetividad, también de la idea de progreso universal o de emancipación de las estructuras aisladas, de los grandes relatos o de los sistemas definitivos de explicación. Prefiero llamar a los tiempos que vivimos “fin de la modernidad” y daré a continuación mi razones.

    La sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y la técnica. Se instituyó una ruptura con las jerarquías de sangre, la soberanía sagrada, las tradiciones y los particularismos en nombre de lo universal, la razón, la revolución, Se apostaba a la prosperidad. Se creía que la ciencia avanzaba hacia la verdad, que el progreso se expandiría como forma de vida total y que la ética encontraría su universalidad.

    Las conmociones que hemos experimentado durante del siglo XX, contradicen los ideales de la modernidad. A partir de la segunda mitad del siglo se observa cada vez con mayor celeridad, el desencanto y la frustración.

    Las utopías, que fueron base de la modernidad, se han disipado. Hoy se vive el presente y solo se rescatan fragmentos del pasado sin proyectar el futuro. El fin de la modernidad se ha bajado del tren de la historia

     Aparecen nuevos paradigmas elaborados en contra de los principios futuristas establecidos en la sociedad moderna. En el fin de la modernidad la sociedad esta ávida de identidad, de diferencia, de conservación, de tranquilidad, de realización personal inmediata. Se disuelve la confianza y la fe en el futuro, ya no se cree en el porvenir del progreso. Los hombres del fin de la modernidad quieren vivir enseguida, aquí y ahora, mantenerse siempre jóvenes. No se busca ya forjar el hombre nuevo.

    Los grandes ejes que conformaron la modernidad fueron abandonados por la aparición de una fuerza hedonista que invade la naturaleza del hombre; murieron el optimismo tecnológico y científico, al ir éstos acompañados por la degradación del medio ambiente, del abandono cada vez más acrecentado del individuo, por la decadencia de los sistemas políticos: ninguna ideología es capaz de entusiasmar a las masas.

    En el fin de la modernidad no existen ídolos ni tabúes, ni proyectos históricos movilizadores. Estamos regidos por un vacío que no marca ni tragedia, ni fin. El proceso laboral sufre una degradación. Los sistemas requieren menos mano de obra porque la reemplazan por la máquina. El sistema imperante estimula el placer, el relajamiento y la despreocupación. Se debe trabajar fuerte y sin descanso en las horas laborales y vivir la diversión sin límites en las horas libres.

    La situación planteada origina un divorcio entre economía y cultura. Los productos culturales han sido industrializados, sometidos a los criterios de la eficacia y rentabilidad, tienen las mismas campañas de promoción publicitaria y de marketing que las estructuras comerciales.

    En décadas anteriores, la explosión de las necesidades, permitía al capitalismo salir de la crisis que originaba la superproducción. En nuestros días se ha producido una contradicción entre cultura y economía, introduciendo la imagen de un consumismo anestesiante, que da la idea de que sólo es un triunfador aquel que sigue los dictados que la publicidad de los medios indica, produciendo en el hombre un vacío espiritual.
El consumismo engendra una desocialización general. La dinámica del modernismo que se caracterizaba por su creatividad es sustituida en el fin de la modernidad por una fase vacía de toda originalidad. Vivimos una cultura del no sentido, del grito, del ruido. Una cultura casi suicida que sólo acepta como valor lo nuevo, su objetivo es la negación de todo orden estable.

    Cuanto más avanza la nueva economía capitalista, se produce en forma cada vez más honda la marginalidad y más concurridas son la filas de las personas arrojadas a la agonía de la miseria, sin tregua ni remedio.

    Una fracción significativa de los trabajadores se ha convertida en superflua, y constituye una población excedente absoluta: sus posibilidades de volver a trabajar son casi imposibles. En caso de considerar un incremento de productividad, posibilitado por la automatización y la computación, ni siquiera se puede pensar de que de esta forma aumentarían los índices de crecimiento laboral y se podría reintegrar a los trabajadores a su lugar de ocupación. Ellos han sido expulsados del mercado laboral para ser reemplazados por una combinación de máquinas, mano de obra barata y trabajadores extranjeros que se emplean por cifras insignificantes. De alguna forma se puede decir que en el fin de la modernidad se retorna a la idea de la esclavitud de principios del siglo XIX.

    En la últimas décadas del siglo XX se produce un cambio de la relación salarial, ya no significa una protección contra la amenaza de la pobreza. En estos tiempos impera la extensión del trabajo temporario, del tiempo parcial y flexible, la corrupción del poder sindical, el resurgimiento de talleres negreros, del trabajo a destajo y la creciente privatización de los bienes sociales, como la cobertura de la salud. Se ha transformado al contrato salarial en una fuente de fragmentación y precariedad, en lugar de responder a su verdadera realidad, que es la de producir la homogeneidad y seguridad social entre los trabajadores, como fue en antaño, cuando el crecimiento económico y la expansión de la producción que era de alguna manera compartida con los trabajadores y les permitía alimentar y educar a sus hijos, su posibilidad laboral era la cura contra la pobreza. Hoy el crecimiento económico lleva al trabajador a aumentar su indigencia.
Creo importante reflexionar que lo prioritario no es solo el trabajo, sino que también se debe tener presente la dignidad de las personas que deben entregarse a él. Si lo único que califica a una sociedad es el número de puestos de trabajo aunque los mismos signifiquen la pobreza, humillación o desprecio, y éstos deban ser aceptados a cualquier precio, ese sistema laboral, lejos de poner de pie al hombre, lo degrada. Se puede decir que una sociedad que acepta ese sistema es perversa.

    Somos testigos y a la vez actores de la mutación de una civilización que se desvía de su cauce original. Una civilización que se va sin despedirse, dejando en su lugar un régimen que altera sus huellas y que oculta su desaparición. Por ello a estos tiempos los llamo fin de la modernidad. Las generaciones futuras vivirán frente a un mundo nuevo, quizás petrificado, montado sobre un andamiaje artificial, el que será presentado como eterno. Creo que es hora de demostrar que tenemos presente este incierto futuro y luchar con las armas más importantes en nuestras manos, que son la cultura y la educación, cuyo objetivo final es siempre la búsqueda de la libertad, fundamental para la realización del hombre en plenitud. Es el testimonio más brillante de la dignidad humana y la palanca más poderosa de todo progreso.

     La libertad confiere al hombre el dominio de sí mismo; él es verdaderamente libre cuando, exento de los impulsos parciales que lo arrastrarían y desequilibrarían, sabe dominarse y dejarse llevar en sus acciones por el principio único del bien. Entonces adquiere su determinación y la autonomía de sus actos.

    Guillermo César Vadillo

 

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