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Opinión 
Edición: 675 - Fecha: 5 de Oct, del 2005
El Siglo XX: El Siglo de la Mujer

En la segunda mitad del siglo XX, se originó una conmoción sin precedentes respecto a la socialización e individualización de la mujer, por la aparición de un nuevo concepto respecto a su rol en la sociedad.

     Históricamente podemos considerar tres etapas en el desarrollo de la vida social de la mujer. Desde tiempo inmemorial existió el principio de la superioridad del hombre sobre la mujer. Siempre se enmarcó en las actividades del hombre mitos y discursos que evocaban la naturaleza inferior de la mujer.

    En las primeras épocas se inculcó en los hombres el valor de la gloria inmortal, los honores públicos, el monopolio de la plenitud social. Mientras que para las mujeres era la sombra y el olvido. Pericles (499-429 a.C.), político y orador ateniense, expresaba <<la mejor de las mujeres es la que no habla>> este concepto se prolongó durante la mayor parte de la historia de la humanidad.

    Desde los filósofos griegos a los cristianos siempre imperó una tradición de diatribas y burlas contra la mujer, a la que presentaban como un ser engañoso, licencioso, inconstante, ignorante, envidioso y peligroso. Esta situación se prolongó en muchos grupos sociales durante la mayor parte de la historia, y se puede decir que en algunos casos llegó hasta el siglo XIX.

     En la Baja Edad Media, nace un nuevo modelo respecto a la idea de la mujer, en la que lejos de entonar la eterna cantinela de sus defectos, se enaltecieron sus valores. En siglo XII, aparece la cortesía, que desarrolla el culto a la “Dama” y a sus perfecciones.. En los siglos XVI al XVIII, comienza el culto a la mujer. Con la llegada de la Ilustración, se admiran sus efectos beneficiosos sobre las costumbres y el arte de vivir. En el siglo XVIII y sobre todo en el XIX, se da una importancia a la mujer como esposa-madre-educadora.

     Esta sacralización de la mujer, no invalida la realidad social de la jerarquía de sexos. Las decisiones importantes siguieron siendo cuestión de hombres, la mujer no desempeñaba ningún papel fuera de la vida del hogar, debía obediencia al marido y se le negaba su independencia económica e intelectual. El poder de la mujer solo queda confinada al ámbito de lo imaginario, de los discursos y de la vida doméstica.

     Estas formas en que he analizado el desarrollo de la mujer a lo largo de la historia, enmarcan una sumisión al orden masculino. En el primer caso la mujer esta sujeta a si misma, se la diabolizó y se la desprecio; en el segundo el hombre la idealizó, la aduló y la entronizó. Pero siempre estuvo subordinada a las decisiones del varón, que era quien pensaba y accionaba. La mujer solo se sometía a sus decisiones.

     En el transcurso del siglo XX se produce un cambio en el lugar que ocupa la mujer en la sociedad. A mediados de este siglo estalla la gran revolución de sexos: el camino trazado desde su nacimiento - casarse, tener hijos y realizar tareas subalternas definidas por la comunidad social - va a ir desapareciendo como único fin. El destino de la mujer entra por primera vez en la historia en una era de imprevisibilidad y de apertura estructural.

    La dependencia respecto a los hombres, en las democracias occidentales, ya no es la que rige la condición femenina. Se produce un cambio en el concepto de la mujer ideal hogareña, ello se origina porque adquiere el derecho a trabajar en condiciones igualitarias a los hombres y a seguir profesiones universitarias sin discriminación, desarrollar actividades políticas, a su libertad sexual, y otras tantas manifestaciones del acceso de la mujer a una vida social plena sin restricción de sexo alguno. Todas estas situaciones dieron como resultado el modelo de la nueva mujer que nace en la segunda mitad del siglo XX.

    Los cambios que se han producido, por significativos que estos resulten, siguen siendo, pese a todo, lentos, limitados, incapaces de encauzar a los hombres hacia una democracia doméstica, son las mujeres las que masivamente continúan asumiendo la mayor parte de la responsabilidad en la educación de sus hijos y en las tareas del hogar.

    El trabajo doméstico sigue siendo fuertemente estructurado por la diferencias de sexos. Prácticamente no existen tareas domésticas efectuadas en un régimen de igualdad, cada una de ellas continúa asociada a su sexo en un mayor o menor grado, aún cuando los hombres intervienen más que en el pasado en la actividades domésticas. La gestión de la vida cotidiana sigue siendo, prioritariamente, de la incumbencia de la mujer.

     Lo que ha cambiado no es tanto la lógica de la división sexual de los roles familiares - como es el caso del surgimiento de una mayor cooperación masculina en el seno del ámbito tradicional del hogar - lo que la dinámica igualitaria ha producido es la descalificación de la asociación del hombre con autoridad en el seno de la pareja, pero no ha conseguido llevar a su fin la participación de la mujer con las responsabilidades domésticas.

     Para finalizar, es conveniente, establecer, que el hecho de que las responsabilidades familiares ejercidas por la mujer tengan además, un corte laboral, no entorpece, la relación madre-hijo, donde la satisfacción que ella experimenta por saber que su hijo la necesita, en despertar en él la búsqueda de su felicidad mantienen invariable la importancia de su tarea.

     Poder influir sobre el presente y futuro de su prole, son situaciones imposibles de negar, la condición de madre es un principio innato. Esta relación filial, si bien puede reducir su implicancia laboral, enriquece su vida emocional, dotándola de una dimensión particularmente intensa e inmensa.

     En el horizonte de las sociedades democráticas no se perfila la conmutación de los roles familiares, sino que los mismos se reacondicionan y reciclan en busca de una autonomía. La revolución de la igualdad no es el sepulcro de la división sexual de los roles, sino que la convierte en compatibles con los ideales de la modernidad.

 

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