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Opinión 
Edición: 667 - Fecha: 23 de Sep, del 2005
Problema de las grandes urbes

(Dellutri) / Buenos Aires es una de las grandes ciudades del mundo y tiene todas las características y los problemas de las urbes modernas.

     Las grandes ciudades concentra la mayor cantidad de población, son asiento de los más altos niveles de decisión y ejerce influencia sobre la sociedad en su conjunto. El crecimiento aluvional de las ciudades modernas, mucho más acelerado en el tercer mundo, genera interrogantes impostergables.

    La ciudad es más que un grupo numeroso de personas y edificios, es un complejo de funciones interrelacionadas, ligada a las formas espaciales, pero determinada por la estructura social.

    Durante la revolución industrial del siglo XIX fue donde tomaron las ciudades su característica actual. La industrialización produjo una huida del hombre de campo hacia la ciudad, proceso que continúa hasta el presente.
La ciudad siempre ha generado un conjunto de hábitos, costumbres, normas, convenciones, modas, ideas, usos del tiempo, pautas de consumo, valores artísticos, etc. y los ha difundido. En el presente los medios masivos irradian con más fuerza y eficacia la influencia de la ciudad en todas direcciones.

    En la ciudad se produce con más facilidad el quebrantamiento de las normas éticas y el desborde moral. Emile Durkheim estudió el estado creciente de anomia que caracteriza a la ciudad, el decaimiento de las normas morales, pautas culturales y patrones de conducta de las grandes urbes. Lo atribuyó a que las necesidades esenciales de los habitantes, como la identidad, la autoestima, la capacidad de supervivencia y de realización no son satisfechas debidamente y llevan al individuo a un estado de frustración que termina por atrofiar sus resistencias y cae en la indiferencia moral, iniciando una búsqueda de satisfacción a través de cualquier camino.

    El anonimato que produce la ciudad brinda a cada individuo una gran autonomía. Puede vivir toda clase de experiencias alejado de su núcleo íntimo. Además el individuo no está - como en las zonas rurales - obligado a aceptar normas homogéneas, por lo tanto emergen conductas censurables que en otros ámbitos serían condenadas, pero que en la ciudad encuentran siempre alguna justificación. El anonimato facilita el crecimiento de los delitos y el crimen organizado se mueve con mayor libertad amparado por la complejidad de la ciudad.

    En la ciudad el individuo se cruza y codea constantemente con miles de personas. Sin embargo el número de conocidos con quienes establece intimidad es muy reducido. Hay muchas relaciones “cara a cara”, pero una estrategia típica de la ciudad es mantenerse a prudente distancia. El temor a ser invadidos en la intimidad, usados, defraudados o de transformarse en víctima del delito, hace que la relación con proveedores, vecinos, servidores públicos, etc. sea aparentemente cordial, pero mantenida dentro de ciertos límites.

    Estas múltiples relaciones, apresuradas y cautelosas, van desarrollando una suspicacia y astucia que caracteriza al hombre de la ciudad y que lo hace temible para el forastero. Es rápido para catalogar al prójimo y privilegia la racionalidad al sentimiento.

    Mientras para el hombre de campo es claro que el cooperativismo garantiza su progreso y supervivencia, para el urbano, acostumbrado a la super oferta de servicios, bienes, etc. es difícil romper su barrera individualista que lo hace extremadamente competitivo.

    La personalidad del ciudadano es camaleónica. Forzado a asumir diferentes roles y a ser reconocido por ellos (En la ciudad la personalidad individual se diluye y la persona es reconocida por su oficio, profesión, etc.) termina por asumir un papel diferente en cada lugar, de acuerdo al rol y la circunstancia. Esto produce el desdibujamiento de la identidad: Cada personas “es” de acuerdo al lugar, el entorno y la circunstancia.

    En el aspecto moral la tendencia es la aceptación de todas las conductas que no afecten directamente los intereses económicos del prójimo, pero esto no debe entenderse como una forma de solidaridad sino como una exacerbación del individualismo.

    El flujo aluvional está formado por individuos que abandonan las zonas rurales buscando estabilidad económica. Piensan que en la urbe el éxito es más fácil y luego sufren grandes desilusiones. Forzados por las circunstancias a asimilarse a la gran urbe son atrapados en zonas superpobladas, situadas mayoritariamente en la periferia.
La ciudad no está preparada para servir a esa cantidad de personas que constantemente se añade a ellas y las estructuras defiendan a los residentes, lo que produce una sorda lucha entre el que se cree dueño absoluto del ámbito ciudadano y el que procura instalarse.
La lucha por subsistir o integrarse termina por quebrar los principios morales y espirituales. Una amplia franja de la prostitución y el tráfico minorista de droga se establece entre los dos grupos. Los que intentan instalarse descubren una forma de obtener beneficios de los instalados. La prostitución - masculina y femenina - y el trafico minorista de droga se transforma en un rápido camino de ascenso económico, con los riesgos que conlleva.

    Luis Rojas Marcos, el jefe de Salud Mental de la ciudad de Nueva York, señala un solo camino de salida: “Tanto si nos enfrentamos a la tragedia de los enfermos mentales que habitan en nuestras calles como al conflicto de las drogas, si aceptamos el duelo del sida o el reto que nos plantean la homosexualidad y las minorías étnicas, si luchamos con el amargo dilema del aborto o con la opción de la eutanasia, si intentamos vencer los estereotipos perniciosos de la vejez o las ilusiones malignas de la eterna juventud o la perfecta belleza, para lograr superar con éxito estos grandes desafíos no tenemos más remedio que adoptar una actitud de humildad y utilizar la empatía. Después de todo, estos conflictos y dilemas no se resuelven con pancartas en las calles ni con leyes en los tribunales, sino en el corazón y la mente de los hombres y mujeres”.

    De allí la importancia de quienes trabajan en el crecimiento espiritual, cultural y moral de la sociedad. Son los que tienen en sus manos la llave maestra del problema.

 

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