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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 660 - Fecha: 13 de Sep, del 2005
Un imperio con pies de barro

(Dellutri) / Cuando el 11 de septiembre de 2001 el terrorismo abatió las Torres Gemelas se puso en evidencia la extrema vulnerabilidad de los Estados Unidos.

     Hasta ese momento la impresión general del mundo, compartida por los mismos interesados, era que la potencia del Norte estaba protegida por una coraza impenetrable. Los conflictos y desastres bélicos acontecían fuera de sus fronteras pero dentro se vivía un clima de seguridad que nunca sería alterado.

    A pesar de que los pensadores europeos advertían que cuanto más complejos son los sistemas se vuelven más vulnerables, los norteamericanos siguieron viviendo de espaldas a su propia realidad. Necesitaron una catástrofe para despertar de su quimérico letargo y confrontarse con la verdad desnuda de su extrema vulnerabilidad.

    En la catástrofe actual no es una agresión externa, sino la acción de la naturaleza. El huracán Katrina que azotó los estados sureños, desnudó otra realidad que presenta varias facetas.

    En primer lugar exhibió ante el mundo la verdadera cara del sur. El antiguo territorio esclavista, hoy superpoblado por la raza negra, tiene bolsones insospechados de marginación y miseria. La elocuencia de los imágenes mostraron un panorama de desolación y pobreza que no se diferencia con el que presentan bastas regiones del tercer mundo latinoamericano. Además se evidenció la ingenuidad de quienes miran embobados a los Estados Unidos y creen que la realidad americana es la que muestra el cine y la televisión cuando enfocan Time Square o la Quinta Avenida. La otra realidad, la del racismo y la marginación, se hizo visible para todos.

    En segundo término se comprobó que una super potencia que tiene amenazado al mundo con su despliegue bélico no cuenta con los mecanismos necesarios para atender con celeridad esta catástrofe interna.

    El grito desesperado de Ray Nagin, alcalde de Nueva Orleáns, pidiendo al gobierno federal que abandonara su exhibicionismo mediático e hiciera algo concreto, es el testimonio más elocuente de cómo chocan la desesperación con la ineptitud. El funcionario señaló además que había advertido sobre lo que iba a suceder pero nadie quiso escucharlo y concluyó diciendo que en Washington no tenían la menor idea de lo que estaba pasando. Y tenía razón, porque el presidente Bush quiso desligarse de culpas aduciendo que la responsabilidad era de quienes no habían evacuado a tiempo la región, ignorando que para efectuar una evacuación eficaz y rápida los pobres del sur no cuentan con los vehículos necesarios.

    Pero además quedó probado que la soberbia finalmente tiene que pagar un alto precio. Sistemáticamente los Estados Unidos se negaron a acordar con los demás países medidas que garanticen la disminución de las emanaciones de anhídrido carbónico y el calentamiento global. Continuaron consumiendo el veinticinco por ciento del petróleo del mundo, utilizando vehículos de alta cilindrada y burlándose de los europeos por el èqueño tamaño de sus automóviles. Hoy tienen que reconocer, por imperativo de la realidad, que están sufriendo en carne propia los resultados de no haber aceptado una política ecológica racional y que creer que es posible vivir en una isla de despilfarro es una utopía.
El fundamentalismo de Bush, que lo llevó a lanzarse a una nefasta cruzada contra el Islam, reavivó la idea de que Estados Unidos es un pueblo elegido y defendido por Dios para gobernar al mundo. Es así como los fondos necesarios para el mantenimiento de las defensas de la región afectada se desviaron para concretar el proyecto bélico contra Irak. Seguramente confiaron en que si ellos luchaban contra los infieles Dios estaría de su parte, les brindaría protección y nada malo podría sucederles. La realidad les demostró que Dios no es norteamericano y que la insensatez se paga.
Hace dos mil seiscientos años, en el libro del profeta Daniel, se describe la degradación del imperialismo de aquella época comparándolo con una estatua cuya cabeza de oro refulge pero sus pies son de barro. Una figura contundente de la fragilidad e inestabilidad de los grandes imperios que a través de la historia nacieron, crecieron, aparentaron ser invulnerables y terminaron por derrumbarse. Egipto, Babilonia, Roma son algunos de los muchos ejemplos históricos.

    ¿Estaremos asistiendo al comienzo de la última etapa de un imperio que aparentaba ser invulnerable? Las pruebas parecen indicar que por debajo del brillo y la grandeza están asomando los pies de barro.

    Salvador Dellutri

 

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