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Opinión 
Edición: 644 - Fecha: 12 de Ago, del 2005
SOBRE LA VEJEZ

(Vadillo) / En el tiempo de la vida normal de los hombres hay una etapa previa, antes de la muerte que suele llamarse vejez. En general cuesta asumirla porque ante nuestros ojos consideramos que aún tenemos aferrada nuestra juventud.

     El camino recorrido desde la juventud hasta la vejez experimenta lentas transiciones en las que no se percibe su evolución en la vida. Cada una se hace tan gradual que escapa a la diaria observación. Hasta que, en un momento impensado, nace la tempestad. En pocos días un rostro se marchita, una espalda se encorva, la mirada se apaga. Un solo día ha hecho al hombre viejo. Era que, sin sentirlo, ni saberlo envejecía desde mucho tiempo atrás.

    Pero la vejez está más allá de estos cambios físicos, pues esta vinculada con el sentimiento de que es demasiado tarde, de que la partida esta jugada, de que la vida pertenece en adelante a otra generación. A partir de ese momento aparece un racontó de la vida misma, sin fragmentaciones.

     Si la vejez no está afectada por la decadencia faculta la obtención de un panorama general de los aciertos y desaciertos, del camino recorrido. Esto permite tomar la vida en peso, examinarla, y descubrir a través de ella la suerte que han corrido sus múltiples trayectorias. Pedirle cuentas, reconocerla como enteramente propia o revisarla y acaso rechazarla en su totalidad o en parte.

     La posibilidad de arrepentimiento, que es quizás el momento más importante de la vida, está incluida en esa toma de posesión. En este momento el hombre se siente quizás, por primera vez, dueño de su vida.

     Comprende que en su desmedida ambición en la búsqueda de bienes materiales, le ocultaron la verdadera realidad, lo deshumanizaron. Le quitaron, quizás, uno de los valores más importantes de su existencia, que es el amor al prójimo. El hombre comprende que en muchas ocasiones cerró los ojos a lo específicamente humano, y sólo le interesó alcanzar una vida puramente material. Visualiza que para lograr su fin, no midió egoísmo, ni pasiones. Que consideró que el pasado no era nada o era poca cosa y que solo valía el presente. Comprende que el presente carece de temporalidad y que sólo es consecuencia del pasado y que lo característico de la vida es el hecho de estar dirigida siempre hacia el futuro. Al vivir sólo el presente, reconoce que esta actitud sume a la humanidad en la más espantosa soledad, y la lleva, indefectiblemente, a su destrucción.

     El hombre olvida que la felicidad verdadera consiste en tener un proyecto, compuesto por metas como el amor, el trabajo y la cultura. En síntesis, hacer algo por la propia vida que la haga merecedora realmente de vivirla. En su raconto otoñal, comprende que no existe verdadero progreso humano, si no se desarrolla con un fondo moral y que en múltiples ocasiones, fuimos nuestros peores enemigos, que ignoramos que hemos sido creados para una vida sencilla, bella y maravillosa. Que si los hombres viviésemos realmente como hermanos, sin distinguir entre lo ajeno y lo propio, repartiendo cuanto hay, no ambicionando más que lo suficiente para cubrir las necesidades de subsistencia, abjurando de lujos, maravillas técnicas y vanidades de todo orden, la humanidad terminaría con la violencia y el horror que se acrecienta en el mundo día a día.

     En la sociedad moderna existe una desvalorización de la vejez. Palpita siempre una angustia frente al paso de los años, a la degradación de las condiciones de existencia de las personas de edad y a la necesidad permanente de ser valorado y admirado por la belleza, por el encanto y por la celebridad, hacen la perspectiva de la vejez intolerable. Ello se da tanto en los jóvenes que ven en sus mayores seres decadentes, como en los propios ancianos que se desmerecen a sí mismos. Quizás la actitud que ellos adoptan, provenga de una situación personal, que tiene que ver con la decepción que provoca perder su protagonismo dentro de su hábitat.

     El hombre ruega a la vida una solución al problema de la vejez, reclama por el imperativo de la juventud que se fue, lucha contra la adversidad temporal, combate por lograr una identidad la que debe conservar sin ininterrupción ni averías.

    La consigna de los tiempos del fin de la modernidad, son; permanecer joven, no envejecer, este imperativo de permanente reciclaje, los acosa, es el estigma del tiempo, a fin de disolver la heterogeneidad de la edad.

    Para pretender ocultar el tiempo vivido, se adoptan determinadas posturas frente a la sociedad. Esta situación se observa diariamente, cuando un anciano expresa: “mi cuerpo ya no tiene la lozanía de la juventud, pero cerebralmente estoy joven aún”. De está forma se considera que todo lo bueno se presenta con la juventud y todo lo malo se le atribuye a la vejez.

     Una frase muy popular entre las personas mayores, consiste en expresar “En mis tiempos...” es decir cuando yo era joven. Esta afirmación expresa una situación de exclusión tácita, que en esencia indica la no pertenencia a la época en la cual se vive, cuando en realidad resultaría de gran importancia que el anciano se sintiera partícipe del devenir de su propia vida y de la comunidad en la que se encuentra inserto. Cada ser debe resolver su propios problema. El anciano maduro, es aquel que ha sabido reconciliarse con su pasado. La madurez no es algo propio de la edad, sino que deviene del carácter y la voluntad del hombre.

     He podido observar que en muchas oportunidades los viejos se automarginan, y que de alguna manera son responsables del proceso social de segregación y desconsideración que sufren dentro de la sociedad.

    Al adoptar actitudes de debilidad respecto a su relación con la juventud, hacen que la fuerza de los jóvenes no les permita analizar a ellos que su futuro será similar. Estos jóvenes serán viejos el día de mañana, y quedarán por consiguiente atrapados en una especie de profecía autocumplida: si ellos no querían saber nada con la vejez ni con los viejos y los dejaban de lado, en el futuro ellos serán los nuevos marginados.

    Esta situación ha sido una constante en la historia de la humanidad, y debe llegar el momento en donde uno se pregunte por dónde se puede empezar para desatar este nudo.

     El envejecimiento es algo real, inescapable, que a partir de cierto instante de la vida va a aparecer ineludiblemente. Pero el ser viejo es una situación subjetiva e individual, es decir que cada hombre debe determinar para qué se considera viejo. Este análisis se halla vinculado con las distintas etapas de su vida misma.

     El hombre es el único ser de la especie viviente que no posee edades de declinación. A lo largo de su vida evoluciona hasta alcanzar su máximo desarrollo y plenitud, la que sólo finaliza con la muerte la que lejos de ser la destrucción de la vida, es su trascendencia. Los valores adquiridos a lo largo de la vida alcanzan en la vejez la mayor plenitud ya que en el anciano radican las fuentes del pasado, y el ser humano que no conoce su pasado no puede proyectar su futuro.

     Quisiera finalizar estas reflexiones expresando que cuando miro hacia atrás, analizando mi vida, pienso que he tenido mucha suerte. Cuando digo que he tenido suerte en realidad se trata de <<voluntad de suerte>> compartiendo la expresión de George Bataille. Esta voluntad de suerte es una mezcla de osadía y voluntad. Soy de los que consideran que el camino más corto entre dos puntos es la recta, y que el requisito para toda consideración humana es la libertad.

    Guillermo Cesar Vadillo
guillermovadillo@yahoo.com.ar

 

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