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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 637 - Fecha: 3 de Ago, del 2005
¿Esta la democracia en crisis?

(Vadillo)/Nuestro planeta esta atravesando una profunda crisis, que dará como resultado final un cambio de mundo. La palabra crisis proviene del griego krisis, que pertenece al lenguaje médico. La crisis es lo que permite realizar el diagnostico.

     En el fin de la modernidad el dilema alcanza inclusive al pensamiento, por eso siempre digo en mis trabajos que en los tiempos en que vivimos se ha impuesto el odio al pensamiento. A partir de este concepto, es legítimo interrogarnos: ¿Tenemos la capacidad, en épocas de crisis, para pensar la crisis?

    La crisis planetaria nos indica que estamos ante problemas difíciles de tratar, dentro de su vasta complejidad se hallan mezclados procesos económicos, con procesos sociales, religiosos, nacionales, mitológicos y demográficos. Es por ello que la tarea de pensar la solución a los problemas de nuestro mundo es la labor más difícil que nos toca realizar, pero también la más necesaria.

    En nuestro tiempo ha nacido y ha crecido la idea del fin de las ideologías. Bajo este concepto se incluye a la democracia. Se puede observar que, desde hace tiempo, ella está en retroceso en los países desarrollados y más aún en los subdesarrollados, en donde el poder del capital los va llevando hacia la nada.

    Los síntomas amenazantes corren con gran vitalidad, se pueden observar procesos cada vez más fuertes que llevan a la democracia a su desaparición, como son: la exacerbación del nacionalismo, la xenofobia, el racismo, el progreso de la extrema derecha, el descrédito de los partidos políticos, el desinterés ciudadano por la política y los asuntos de Estado, la pérdida de la influencia de los parlamentos, el retroceso de las leyes, el control de los medios de comunicación por grupos políticos y financieros, el acceso al Estado de mafias financieras, policiales y hasta paramilitares (todas ellas alcanzan cada vez estadios más importantes en el poder).

    Todas las situaciones que he planteado se cumplen, sin duda alguna, en nuestro país, porque la Argentina es parte del planeta. Se origina así ese mecanismo de globalización, que generará finalmente la formación de dos grupos humanos: ricos y pobres. El fenómeno fundamental no es la pobreza material ni los bajos ingresos. Lo más importante es la situación de desigualdad profunda, en la que se hallan sumergidos los desposeídos en relación a su alimentación, a los servicios médicos y sociales. Y también la humillación que les infligen los que detentan el poder y los que solo poco tiempo atrás los habían usado para contar con sus votos, y emplearon para el logro de sus fines, promesas incumplibles. La injusticia más grave no es la material, sino la moral, y ésta no se mide en dinero, sino en el hecho de privar al hombre de sus derechos naturales.

    Los distintos componentes políticos que llegaron al poder en estos últimos 50 años, niegan con su proceder uno de los mensajes más importantes que debieran dar a la ciudadanía: el desinterés por el rédito económico que pueden lograr a través de su gestión la búsqueda del bien del pueblo y el desarrollo de la Nación.

    Este desinterés por la verdadera realidad, me permite expresar que los problemas argentinos no son esencialmente económicos, sino políticos, sociales y morales. Las potencialidades del país siguen intactas. Para su logro será necesario recuperarlas y reconstruirlas, conformando previamente una masa crítica política y social, al margen -si es necesario- de la ya existente. Esta nueva dirigencia debe estar preparada para contrarrestar la posible resistencia o sabotaje de los intereses afectados. Ello se puede lograr movilizando a la sociedad detrás de un proyecto nacional, democrático y participativo.

    El político debe tener presente que su gestión es docente: debe comportarse no sólo de una manera decente, sino que también debe verse decencia en su gestión† dar pautas de honradez de austeridad, sobre todo cuando el país atraviesa momentos de depresión económica.

    Es responsabilidad del político no mostrarse de una manera insensata, con ostentación, como si fuera una especie de sultán de antiguos tiempos. Debe tener presente que su mensaje será tomado por las generaciones jóvenes que verán en ellos sus posibles referentes para el futuro inmediato.
Considero que los políticos no puede ser una casta que viva a espaldas de los ciudadanos, que fragüen sus alianzas, relaciones, planes y proyectos a retaguardia del pueblo, sin que éste nunca logre penetrar en ese mundo, saber lo que está ocurriendo verdaderamente y sin que ellos expliciten los proyectos que están haciendo. El cambio de actitud dará la transparencia necesaria. Se trata, en esencia, de un pacto de honradez entre el político y el ciudadano.

    El político que está en ejercicio debe tener presente que todos los hombres que formamos la sociedad somos políticos según la concepción aristotélica. Los que mandan, son mandados por nosotros y son los que nosotros mandamos a mandar por un tiempo determinado, no son gente que haya nacido para la autoridad. Nadie ha nacido para mandar, ni para obedecer. En las democracias todos mandamos en un determinado ámbito y todos obedecemos en otros. Thomas Jefferson, decía que “... nadie ha nacido con una silla de montar en el lomo, para que otros se suban y le conduzcan con las riendas.”

    Guillermo Cesar Vadillo

 

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