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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 636 - Fecha: 2 de Ago, del 2005
Celebrando al Quijote

(Dellutri) / Hace cuatrocientos años que Don Quijote viene cabalgando por los sinuosos caminos de papel que le trazara su creador.

     Su longilinea figura sobrevive a todos los cambios y se atreve a todos los horizontes. Detrás, sobre el resignado jumento, con su redondez a cuestas, viene, socarrón y refranero, Sancho Panza. ¿Cuántos personajes literarios, durante estos cuatro siglos, fueron vencidos por el tiempo y condenados al olvido? ¿Cuántos sobreviven sólo fosilizados como piezas de museo? Pero el caballero de la triste figura, el hidalgo de mil alocadas aventuras, sigue imperturbable cabalgando. ¿A qué debe su supervivencia?

    Más allá del innegable genio literario de Cervantes los personajes tomaron vida propia. Una vida independiente mucho más real que la de su creador. La biografía de Cervantes exhibe huecos difíciles de llenar: sabemos de su pérdida en Lepanto, de su cautiverio y su liberación, de sus problemas económicos. Son los trazos gruesos de una vida que siempre deja algo por descubrir. En cambio de Quijote lo sabemos todo, porque los personajes de ficción están completos en las páginas que los cobijan. Y nuestra imaginación podrá aportar lo que quiera a su historia y será una verdad que nos pertenecerá en exclusividad.

    Esa vida propia que late en el papel es la que nos hace estremecer, reír, llorar, gozar, reflexionar. No podemos trajinar sus páginas sin identificarnos con las luchas y los sinsabores de quien cree que todavía se pueden restablecer los valores perdidos. Porque Cervantes, gran visionario, se dio cuenta que los profundos cambios de su tiempo estaban tirando por la borda lo valioso junto con lo desechable. Y a la locura de una época que se internaba en el materialismo le opuso una locura mayor: la de un hidalgo que desenfunda las armas de la antigua caballería para lanzarse a desfacer entuertos.
Don Miguel de Unamuno reflexiona sobre el juicio perdido del hidalgo: «Vino a perder el juicio». Por nuestro bien lo perdió; para dejarnos eterno ejemplo de generosidad espiritual. Con juicio, ¿hubiera sido tan heroico? Hizo en aras de su pueblo el más grande sacrificio: el de su juicio. Llenósele la fantasía de hermosos desatinos, y creyó ser verdad lo que es sólo hermosura. Y lo creyó con fe tan viva, con fe tan engendradora de obras, que acordó poner en hecho lo que su desatino le mostraba, y en puro creerlo hízolo verdad.

    De la vieja armadura que Don Alonso Quijano apareja para correr sus aventuras, solo una pieza está dañada: la celada, parte que protege y defiende la cabeza. En vano intenta la reparación o el reemplazo; así desprotegido tendrá que transitar los caminos manchegos, sin que nada ciña o limite sus pensamientos, dejándolos volar libremente. Y con esa libertad, locura para los contemporáneos, arremeterá en lucha desigual contra la mediocridad, el conformismo, el materialismo, la mezquindad y la pequeñez de una época.

    Sus pensamientos se elevaron hacia alturas desconocidas rompiendo la estrechez de la lógica vulgar. Fue en vano el esfuerzo de los inquisidores que escrutaron y quemaron impiadosamente sus libros. Vanos también los golpes y las burlas. Nada logro mellar sus convicciones ni hacerlo claudicar de su empresa.

    En él se encarna el idealismo descrito por José Ingenieros: Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento.

    Celebramos cuatrocientos años de locura. De una locura que solo se entiende desde la genialidad latina; de una incomparable locura que hace más llevadera la cordura mediocre a la que nos quieren someter los materialismos y las globalizaciones. Cuatro siglos de una saludable locura que nos permite romper con las mordazas de la alineación y volar soñando con un mundo donde se respete la justicia, se jerarquice la verdad y se ejercite la solidaridad.

    Nuestra sanchezca pequeñez nos impide el homenaje. Saludemos el paso del Quijote que, a pesar de los cuatro siglos que carga en sus alforjas, sigue su marcha como si recién amaneciese. Saludemos el paso señorial del caballero que hoy nos convoca, con la certeza de que, cuando nosotros no seamos más que el polvo enamorado que describió Quevedo, el seguirá su marcha para anunciar a las nuevas generaciones que los ideales siguen vivos y nadie puede quitarnos el derecho a soñar.

    Salvador Dellutri

 

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