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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 627 - Fecha: 20 de Jul, del 2005
Un circo con rehenes

(Dellutri) / Si me dejara llevar por la capacidad asociativa de mi memoria esta nota tendría que arrancar diciendo: Comenzó la función y los payasos bajaron a la pista.

     Sería una forma demasiado agresiva y provocadora de iniciarla, pero reflejaría la íntima sensación que experimento al observar el comienzo de esta campaña electoral.

    El justicialismo abrió el fuego con dos candidatas. Fiel a su historia los nombres no surgieron de una confrontación democrática interna, que nos hubiera evitado el bochorno de las agresiones, sino de la voluntad autoritaria de sus caudillos que decidieron, como en los momentos cruciales del ajedrez, mover la dama. Pero este deslizamiento de piezas sobre el damero de la realidad política tiene tal virulencia que amenaza con no dejar trebejos con cabeza.

    La primera dama convocó a Francis Ford Coppola y comparó al mentor de su contrincante con Don Víctor Corleone. Lo hizo sin tener en cuenta el efecto boomerang de su comparación. Inmediatamente le recordaron que la protección del “Padrino” vernáculo había sido decisiva para que el Primer Magistrado estuviera en la Casa Rosada. Con lo que, indirecta e involuntariamente, estaba afirmando que el Presidente Kirchner formaba parte de “la cosa nostra”. Las retorcidas interpretaciones posteriores y las piruetas dialécticas sobre el valor de las metáforas que hizo el elenco gubernativo, tratando de bajar la temperatura, le demostraron a Cristina Fernández de Kirchner lo importante que es tener presente el código de la Omertá. Porque como decía el añejo refrán español “en boca cerrada no entran moscas”.

    Todo esto centró la atención en una pelea de estilo conventillero, donde quedó claro que la ausencia de ideas y plataforma se compensa con una inconmensurable y perversa sed de poder. Porque los ciudadanos que transitamos todos los días las calles de este desdichado país no alcanzamos a entender en qué se diferencian las propuestas de Chiche y Cristina, porque todavía permanecen en una nebulosa que difícilmente se esclarezca.

    En la vereda de enfrente la publicitada presencia de Moria Casán constituye el paradigma del costado farandulero al que apuestan algunos partidos políticos. La declinante vedette confesó que no tiene idea de cómo se elaboran las leyes y cada vez que emite alguna opinión demuestra su ineptitud para la política. Pero el efecto mediático para el que la convocaron está cumplido y su presencia se multiplica y amenaza con ocupar el centro de la escena. Esto constituye una peligrosa inversión de valores: en el pasado el hombre sabio tenía fama por su sabiduría; parece que en el presente creemos que el famoso tiene por su fama.

    Hasta el resucitado y siempre verborrágico Domingo Caballo atravesó el cortinado y aspira a colocarse en el medio de la pista. Para no ser menos que sus rivales quiere que lo acompañe Sonia, aunque en un segundo y discreto lugar. Junto a él tironean López Murphy y Mauricio Macri mientras, balanceándose solitaria en el trapecio, una rejuvenecida Lilita Carrió no cesa de lanzar anatemas a diestra y siniestra.

    Como en el circo: fuegos artificiales, mucho ruido, increíbles piruetas y sonoras cachetadas. Pero una ausencia de propuestas, una orfandad de ideas y una carencia de proyectos que asusta.

    Mientras tanto el Presidente, también él en plena campaña, clama tratando de plebiscitar su gestión. Esgrime como argumento que entorpecen su tarea y necesita mayoría en el Congreso. Argumento falaz porque en el tiempo que lleva en el poder batió el récord de decretos de necesidad y urgencia, con un total desprecio por los mecanismos legislativos. Los legisladores, seguramente frustrados por esta situación, dejaron desierto el Congreso y, ellos también, se abocaron a la lucha electoral.
En la tribuna estamos nosotros, lo que tenemos que emitir el voto. No tenemos opción, tendremos obligatoriamente que ir a las urnas. Así lo establece la ley y debemos cumplirla.

    La obligatoriedad del voto nos transforma en rehenes de este circo, para continuar con la metáfora, porque estamos forzados a tomar una lista y poner nuestro voto. No conocemos las propuestas, no sabemos cuales son sus ideas, no podemos evaluar sus diferencias. Pero estamos obligados a expresarnos.

    ¿No sería conveniente eliminar la obligatoriedad del voto? Si esto sucediera estoy seguro que muchos ciudadanos se quedarían en su casa. Algunos por desinterés, pero muchos otros como una forma de protesta, diciendo: “No vale la pena que pierda el tiempo en este Bingo”. Sería una forma de mostrar la falta de representatividad y descalificar a una modalidad que conspira contra la democracia y degrada los ideales republicanos. Tal vez una masiva deserción de votantes produciría una reacción saludable y necesaria, y podría ser el comienzo de un saneamiento de nuestra degradadas instituciones.

    Salvador Dellutri

 

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