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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 617 - Fecha: 6 de Jul, del 2005
Las causas de la violencia

(1° Parte) Creo que todo fenómeno tiene una explicación y para lograr la misma se deben analizar las situaciones que lo causaron.

     Una de ellas es la corrupción que existe desde hace ya tiempo en nuestro país, la que a partir de la década del cincuenta se fue incrementando y ha alcanzado en estos últimos tiempos un grado tal que estamos considerados a nivel mundial como uno de los países más corruptos del planeta.

    Corrupción significa “romperse desde adentro” y resulta sinónimo de descomposición o podredumbre. Este término, empleado a nivel social, indica aquello que puede descomponer a un grupo, a una organización y aun a la misma sociedad.

    
Tanto la corrupción en la sociedad argentina, como las causas que la originaron, exigen una respuesta de tipo moral. Esta situación genera la desconfianza del pueblo con respecto al poder público, y conspira contra el desarrollo humano. En el análisis de la violencia no podemos dejar de lado la corrupción no sólo en las organizaciones, sino en cuanto sus causas.

    El filósofo francés Giles Lipovetski vincula el avance de la corrupción en el mundo con el consumismo, como resultado de las aplicaciones tecnológicas y el desarrollo del capitalismo. Ambos hechos convirtieron al hedonismo en una forma de comportamiento general dentro de la vida moderna. Se difunde en gran escala la adquisición de objetos considerados hasta el momento de lujo, empleando para ello la publicidad, la moda y, sobre todo, el crédito que socava directamente el principio del ahorro.

    De esta forma los valores morales ceden el paso al hedonismo que incita a gastar, a disfrutar de la vida sin control, a ceder a los impulsos naturales. La sociedad bajo estas ideas ha hecho un culto del consumo, el tiempo libre y el placer.

    En razón de ello se ha estratificado la sociedad en clases sociales de acuerdo con su poder de consumo. Esta estratificación se halla avalada por el poder mediático, llegando a situaciones tales que pueden destruir el prestigio de una persona honesta o dar prestigio a la deshonesta. Los medios de comunicación forman parte de lo que podríamos llamar violencia simbólica, crean las condiciones espirituales, mentales, ideológicas, para ejercer una dominación sobre los seres, los que sin darse cuenta la aceptan y de ese modo viven felices.

    La situación se agrava aun más ante el accionar del poder judicial, que no otorga mayores garantías en su aptitud para premiar a los buenos y castigar a los malos. La vida moderna incentiva el enriquecimiento sin importar los medios. Existen muchos y poderosos estímulos para actuar transgre-diendo las pautas morales.

    Vivimos un mundo, en el fin de la modernidad, donde el dinero transforma todo en mercancías: la tierra, el aire, el agua, la vida, los sentimientos, las convicciones, son vendidas al mejor postor. Hasta las personas son mercancías: hoy en día, la relación que predomina es mercadería - persona - mercadería, según la ropa que lleve, la manera cómo se movilice, los lugares dónde se mueva, se dará mayor o menor valor a la persona frente a la sociedad en la que se desenvuelva. No interesará su valor personal, moral o intelectual.

    La violencia que hoy impera no sólo en nuestro país sino en todo el mundo y nos lleva
a un clima de terror, surge muchas veces de la pantalla de televisión, es de la misma índole que las imágenes. Esa pantalla sume al televidente en un vacío mental y lo induce a las distintas formas en que puede manifestarse la violencia, ya sea terrorista, delictiva o defensiva. Transforma estos hechos aberrantes en una forma específicamente moderna. Mucho más moderna que las causas que pretenden atribuirle: políticas, sociológicas, psicológicas. Ninguna de ellas está a la altura de los acontecimientos que presentan.

    Los programas televisi-vos muestran que la policía no hizo nada para prevenir un hecho violento, o que la justicia no cumple con su misión, pero no dicen que ambas instituciones no puede detener la pasión que se ha desatado en este fin de la modernidad por el dinero, al que consideran la única llave que los llevará a la felicidad. No se trata de un enfrentamiento con el delito o un choque de pasiones antagónicas, esto da como resultante el ocio e indiferencia que rodea a estas instituciones. De alguna forma se hallan avaladas por el vacío político o gubernamental. En síntesis, es el silencio y la indiferencia que las invade, no es un episodio irracional de nuestra vida social; la violencia que hoy vivimos es nuestra aceleración hacia el vacío existencial que hoy también vivimos.

    Muchas veces, la violencia es producto de una inversión de roles, que deja su sedimento para que la violencia renazca con más fuerza. Sirve de ejemplo la impunidad de las torturas y matanzas que dieron lugar al terrorismo de Estado de la dictadura que asoló a nuestro país en la década del 70. Estos delitos quedaron impunes. Se pueden dar también como ejemplo los negociados de la época menemista que llevaron a la ruina económica al país. Tanto estos casos como muchos otros, que asolaron y asolan a nuestro país, son la simiente de esta violencia que hoy nos invade.

    Se pueden dar más ejemplos de esta inversión de roles: los espectadores de un partido de fútbol se convierten en actores, sustituyen a los protagonistas -los futbolistas- y bajo la mirada de los televidentes, o del resto de los asistentes presentes inventan su propio espectáculo: golpean al público, hostigan a la policía para que los reprima. Hechos similares se producen en un concierto de rock y cuando los destrozos son grandes se dice que el concierto fue un éxito.

    Esto me lleva a una reflexión: la violencia en todas su formas es la imagen del mal que se halla en todas partes, sus formas en este fin de modernidad son infinitas. Vivimos en una sociedad con una gestión calculada del discurso del bien y donde no existe ninguna posibilidad de nombrar el mal, pero éste se ha metamorfoseado en todas las formas vírales y violentas que nos obsesionan.

    Asistimos a una ampliación de la gama criminal. Es decir, a la emergencia de una violencia cuyos autores, muchas veces desconocidos por los servicios policiales, no tienen ninguna relación con el hampa. La violencia criminal se expande, pierde sus fronteras, incluso en cuanto a la edad de los delincuentes.

    Además de los factores que enuncié, existen otros, que se suman a esta violencia que crece aceleradamente, en estos días, estos son: la desocupación, la marginalidad y el asistencialismo. Cuando la Argentina aceptó aplicar el monetarismo del Fondo Monetario Internacional, perdió los elementos que le hacían falta para hacer frente a sus necesidades y sólo consiguió acrecentar el empobrecimiento de su población. Ningún país de América Latina se inclinó con tanta reverencia ante los deseos del FMI como la Argentina, que sirvió como piloto para su plan elaborado para toda Latinoamérica
(Continúa en el próximo
número)

    Guillermo César Vadillo

 

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