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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 616 - Fecha: 5 de Jul, del 2005
Padres condenados

El fallo de la Cámara de Apelaciones en lo Civil de la ciudad de Necochea condenando a los padres de dos adolescentes asesinos a pagar una indemnización a los deudos de la víctima es ejemplar.

     Los dos jóvenes, en 1996 cuando perpetraron el crimen, tenían 18 y 19 años respectivamente. Nuestro Código Civil fija la mayoría de edad a los 21 años, por lo tanto estos dos sujetos – a pesar de que pueden votar – no son legalmente responsables de sus actos. Esto reabrió el debate sobre la edad que debe determinar el inicio de la responsabilidad penal, que para muchos especialistas en Derecho debe ser menor a la estipulada.

    Pero, dejando de lado la controversia, lo importante es que esta Cámara hizo recaer la responsabilidad en sus padres, fundamentando el fallo en que no cumplieron como progenitores con las obligaciones que demanda el ejercicio de la patria potestad: la educación y vigilancia activa de los menores. Los jueces precisaron que los padres deben “proporcionar a sus hijos una buena educación, formarles hábitos y comportamientos adecuados para la convivencia social, especialmente fuera del hogar, en la calle, donde no se encuentran la natural y lógica protección, evitando que los hijos sean partícipes de hechos ilícitos” añadiendo que “la culpa de los padres consiste en la omisión del consejo oportuno hacia el menor y no en la permanente mirada sobre el hijo (...) La ‘vigilancia activa’ que deben ejercitar los padres sobre sus hijos menores no consiste en su efectiva presencia en todos los momentos sino en la educación formativa del carácter y de los hábitos de los menores”

    Hacía falta que algún tribunal enfatizara nuevamente la función y responsabilidad que le cabe a la familia en la formación de los hijos, tema que en el último tiempo ha sido soslayado tanto por la sociedad como por la justicia. La inimputabilidad de los menores, que permitía su rápida excarcelación, dejaba a la sociedad inerme y fomentaba el delito. Abría una franja importante de impunidad en la que se movían menores delincuentes que actuaban por propia iniciativa o por incitación y beneficio de terceros. Con este fallo se enfatiza la inalienable tarea que deben realizar los padres.

    La paternidad no consiste en echar hijos al mundo irresponsablemente sino en asumir un oficio y cumplir con una obligación social. Esa responsabilidad no puede ser delegada en ninguna institución, recae directamente sobre los padres que son quienes deben ejercer con criterio, mesura y amor la autoridad que corresponde. Mucho sufre la sociedad por padres desaprensivos que no imparten a sus hijos la más mínima norma de convivencia y respeto. Los educadores tienen que luchar a diario con jovencitos mal educados, insolentes, díscolos e impertinentes que entorpecen el sistema educativo. Pero también tienen que enfrentar a padres que convalidan irresponsablemente la inconducta de sus hijos y vulneran la autoridad de los maestros.

    Jaime Barylko, de vasta experiencia como educador, señaló con insistencia que los padres modernos tienen miedo a los hijos y han renunciado a la tarea de colocar normas, establecer límites y disciplinar.
Una venenosa corriente de engañoso “progresismo” denigró insistentemente todo tipo de orden y autoridad. Los resultados están a la vista: en nombre de una mal entendida libertad creció entre los adolescentes la drogadicción, el alcoholismo, la violencia, la delincuencia y la promiscuidad sexual.

    Se estimula desde los medios y se apoya desde el gobierno la practica de la sexualidad desatada, en su expresión más primitiva y animal. Como consecuencia el matrimonio dejó de ser el objetivo de los jóvenes y el resultado es la procreación accidental sin un proyecto previo ni vocación de paternidad.

    Frente a este cuadro de disolución de lo que constituye la célula fundamental de la sociedad la única respuesta del Estado ha sido repartir preservativos. Respuesta esperable en una dirigencia incompetente y desorientada, pero cargada de soberbia.

    G. K. Chesterton decía: El triángulo de padre, madre e hijo es indestructible, pero destruye a las sociedades que lo menosprecian. Que este fallo sirva de punto de partida para una seria reflexión sobre la importancia que tiene la familia en la construcción de una sociedad sana.

    Salvador Dellutri

 

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