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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 610 - Fecha: 27 de Jun, del 2005
Sobre la Universidad

La mayor parte de los alumnos acuden a la universidad dispuestos a seguir una especialidad y no se preocupan por el resto.

     No buscan cambiar sus gustos, sus diversiones o sus estilos de vida, llevan inserta la decadencia educativo de los años que pasaron en la escuela primaria y secundaria.. Lo único que se proponen, en el mejor de los casos, es adquirir los conocimientos propios de la especialidad para dominar su profesión, para que ella les dé un lugar en ese campo y les permita gozar de los beneficios económicos que resultan de ello. Muy pocos alientan un vago anhelo de penetrar en la significación de las cosas.
Al ingresar a la universidad se encuentran con una serie de carreras, con una gran variedad de campos. Cada especialidad compite para atraer a los alumnos, ellos no tienen ninguna guía sobre lo que realmente es importante y lo que deben saber a fin de ser humanos y buenos ciudadanos.

    Los profesores, por lo general, son profesionales de la especialidad. Esta característica hace que no existan reflexiones sobre otras áreas del conocimiento. No obstante, algunos docentes hablan de las grandes cuestiones, pero pocos lo hacen en relación con su enseñanza especifica. Hablan de sus cuestiones privadas, en donde lo trivial es bien conocido y lo grande queda librado a la pasión y al gusto personal. El alumno no encuentra las respuestas a sus inquietudes sobre la naturaleza de nuestro mundo: un sordo silencio los inunda, no hay competencia para las respuestas que buscan.

    En muchas carreras la filosofía ha sido excluida o se le ha quitado su importancia. No quiero decir con esto que la universidad representa varios modos de vida que compiten entre si, quiero decir que la Universidad no ofrece ninguno. Todo alumno es igual a los demás, alguien que aspira a alcanzar una meta impuesta por el sistema. Y cada cual difiere sólo por el hecho de representar, a su egreso, un engranaje diferente de la máquina del sistema. Los problemas que vive la Argentina son tan grandes y sus orígenes tan profundos que, para comprenderlos, se necesita a la filosofía hoy más que nunca.
No obstante, pude observar a lo largo de mi carrera docente en la universidad que muchos alumnos buscan que se les presente una visión de los fines de la vida. Esto me llevó a pensar que, si bien la enseñanza técnica es una de las metas, no debe ser la única: el alumno que egrese debe tener una concepción humana de la profesión que va a ejercer. Creo que la universidad debería ser el lugar donde se debata, el lugar donde uno aprenda lo necesario para participar en ese debate de manera informada, en la búsqueda de la verdad sobre el fin supremo de la vida.

    Ha llegado el momento en el cual nuestros jóvenes resulten capaces de saber lo que desean, ya que la vieja armazón de las generaciones pasadas se resquebraja por todas partes, ya no acepta más remiendos. La fuente de todo el mal que acontece al país está en nosotros, que permitimos que avanzara destruyendo el futuro. Esta situación podrá modificarse sólo a través del restablecimiento de la dignidad humana, que sólo se logra mejorando al hombre, ahogando sus instintos arcaicos. Para ello debe emplearse la cultura y la educación.

    Pero el problema va más allá: mientras la Argentina retrocede, el mundo avanza. En la era informática postindustrial, la educación y la formación son las claves de la prosperidad. Ya no se trata de promover una sociedad alfabetizada, sino una educación permanente para todos los jóvenes y adultos. Hoy resulta necesario un sistema educativo en todos sus niveles, para que la sociedad en su conjunto y cada uno de sus individuos sean capaces de adaptarse a la vertiginosidad de los cambios
La Universidad argentina ha propiciado la tesis de saber-saber, sin tener en cuenta que las transformaciones del mundo hacen necesaria una Universidad que sostenga la tesis de saber-hacer. Esta primera concepción produjo intelectuales algo lejanos de las realidades de los sectores productivos y originó que la distancia que separa la Universidad del sector productivo de la nación fuera muy grande, a pesar de ello, en alguna oportunidad se notaron algunos signos de reacción.

    La Argentina, en estos últimos cincuenta años ha visto su educación degradada, lo que originó una preocupación social. Fueron muy pocos los especialistas que tomaron a su cargo la tarea de estudiar la Universidad que hace falta en el país. Ello implica la formulación de una verdadera filosofía de la educación superior.

    Nuestro país, en estos últimos cincuenta años, ha carecido de una formación de administradores científicos. Este vacío de clase dirigente desaceleró el progreso, dando como resultado un país que no está de acuerdo con el nivel de su riqueza potencial. Por ello, la universidad debe contribuir a la formación de la clase dirigente que el país necesita.

    En los tiempos que vienen, la Universidad deberá ocuparse de la formación de los recursos humanos para un mundo diferente, deberá formar profesionales que atiendan los múltiples cambios que este nuevo mundo traerá desde el punto de vista; social, ecológico, laboral, etc., muchos de los cuales ya están presentes en nuestro planeta.

    En esta nueva universidad se deberá ajustar el número de cargos docentes a cantidades que no conviertan la tarea educativa en una simple fuente de sueldos para profesionales desocupados. La Universidad ya no puede ser refugio de una clase intelectual sobredimensionada y subempleada
Los nuevos tiempos se preparan con nuevas pautas productivas. La nueva industria exige cerebro de obra más que mano de obra. Ya ha comenzado la era de industrias sin chimenea que mueven ingentes recursos financieros y humanos, que eran inimaginables hace apenas unas décadas. De lo expuesto resulta la necesidad de modernizar la educación superior. Pero como siempre ha sucedido en los distintos niveles educativos de nuestro país, existe un defasaje entre lo que pide la sociedad y la capacidad de respuesta de los organismos gubernamentales. Pero hay algo que debe quedar bien en claro: los reclamos profundos en la educación de las nuevas generaciones son imperiosos y éstos deben vencer la enorme inercia del sistema educativo.

    Guillermo César Vadillo

 

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