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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 606 - Fecha: 17 de Jun, del 2005
La caída

Adolfo Hitler murió hace 60 años pero sigue generando polémicas. Ahora el disparador fue la película La caída, producida en Alemania durante el año pasado.

     Basada en el testimonio de Traudk Junge, la secretaría personal de Hitler durante los tres últimos años de su vida, muestra al Führer en la intimidad de sus días finales. Algunos críticos apasionados disparan con munición gruesa contra el film porque la figura de Hitler está demasiado “humanizada”. Una lectura atenta demuestra que las iras exceden lo estrictamente cinematográfico y es justo que así sea.

    Sin embargo el saldo de la película es positivo porque, al margen de sus valores o carencias artísticas, abre un debate profundo y necesario sobre la naturaleza humana, que es inusual en los tiempos pos modernos.

    El fenómeno del genocidio es uno de los temas que más me ha preocupado. Hace algunos años, en una inolvidable peregrinación a Jerusalén, visitamos el Museo del Holocausto y quedé anonadado. Allí veía las pruebas palpables de la maldad y la barbarie humana abriendo profundos interrogantes sobre la condición humana.

    Posteriormente en Holanda, nos detuvimos en la casa de Anna Frank en Amsterdam y en la relojería de Corrie Ten Boom en Harlem. En ambas se conservan los refugios secretos donde familias judías trataban de eludir la deportación a los campos de concentración, preludios de la muerte.

    Últimamente pudimos visitar el Museo del Holocausto recién inaugurado en Washington. Recorrerlo es una experiencia abrumadora comparable con un descenso a los infiernos. Todavía me parece llevar impresas en la retina las tremendas imágenes testimoniales, filmadas por los mismos nazis, de los experimentos realizados en indefensos prisioneros: Implantes de tumores, castración de niños, estallidos de tímpanos, congelamientos, amputaciones, las cámaras de gas, el abuso de mujeres, las condiciones infrahumanas de vida en las barracas. Sobre todo recuerdo la cara de un niño de no más de seis años, con el terror reflejado en el rostro, entrando en el gabinete de experimentación. Durante varias noches soñé con él.

    Todas estas experiencias abren muchos interrogantes: ¿Cómo puede el hombre ser capaz de tal perversidad? ¿Qué abismos de oscuridad anidan en los recovecos del alma humana? ¿Es el hombre un lobo disfrazado de cordero o un cordero que se disfraza de lobo?

    Como dice Espinosa “frente a las acciones de los hombres ni reír, ni llorar, sino tratar de comprender”. Aunque sea muy difícil hacerlo, aunque la indignación nos obnubile y la ira nos ciegue, necesitamos hacer el esfuerzo de controlarnos y reflexionar.

    Si reflexionamos sin hacernos concesiones llegaremos a la conclusión de que ninguno de esos actos de barbarie merece el calificativo de “inhumano”. Todos fueron realizados por hombres y todo lo que hace el hombre es “humano”.

    Sucede que hemos sobrevalorado la condición humana. Nos apartamos del pensamiento de San Pablo que afirmaba “el mal está en mi” o de San Agustín que en sus Confesiones analiza su propia perversidad. Preferimos pensar, porque es más gratificante, que el hombre es un ser bueno, bondadoso y noble al que la sociabilidad pervierte. Somos, conciente o inconscientemente, russonianos.

    Creamos con mucha facilidad estereotipos: Hitler es el dechado de maldad y la Madre Teresa la santidad inmaculada. Nos resistimos a pensar que en la Madre Teresa podía haber alguna raíz de perversidad o en Hitler algún rasgo de bondad. Pensamos en buenos y malos absolutos, como en las películas del far-west.

    Hasta Ira Levin en Los niños del Brasil reduce, con ingenuidad, la perversidad de Hitler a la herencia genética, elucubrando que si clonáramos al Führer obtendríamos personas que repetirían su misma conducta.

    Todas estas simplificaciones demuestran cuánto nos cuesta admitir que dentro de cada uno de nosotros están escondidas todas las grandezas pero también todas las miserias del ser humano.

    Robert Luis Stevenson planteó con mucha agudeza en “El hombre y la bestia” la dualidad del ser humano. El atildado Jekyll y el perverso Hyde son la misma persona, las dos caras de la misma moneda. El mal no se da en estado puro, no hay malos absolutos ni buenos absolutos. La bondad y la maldad conviven dentro de cada uno de nosotros. Y muchas veces detrás del bondadoso Jekyll está agazapado Hyde esperando la oportunidad, y cuando bajamos la guardia aparece con toda su ferocidad.

    El crítico de La Nación comentando la película La Caída dice: “Los desvaríos y desplantes del Führer, a quién en la intimidad se lo presenta como un hombre atento y afable, resultan casi simpáticos”. No dudamos que así debe haber sido porque esa es la ambivalencia de la naturaleza humana.

    Si queremos que no se repita el horror es imprescindible que destruyamos el estereotipo. Hasta el hombre aparentemente más bondadoso e inocente puede transformarse en un monstruo si se dan las condiciones. Otorgar atribuciones extraordinarias o ilimitadas, ofrecer adhesiones incondicionales o permitir el crecimiento de poderes hegemónicos puede derivar en catástrofe.

    Es por eso que el cristianismo ve en cada hombre un ser redimible y habla permanentemente de redención. Porque el hombre tiene cavernas oscuras en su interior, antros tenebrosos de perversidad a los que solo Dios puede acceder y limpiar.

 

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