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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 549 - Fecha: 24 de Mar, del 2005
Pascua y corrupción

El horizonte político se ha enturbiado en este último tiempo. La tragedia de Cromagnon y las drogas transportadas Southern Winds vuelven a agitar el fantasma de la corrupción.

     Una corrupción que no se erradica con un ensalmo, un conjuro o un exorcismo sino con el ejercicio responsable de la justicia.

    Platón dice en La República que la justicia armoniza todas las virtudes y afirma: La justicia es la virtud de la ciudad. Aristóteles la define como la virtud que gobierna las relaciones interpersonales en la sociedad y es reflejo de la armonía interior del hombre ejercitar la justicia.

    De acuerdo al diagnóstico de los ilustres filósofos de la antigua Grecia las dificultades de los argentinos con la justicia reflejan nuestro estado de desequilibrio interior y presagian un destino aciago. No se puede impunemente ignorar la corrupción porque lo único que se consigue es que crezca y termine por devorar la armonía del cuerpo social.

    Estos días previos a la Pascua tendrían que servir para serenarnos y reflexionar sobre nuestro presente y futuro.

    La muerte de Jesús en la cruz puede analizarse de diferentes maneras. Desde el punto de vista teológico es un sacrificio redentor, pero puede hacerse un análisis más terrenal sobre las causas que llevaron a los poderes políticos y religiosos a ejecutarlo en la cruz.

    Jesús entró a Jerusalén, siete días antes de la Pascua, aclamado por la multitud e inmediatamente denunció la corrupción que había en el Templo de Jerusalén donde los peregrinos eran esquilmados por un sistema corrupto. Los poderosos intereses de la clase sacerdotal estaban puestos en la picota. Desde hacía tiempo odiaban a este Nazareno que convocaba multitudes, hacía milagros, cuestionaba las tradiciones y predicaba un retorno a los verdaderos valores. Por lo tanto decidieron matarlo.

    La mayor dificultad estaba en la aceptación popular que tenía el Maestro de Galilea. Jerusalén, con motivo de la fiesta, estaba atestada de peregrinos, muchos de ellos galileos y discípulos de Jesús. Esperaron que cayera la noche y los peregrinos se trasladaran a las aldeas vecinas para pernoctar. Fue entonces, con la colaboración de Judas, que lo prendieron cuando estaba orando en el monte de los Olivos, a pocos pasos de los muros de la ciudad. Serían aproximadamente las once de la noche.

    A pesar de que estaba establecido que el tribunal religioso solamente podía sesionar durante las horas de sol, los setenta ancianos que lo componían, presididos por Anás, el sumo sacerdote, estaban reunidos. Con testigos falsos bien entrenados quisieron dar a la sentencia de muerte un marco legal. Las contradicciones de los testigos hizo que el intento fracasara, pero encontraron un resquicio en una de las frases de Jesús y lo condenaron por blasfemia.

    Pero como no podían ejecutarlo sin la aprobación del imperio romano, al despuntar el día lo llevaron delante de Poncio Pilato, el prefecto de la región. Pilato era un político en ascenso que no quería dar pasos en falso porque podía costarle la carrera, pero tuvo la honestidad de decir que no encontraba ninguna causa digna de la pena capital. Entonces fue presionado por los esbirros que movilizaban los jerarcas religiosos quienes le hicieron saber que si lo soltaba lo denunciarían ante el César por no haber actuado contra un sedicioso.

    Pilato estaba convencido que Jesús no era culpable y ante la presión encontró una forma de eludir la responsabilidad. Sabiendo que Jesús era de Galilea, lo derivó al tribunal de Herodes que era quien regia los destinos de esa provincia.

    Herodes lo interrogó, pero lo derivó nuevamente a Pilato quien tuvo que tomar una decisión. Era costumbre en las fiestas indultar a algún preso y le ofreció al pueblo elegir entre Barrabás, un famoso bandido sedicioso y Jesús. Creyó que con eso podía librar su responsabilidad, pero las masas, astutamente manejadas, optaron por la libertad de Barrabás y pidieron la crucifixión de Jesús.

    Todo este proceso duró menos de diez horas: A las nueve de la mañana se elevaba la cruz en el Gólgota. Fue un tiempo récord en los cuales la corrupción fue mucho más veloz que la justicia y manejó con habilidad los resortes siniestros del poder. Finalmente el justo fue crucificado y el ladrón quedó impune.

    Vale la pena reflexionar en estas cosas frente a la celebración del Pascua, pero teniendo en cuenta la historia posterior. Porque cuarenta años después de la ciudad de Jerusalén, del Templo, de los palacios de Herodes y Pilato no quedaba nada; las tropas imperiales bañaron en sangre la ciudad. Porque la corrupción puede tener aparentes triunfos pero termina por destruir todo.

    Y los seguidores del crucificado, perseguidos durante trescientos años, emergieron para revolucionar al mundo. Porque Jesús al tercer día resucitó y el poder de la resurrección renovó el corazón de sus discípulos y nació para el mundo la esperanza.

    
Salvador Dellutri

 

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