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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 532 - Fecha: 21 de Feb, del 2005
Tierra de nadie

Los argentinos que trabajan, pagan impuestos y sostienen con su esfuerzo los planes asistenciales con que el gobierno mantiene el clientelismo político están perdiendo la paciencia. Y no es para menos.

     El miércoles 17 de febrero Fabián Moreno con su esposa, dos hijas de 9 y 7 años y una bebé de cinco meses conducía correctamente su vehículo y fue atacado por los vándalos que forman una de las agrupaciones piqueteras en Carlos Pellegrini y Av. Corrientes, a pocas cuadras de la Casa de Gobierno. Esos inadaptados viven del esfuerzo de Fabián Moreno y de todos los argentinos que luchan diariamente para sobrevivir y mientras tratan de ganarse el pan dignamente tienen que soportar los desbordes de los vándalos.

    Son varios los casos similares registrados por el periodismo. Pero es interesante recordar que lo mismo sucedió el 20 de mayo pasado a otro conductor con una manifestación de la Unión de Trabajadores en Lucha. En ese caso los piqueteros – que rápidamente permitieron la fuga de los agresores - alegaron: “Quería pasar a toda costa por la línea de seguridad”. Esa “línea de seguridad” había sido determinada por los mismo piqueteros que, por lo que se ve, tienen atribuciones mayores que las de las fuerzas de seguridad.

    Me tocó ser testigo de lo que hizo una patota de piqueteros en un pequeño bar de la Avenida de Mayo, donde se hicieron servir, destrozaron el baño y se fueron obviamente sin pagar. Le pregunté al dueño – que oficia de mozo y cajero – si haría la denuncia. “¿Para qué?” – me contestó – “esto pasa continuamente”

    En el caso de Fabián Moreno fue el público quien salió en su defensa porque la Policía se mantuvo al margen y para que actuaran tuvieron que irlos a buscar. En declaraciones a la prensa la esposa de Moreno dijo que va a hacer un juicio al Estado – que es quien tiene que garantizar la seguridad pública – porque los vándalos estaban todos encapuchados y solo se le podían ver los ojos. ¿Estos son obreros desocupados o agitadores profesionales?
¿En qué país civilizado se permite que encapuchados armados de palos “custodien” las manifestaciones y amedrenten a los transeúntes con actitudes patoteriles? ¿En qué sociedad organizada se permite que manifestantes tomen el rol policial y marquen “líneas de seguridad”?

    Todo el mundo tiene derecho a expresarse, hacer oír sus reclamos y manifestar su protesta. Pero todo tiene que hacerse en el marco de la legalidad y el respeto por el prójimo. Lo que estamos viendo no es protesta social sino vandalismo del peor cuño. Un encapuchado amenazando con un palo en la mano no es un manifestante sino un delincuente.

    Buenos Aires se está convirtiendo en un lamentable “far west”, tierra de nadie donde el ciudadano común tiene que asumir su propia defensa porque la seguridad no está garantizada. ¿Dónde están los responsables de hacer de la ciudad un ámbito apto para la vida? ¿Qué hace el Ministro del Interior ante estos constantes atropellos? ¿Hasta cuándo se tendrá que soportar la acción intimidatoria de los matones?

    Este es el resultado de planes asistenciales otorgados indiscriminadamente persiguiendo objetivos electoralistas. Planes sociales que por no haber sido proyectados inteligentemente terminaron por destruir la cultura del trabajo. Muchos alertaron en el comienzo de este proceso que era necesario que fueran las instituciones intermedias quienes distribuyeran esta ayuda para evitar el clientelismo político. Otros advertimos sobre la necesidad de que todo beneficio tuviera una contraprestación. Unos y otros fuimos desoídos porque la mediocridad política tiene siempre puestos los ojos en las próximas elecciones y nunca planifica pensando en el largo plazo.

    Hoy todo está desbordando y el gobierno de Kirchner, enfermo de “garantismo”, sigue garantizando la impunidad de los vándalos y desprotegiendo al ciudadano honesto. Tiene miedo que hacer cumplir la ley haga que los grupúsculos de izquierda lo tilden de autoritario.
Mientras tanto los vándalos encapuchados siguen marcando el ritmo a la ciudad a escasos metros del despacho del presidente y el ministro del interior.

    ¿Se necesitará un Cromañón en las calles para que se comience a actuar? ¿Tendrá que haber muertos y correr sangre para que reaccionen? ¿Hasta cuándo la inoperancia?

    Salvador Dellutri

 

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