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   Domingo, 19 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 526 - Fecha: 11 de Feb, del 2005
El hedor de los cadáveres

El debate en la Legislatura porteña por el caso Cromagnon fue decepcionante. Salvo raras excepciones mostró a una clase política mediocre, ignorante y con un obsceno afán de figuración.

     Aníbal Ibarra, que hasta ayer era para muchos una esperanza de renovación y ética, exhibió su costado más siniestro. Gélido, insensible y calculador desplegó toda su astucia poniendo en práctica las perversidades que en el pasado criticaba a los viejos políticos. Su único objetivo era licuar culpas para permanecer en el poder.

    Los legisladores convirtieron las sesiones en groseras pulseadas donde cada uno hacía su discurso, en la mayoría de los casos prescindible, condicionado por los medios, buscando con desesperación ese minuto de fama que puede dar una cámara de televisión. Tratando ganar la simpatía del público pasaron reiteradamente por sobre las normas parlamentarias para dirigirse directamente al Jefe de Gobierno llamándolo por su nombre de pila y tuteándolo o exhibieron un lenguaje que quería ser desenfadado y no pasó de ser procaz y efectista. Pero lo más notable fue la exhibición de pobreza intelectual y falta de ideas que transformó lo que debía ser un encuentro esclarecedor en una lucha de jauría contra una presa esquiva y maliciosa.

    Hubo, por supuesto, algunos chispazos de lucidez como los que protagonizaron Soledad Acuña y Florencia Polimeni que colocaron pasión e inteligencia. Hicieron preguntas específicas e incisivas que, como fue constante en el debate, Ibarra eludió contestar dando circunloquios. Las palabras con las que la diputada Polimeni cerró su alocución fueron de antología: “Usted no tiene excusas y si quiere que todos nos miremos al espejo, hágalo primero usted. Porque le va a pasar como a Dorian Grey (de Oscar Wilde) cuando miraba su retrato, veía sus miserias.” Dentro de la mediocridad general fueron las excepciones que confirman la regla.

    Detrás, dando un interesado apoyo al Jefe de Gobierno porteño, el presidente Kirchner, que desde el mismo día de la tragedia estuvo sacando cálculos políticos, se frotaba las manos junto con Duhalde disponiéndose a repartir los despojos y ocupar el espacio de poder perdido por Ibarra. Espacio que ya comenzaron ocupar con la designación de Juan José Álvarez como Secretario de Seguridad. La jugada política es clara: mientras que el Jefe de Gobierno echaba culpas sobre la legislación obsoleta, Álvarez la aplicaba para demostrar que es útil. El objetivo es socavar y debilitar a Ibarra pero sostenerlo en el poder lo que lo convierte en manejable. Por eso el apoyo explícito que Duhalde está dando al plebiscito. Queda claro que a Kirchner, Duhalde e Ibarra poco les importa los muertos, ellos luchan por el poder pasando por encima de todos los cadáveres.

    Pero en la tribuna de este circo, mientras los payasos caros desarrollaban su función, asomaba el rostro de la tragedia. Lo conformaban algunos familiares de las víctimas, no todos porque el miedo de los “representantes del pueblo” solo permitió que cuarenta estuvieran presentes. Ellos mostraron un estoicismo poco común, soportando las incongruencias, mentiras y dislates de un gélido Jefe de Gobierno para quién los cadáveres todavía tibios de tantos jóvenes eran solo cifras.
Solo algunos medidos y elocuentes estallidos, cautelosos para evitar ser desalojados, interrumpieron la función circense para hacer aflorar la dimensión de la tragedia. Entre ellos es destacable la valiente confrontación que hizo Mariana Márquez, madre de una de las víctimas, que fue como un estallido de luz en medio de la oscuridad y puso la cuota de verdad que faltaba cuando dirigiéndose al Jefe de Gobierno y mostrando la foto de su hija dijo: “Míreme a los ojos. Yo soy una madre y ésta es mi hija de 17 años, a la que mataron. Mi hija es un cadáver, pero vos sos un cadáver político.”

     La impresión final es que la apreciación de la señora Márquez fue insuficiente. No había un solo cadáver; la Legislatura – como tantos otros cuerpos políticos – está poblado de cadáveres políticos. Cadáveres que hieden por corrupción, cadáveres que infectan con su presencia el cuerpo social. Cadáveres cuyo olor fue tan fuerte como para motivar aquel lúcido “que se vayan todos” que finalmente quedó en el olvido.

    La corrupción de estos cadáveres políticos siguen apestando. Ningún plebiscito puede acabar con el hedor. ¿Hasta cuando la ciudadanía seguirá soportando? ¿De qué forma los enterraran definitivamente? Son preguntas que quedaron flotando en aire luego de ver el triste espectáculo de la Legislatura porteña, que es un espejo de lo que sucede en Argentina.

    Coincidimos con la esperanza y la advertencia de José Hernández en el último canto del Martín Fierro:

    Mas Dios ha de permitir
Que esto llegue a mejorar,
Pero se ha de recordar
Para hacer bien el trabajo,
Que el fuego, pa calentar,
Debe ir siempre por abajo.

 

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