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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 493 - Fecha: 19 de Nov, del 2004
Del homo sapiens al homo idiotes

Giovanni Sartori sostiene que el homo sapiens, producto de la cultura escrita, dio paso al homo videns, para quien la palabra – oral o escrita – fue destronada por la imagen.

     Este proceso ha dado nacimiento a una nueva sociedad teledirigida, donde los medios masivos de difusión, en especial la televisión y el video, comienzan a ejercer una destructora tiranía.

    Nuestra cultura se gesta en el crisol del diálogo socrático donde el vaivén de las ideas va iluminando el camino del conocimiento. Platón recoge con precisión esas largos diálogos donde el anhelo por avanzar en la búsqueda de la verdad traza la senda de una apasionante aventura intelectual. En el diálogo la presencia del otro es a la vez necesaria y enriquecedora.

    Con la llegada de la imprenta se abre una fructífera etapa en la que la palabra encuentra en el cauce de la página impresa la forma de hacer llegar el pensamiento a todos los estratos. El diálogo se torna más fecundo porque, aún cuando entre los interlocutores disten siglos, el mensaje del autor físicamente desaparecido llega al lector con la vitalidad necesaria para que lo analice, estudie, investigue y critique. La lectura actúa como un incentivo, como un disparador del pensamiento, como un desafío a la imaginación, la emoción y la razón. La potencia del libro desató la furia de los inquisidores que, temerosos de la revolución del pensamiento, los prohibían y quemaban. Hombres ignorantes a los que Sarmiento les recordó que “las ideas no se matan”.

    Por el camino trazado por la palabra hablada transformada en diálogo y la palabra escrita como vehículo de ideas, el homo sapiens alcanzó su apogeo.

    Pero llegó la televisión: una industria que fabrica productos para las masas, pero un medio que posibilita influir y dirigir a la sociedad en su conjunto para satisfacer a los intereses políticos y económicos de los grandes capitales. Un medio que no necesita del “otro”, que puede vivirse en soledad frente a un aparato, y donde la compañía del “otro”, a menos que esté en silencio, molesta. Porque la televisión, con su vértigo que no permite la reflexión, convierte al hombre en una esponja que absorbe todo lo que le presenta sin ejercitar su sentido crítico.

    Alguno me dirá que estoy magnificando lo que es un simple entretenimiento. ¿Por qué entonces vale tanto el segundo televisi-vo? ¿Cuál es la razón por la cual los avisadores destinan cifras astronómicas para publicitar sus productos? Es que la televisión no es un medio para entretener, como quieren hacernos creer los mistificadores, sino un fuerte modificador social capaz de cambiar las costumbres, alterar los hábitos y trastornar la moral de un pueblo.

    Nuestro país, que puede darse el lujo de tener programas que son los más groseros y ordinarios de América, es una muestra de la degradación y el empobrecimiento intelectual al que llevan los medios. Los grandes intereses económicos manejan a su arbitrio la noticia, jerarquizan lo banal, magnifican lo insustancial y ponderan lo trivial. Lentamente han empobrecido el gusto de los argentinos a través de una programación chabacana, grosera, falta de imaginación. Un medio que puede ser vehículo de cultura se regodea con un lenguaje soez, con imágenes procaces y propuestas incultas.

    Hace pocos días, un popular cómico produjo un escándalo al atacar la fe religiosa. Reconocemos que no le falta inteligencia, ni ingenio, ni gracia para hacer un buen programa. Pero entró en las reglas del juego e hizo su lamentable aporte a la grosería imperante.

    El Estado debe velar porque los medios masivos, que entran indiscrimi-nadamente en los hogares, cumplan con normas que permitan dentro del ejercicio de la libertad defender los valores y la cultura. Pero está ausente.

    Julio Bárbaro como cabeza del COMFER con su inacción pone de manifiesto su ineptitud. Tal vez porque ha caído en la falacia que los mismos medios difunden e instala en el pensamiento de la masa: que ejercer la autoridad es coartar la libertad o caer en el autoritarismo. O tal vez porque un pueblo que se divierte y distrae con lo insustancial y lo obsceno es lo que los políticos y los poderes económicos de turno necesitan.

    Después de todo un pueblo de homo sapiens, inteligente y pensante, no es fácilmente manejable. Pero el homo videns puede ser tele dirigido, y deviene rápidamente en el homo idiotes, es decir en un idiota útil... Esa clase de inviduos que necesita el sistema capitalista, la globalización y la pléyade de políticos mediocres que nos gobiernan para seguir adelante.

 

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