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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 487 - Fecha: 10 de Nov, del 2004
Las elecciones en Nueva York

Finalmente, contra todos los pronósticos latinoamericanos, Bush fue electo por segunda y última vez presidente de los Estados Unidos.

     Los días previos nos llegaban noticias de la expectativa que esta elección despertaba en América Latina, mientras que en Nueva York, para nuestro asombro, la vivían con una pasmosa indiferencia.

    EL ACTO LECCIONARIO

    Terminada la desabrida campaña electoral donde hubo más fuegos de artificios que ideas, Bush y Kerry se llamaron a silencio. El día de las elecciones Nueva York amaneció nublado, pero la ciudad cumplió religiosamente su rutina. Un turista desprevenido no se hubiera enterado que ese día estaban eligiendo al próximo presidente. Todos cumplían con sus compromisos laborales sin sobresaltos: el Metro iba colmado de oficinistas, las grandes tiendas abrían puntualmente sus puertas, el transporte y las oficinas públicas funcionaban con normalidad. Solo podía llamar la atención la ausencia de niños en las escuelas y algunas iglesias que eran centros de votación.

    Pasadas las 21, hora en que cerraban los comicios, nos trasladamos a Time Square donde esperábamos ver a una multitud expectante y un despliegue policial importante, pero fuimos defraudados: Apenas algunas cientos de personas miraban aburridamente las comunicaciones luminosas del Time y no había ningún despliegue policial extraordinario.

    A pocas cuadras, en el Rockefeller Center la cosa estaba un poco más animada. Alrededor de un millar de personas miraban las pantallas que daban los primeros cómputos y se arrimaban a un estudio de televisión vidriado que transmitía en directo, conectado con todo el país. Partidarios de Kerry y de Bush, con pequeños carteles observaban codo a codo los resultados sin dar ninguna muestra de emoción, rivalidad o entusiasmo. A los diez minutos, cuando, se conocieron los resultados de los estados del centro, ya no había duda: Bush sería el futuro presidente. Bostezamos y nos fuimos a dormir.

    ¿POR QUE GANO BUSH?

    El asombro que despertó en muchos latinoamericanos el triunfo de Bush no fue compartido por quienes estábamos en el centro de la contienda. Casi podíamos decir parafraseando a Gabriel García Márquez que fue la crónica de un triunfo anunciado. La incógnita era saber por qué volvían a elegir a un gobernante mediocre, de pocas luces, que los había metido en un brete internacional de proporciones. Para entenderlo hay que tratar de entender la estructura social y mental del norteamericano.

    Estados Unidos es un país extendido, con una gran población rural, muy diferente a la que pulula por las calles de Nueva York, Los Ángeles o Chicago. Esa masa electoral es mayoritaria, conservadora y no comparte el pretendido progresismo de las grandes ciudades. Ellos decidieron la elección.

    El tema de la guerra en Irak, que tanto preocupa en otras latitudes, dentro de los Estados Unidos es un tema secundario. Kerry había apoyado la invasión, por lo tanto no podía presentarse como un pacifista a ultranza y proponía tímidamente manejar la guerra en forma más diplomática. Pero la ambigüedad de su propuesta contrastaba con la firmeza con que Bush apoyaba la guerra. Aún los norteamericanos que estaban contra la invasión, preferían que fuera él quien terminara lo que había comenzado, por aquello de “no es bueno cambiar el caballo en medio del río”. Y Bush supo aprovechar las vacilaciones de su adversario con el eslogan “Si gana Kerry, ganó el terrorismo”.

    Pero, como decíamos anteriormente, el eje de la elección no pasó por Irak, sino por las propuestas del candidato demócrata sobre temas que tienen que ver con la familia y la moral. En esos temas Kerry apareció como el vocero de la decadencia. Se negaba a apoyar una enmienda a la Constitución que determinara que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, y con esto se hacia sospechoso de querer aceptar con los mismos derechos a los “matrimonios” homosexuales. Si tenemos en cuenta que en el estado de Alabama hace apenas cuatro años que se legalizó el matrimonio entre negros y blancos, nos daremos cuenta que la propuesta resultaba inviable.

    Propugnaba la legalización del aborto hasta el tercer trimestre de gestación y, en un país que tiene el aborto legal hasta el tercer mes, esto era una manifestación de barbarie. Paralelamente proponía derogar la ley sobre células estaminales que impide la destrucción de embriones.
Estas propuestas, que eran aceptadas – aunque sin much
o entusiasmo - en las grandes ciudades, fueron rechazadas abiertamente fuera de ellas. Los norteamericanos entendían que aceleraban la decadencia de la sociedad y abrían el camino para el derrumbe del imperio. Para ellos la contradicción entre la defensa de la vida en el ámbito interno y la convalidación de la muerte en el exterior era una sutileza que no los conmovía.

    La fuerza de Bush estuvo en señalar la ambigüedad de los mensajes de Kerry, la falta de definiciones contundentes y la debilidad de sus ideas. Esto es definitorio en un pueblo que está acostumbrado a pensar en blanco y negro, que no entiende de sutilezas o claroscuros.
Frente a la posibilidad de debilitar su postura imperialista y acelerar la creciente decadencia que los debilita, los norteamericanos prefirieron votar al que creían menos riesgoso.

     CONCLUCIÓN

    Podemos no estar de acuerdo con la visión norteamericana, pero hay algo notable: Tienen un modelo de país, un proyecto común, y lo defienden sin importarles lo que sucede más allá de sus fronteras. Allí reside su fuerza.

    La excesiva expectativa de los países latinoamericanos sobre estas elecciones muestra el grado de dependencia que hay con el país del norte. Tenemos que convencernos de que nunca nadie pudo esperar nada bueno de los imperios, que siempre fueron como agujeros negros que todo lo fagocitaban. Los argentinos, que estamos siendo particularmente afectados por la globalización neoliberal capitalista, no tenemos un modelo claro de país, un proyecto común que no sea afectado por las marchas y contramarchas de la política.
Necesitamos un proyecto nacional consensuado a largo plazo. Necesitamos saber donde queremos estar en el 2050 y qué clase de país queremos ser. Los Estados Unidos lo saben, nosotros no. Allí está nuestra mayor debilidad.

    Salvador Dellutri

 

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