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Opinión 
Edición: 368 - Fecha: 11 de May, del 2004
El derrumbe del ídolo

En las próximas líneas nuestro columnista aborda el tema cuando Diego tuvo su anterior recaída, hace cinco años, pero la nota del Pastor Salvador Dellutri sigue tan vigente como siempre.

     Un ídolo es un dios falso. Un sustituto de Dios, a quién se rinde tributo como si fuera verdadero. Hoy llamamos ídolos a muchas figuras populares, y lo hacemos con justicia, porque son los dioses que nosotros mismos levantamos para rendirles culto y adoración; y queremos plasmarnos en sus imágenes. Pero esos ídolos siguen siendo hombres o mujeres, con defectos y
virtudes, y el papel de dios que le confiere la sociedad termina por abrumarlos. Son ídolos, dioses falsos, que no tienen ni los atributos ni la perfección de Dios.

    No son omnipotentes, aunque les exijan que lo sean y ellos mismos quieran demostrar que lo son. No son omnipresentes, aunque a veces, cuanto los medios los requieren, hacen esfuerzos sobrehumanos para estar en todos partes a la vez. No son omniscientes, pero los hacen opinar sobre todos los temas como si fueran la suma de la sabiduría y la autoridad. No son dioses, son ídolos. Y como todos los ídolos tienen pies de barro.

    Todo esto viene a cuenta por el caso de Diego Maradona. ¿Quién puede negar que Maradona es un hombre diestro, experto, hábil para jugar al fútbol? Uno de los mejores jugadores del mundo de todos los tiempos y, como tal, merece el aplauso y la aprobación del público. Pero los admiradores, desbordados en su euforia, comenzaron a canalizar en él sus necesidades religiosas, a sobrevalorar lo que era y lo convirtieron en un idolo, es decir en un dios y convirtieron las canchas en templos, a los que colmaban todos los domingos, elaboraron una liturgia de cantos de alabanza, lloraron de emoción y comenzaron a exigirle que se comporte como un dios.

    Al principio el muchacho de Villa Fiorito, que a fuerza de patear una pelota rompió el asfixiante cerco del anonimato y la miseria para llegar al primer plano de la prensa mundial, se sintió feliz: Todo giraba en torno de él. Era el dios de una multitud que cada domingo lo vitoreaba y esperaba que le concediera la cuota de felicidad que la realidad le negaba. Trató de cumplir, como si fuera un verdadero dios y les dio la porción de felicidad que le pedían. Entonces comenzó a establecerse un diálogo, el diálogo entre divinidad y feligresía; y a formarse a su alrededor un clero: Los que intermediaban entre él y la gente. Representantes, voceros y periodistas son sacerdotes que viven del culto al ídolo, y como consecuencia se dedican a mantener viva la fantasía de su divinidad.

    Y el muchachito de Villa Fiorito comenzó a creer que realmente era un dios. Opinaba sobre todo, desde temas deportivos hasta familiares, religiosos, políticos, sociales, artísticos o culturales. No importaba si sabía o no: Era un dios y tenía que ser omnisciente, conocer todas las cosas. Comenzaron a desarrollar su omnipotencia y entonces, como una despótica deidad, apostrofó a cuanta autoridad tenía delante, hasta al mismo Papa; y se atrevió hasta a corregir la historia diciendo que San Martín no había cruzado los Andes. La omnipotencia que le confirió el dinero le ganó “amigos” y posibilidades: De casarse fastuosamente en el Luna Park y hacer venir en un vuelo privado a sus amigos de Europa. Y cuando desarrollaba su seudo omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia todos los aplaudían. Y creyó que era verdad. Era el dios que todos necesitaban: Los políticos buscaban su apoyo para agenciarse votos, los empresarios para vender y hasta las instituciones para combatir la droga, usaron su imagen

    Y fue “Maradona”. Su nombre se convirtió en sinónimo de destreza, fama y dinero. Lo rodeó una corte obsecuente y adicta, a la que aún hoy cree sus amigos. Un séquito nefasto que vive de él y se adhiere con la misma obstinación del parásito al organismo que lo nutre. Pero él no se daba cuenta de la verdad y todos se ocuparon de alimentar su fantasía. Hasta su mano era “la mano de dios” y un libro sobre sus hazañas se publicitaba diciendo: “No es la Bíblía, pero habla de Díos”.

    Y porque es “Maradona” todo lo que hace está bien, debe ser festejado, aplaudido y victoreado. No tiene que tener ateos. Quienes lo nieguen como deidad deben ser considerados herejes y vilipendiados.

    Pero la verdad es que él no es “Maradona”, sino Diego, el muchacho de Villa Fiorito, inculto, inmaduro y simple, al que le hacían creer que era un dios. Y todos se preocupaban por alimentar con ofrendas cotidianas a la falsa deidad, al ídolo. Pero nadie se ocupó realmente de su persona. Hasta hoy, donde la corte de “amigos” obsecuentes, esos que le dicen siempre que sí, que lo afirman en su falsa pretensión de dios, y periodistas parásitos, esos que lo aplauden y le exigen continuidad, siguen alimentando su fantasía. Y no se da cuenta que lo hacen para seguir viviendo a sus expensas.

    Como era previsible el falso dios comenzó a derrumbarse. Hace bastante tiempo. Tal vez cuando cruzó las fronteras de su tierra e ingresó en tierra extraña y comenzó a mostrar su verdadera naturaleza y comenzó su derrumbe.

    ¿Podemos culparlo solo a él? Para que fuera un dios le perdonaron todo: Que dijera barbaridades, que se drogara, que descalificaran a su equipo en el Mundial, que tuviera un hijo ilegítimo y no lo reconociera, que baleara a periodistas. Era la excepción, estaba más allá de la ley.

    ¿Que hacemos ahora? Seguir exigiendo que sea un dios. Tolerar y disimular. Y exigirle, exigirle, exigirle. Porque para eso es “Maradona”

    Y Diego, el de Villa Fiorito, a quién nadie se encargó de preparar para el éxito, a quién nadie se atrevió a decir que no tenía que creer todo lo que le decían, a quién nadie le aclaró que no tenía amigos sino aliados o compinches, a quien nadie le dijo que la fiesta era corta y había que prepararse para hacer mutis por el foro, está solo. Como todos los falsos dioses.

    Los griegos decían que Dionisio, el dios del entusiasmo y la embriaguez, tenía bajo su influjo a las Ménades, mujeres que transitaban eufóricas cantando y bailando por montañas y llanuras. Celebraban al dios vistiendo raros atavíos hechos con pieles de diversas fieras y ramas de determinados árboles. Era como “la hinchada”.

    La euforia de las Ménades alcanzaba tal magnitud, que transformadas en fieras desaforadas abatían todo a su paso, comían crudas a sus víctimas y bebían su sangre.
Las ménades de Diego Armando Maradona están eufóricas. No tolerarán que su dios sea nada más que un hombre, ni le ofrecerán el apoyo que como tal necesita. Seguirán danzando a su alrededor exigiéndole lo que ya no puede dar. Crecerá la euforia y finalmente beberán su sangre.

    Luego, cuando todo se haya acallado, buscarán otro ídolo y la historia comenzará de nuevo.

    Salvador Dellutri

 

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