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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 2281 - Fecha: 8 de Mar, del 2016
La republiqueta bananera

La Argentina es un país de grandes contrastes. En el oeste la Cordillera de los Andes traza de norte a sur el territorio; al este la Pampa con sus tierras llanas; humedad y clima seco; selva misionera, nieve en la Patagonia; densidad saturada de población en Buenos Aires y zonas casi desérticas. Los contrastes también se dan en la sociedad con antinomias de todo tipo: peronistas – antiperonistas; patria o buitres; neoliberales o nacionales y populares, etc.

     Acostumbrados a consumir programas de televisión donde el debate político es a los gritos y no dejan nada en claro a los espectadores, la gente opina, se lanza con munición gruesa en las redes sociales y la charla de café tiene tantas soluciones a los problemas del país como personas que se sientan a esa mesa.
La política, que defiende sus espacios sectoriales, dice conocer el norte que hay que seguir para que la Argentina salga de todas sus penurias y se posicione en el mundo como un Estado importante. Unos lo plantearon tratando de alcanzar “el primer mundo” y otros apostando al sueño de “la patria grande” de San Martín y Bolivar.
Hablan de generar políticas de estado, que se sostengan en el tiempo, para tener una dirección exitosa en los propósitos establecidos. Con ellos coinciden los politólogos que analizan las posibilidades del país en el contexto interno y en el mundial. Y repiten “políticas de estado” para marcar una idea de país serio ante tanta improvisación.
Políticas de estado no implica que dos gobiernos de ideología diferente tengan que coincidir en todo. Simplemente es cuestión de ponerse de acuerdo en tres o cuatro ítems (o más) de trascendencia para respetarlo en un lapso de tiempo prolongado. De ésta manera el país tiene un andarivel por donde circular, un plan estratégico que lo hace pisar sobre seguro.
Pero esa idea compartida por la política y que los votantes exigen, se desvanece apenas un gobierno reemplaza a otro de diferente color partidario (siempre fue así) Como la consigna de campaña es que hay que cambiar las cosas mal hechas, surge la justificación inmediata para dar un golpe de timón sorpresivo que hace tambalear a la tripulación y los pasajeros.
De la noche a la mañana el gobierno de Mauricio Macri llegó a un acuerdo con los holdouts tras años de diferencias con el juez Griesa y los fondos buitres; en un parpadear de ojos el dólar se disparó a 16 pesos; se devaluó; las tarifas de los servicios crecieron exponencialmente; se desaceleraron el consumo y la economía; se levantó el cepo al dólar, entre otras medidas. Al margen de que esta batería de acciones sea positiva o negativa, la Argentina cambió para bien o para mal.
Lo paradójico es que vivimos pidiendo a los gobernantes que se unan y se pongan de acuerdo en ciertos temas troncales, pero ello solo parece ser escuchado en tiempos de campaña. Una vez asumidos, el que tiene el poder manda.
Durante un tiempo se admiró a Brasil que llevaba una política que se consolidaba por la permanencia de medidas que se iban sucediendo según pasaban los gobiernos. Y de allí se explicaba el éxito del gigante del sur como potencia económica latinoamericana; el descubrimiento de una reserva submarina de petróleo y la incorporación de los brasileños al BRICS eran inversamente proporcional a nuestra desgracia.
La idiosincrasia de los argentinos y de la clase política es así. Vivimos apuntando hacia el norte pero tenemos la mirilla desviada. Es parte de nuestra esencia creer que estamos “destinados al éxito” pero al día siguiente nos encontramos frente a un banco golpeando los vidrios con cacerolas para que nos devuelvan nuestros ahorros.
Para no ir más lejos destacamos al ex presidente de Uruguay, José Mujica, por su simpleza y humildad a la hora de manejarse, incluso de vestirse; pedimos que nuestros gobernantes sean así y después terminamos votando a empresarios o abogados “exitosos” y queremos volver a comer “pizza barata con champagne” de los nuevos ricos en la “fiesta de unos pocos”.
Si realmente se quiere construir un país serio en el contexto mundial es el momento para realizar una verdadera coalición política que debata de que manera el país va a señalar un rumbo en temas trascendentales de largo plazo que sean respetados por todos los gobiernos que se sucedan. De lo contrario seguiremos siendo una republiqueta bananera.

 

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