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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 331 - Fecha: 17 de Mar, del 2004
Juan Castro y una muerte anunciada

La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde. Cervantes

     Hay notas que me resisto a escribir, pero tengo la obligación moral de hacerlo. Esta es una de ellas.

    Sobre el cadáver de Juan Castro se juntaron los buitres. Eran los que ayer, cuando en su desorientación adolescente eligió el camino transgresor, lo aplaudían y estimulaban. Hoy, frente a la muerte, cambiaron el libreto y se ensañaron con su agonía, hurgaron en cada uno de sus coágulos y se afanaron por sacar todo el rédito posible.

     Hipócritas que saben calzarse la máscara de circunstancia y simular el gesto adusto del dolor mientras trasmutan los despojos sanguinolentos en monedas de oro. De esas lacras que para lucrar falsean la verdad, engañan sin pudor, adulteran pruebas y corrompen voluntades me da asco hablar.

    Pero es necesario hacerlo porque Juan Castro fue un hombre público, que tuvo influencia social y puede transformarse en modelo trágico para una juventud huérfana de referentes.

    Juan Castro eligió romper los límites. Rompió el límite entre su vida privada y pública para exhibir sin pudor su intimidad. Rompió los límites del lenguaje sumándose a quienes instalaron en los medios la grosería y la palabra soez. Rompió los límites establecidos por la naturaleza para la sexualidad y proclamó su desviación como una forma de libertad. Rompió los límites de la realidad para ingresar, de la mano de los estupefacientes, a un universo ficcional. Rompió los límites del periodismo televisivo para crear un programa que exaltaba la marginalidad.

    Juan Castro vivió rompiendo límites, destruyendo valores, proponiendo el caos. Pensaba que “caos” era sinónimo de “libertad”, y encarnó el caos en su propia vida: vivió sin límites, alocadamente, dando rienda suelta a su notoria inmadurez y desequilibrio emocional.

    Fue una pieza en el engranaje del negocio del espectáculo, por eso lo estimulaban. Lo convirtieron en un predicador del caos, con un púlpito televisivo instalado en el límite de la normalidad. Y quisieron transformarlo en referente, paladín, ministro de una nueva forma de vida. Menospreciaba el equilibrio de los moderados, se mofaba de los hombres con principios y se sentía un progresista. Nadie le avisó que solamente era un vocero de la decadencia y que por ese camino se dirigía vertiginosamente hacia el abismo. Nadie le dijo que su inmadurez y desequilibrio emocional era la causa de su creciente angustia, de su tendencia al amor enfermizo y a la vida promiscua.

    Nadie le advirtió que en las mazmorras del infierno de la droga a las victimas las sujetan con grillos de hierro. Le hicieron creer que era posible entrar y salir del averno, y así lo proclamó públicamente poniendo en peligro a miles de adolescentes que recibieron una visión distorsionada de los alcances de la drogadicción.

    Su vida podría titularse “Crónica de una muerte anunciada”, porque, tal como en la novela de García Márquez, todos sabían el final, pero nadie alertó al protagonista. Y cuando algún osado levantó la voz para detenerlo lo tildaron de “careta”, retrógrado, pacato o moralista. El negocio era el caos y había que incentivarlo.

    San Pablo sentencia: “Todo lo que el hombre sembrare eso también segará”. Define de esta forma una ley de la consecuencia que el saber popular sintetizó diciendo que “quien siembra vientos recoge tempestades”.

    ¡Pobre Juan! Tenía todo lo que un ser humano anhela: trabajo, dinero, fama, salud. ¿Por qué tenía que terminar así? ¿Nadie tuvo compasión de un ser confundido y desamparado? ¿Nadie le dijo que el caos no puede engendrar paz, sosiego, calma? ¿No le advirtieron que el caos solo engendra caos? ¿Nadie le tendió la mano que le permitiera salir del abismo?

    Era un transgresor y, coherente con su filosofía, saltó al vacío. Desafió la última ley, quiso romper el último límite. Pero hacía tiempo que venía tomando carrera para ese salto, hacía tiempo que anunciaba su desamparo y su angustia.

    Tal vez, en el último instante de su vida descubrió que la naturaleza no tiende hacia el caos, sino hacia el orden. Que las leyes son inexorables.

    Su cuerpo se estrelló contra el cemento, la conciencia huyó y la pulpa cerebral se llenó de coágulos. Su soledad y desamparo mueven a la compasión. Su muerte encierra una lección que solemniza el alma. Ante su cuerpo joven y su vida tan absurdamente truncada nos compungimos. Solo nos queda la oportunidad del llanto, la reflexión y el recogimiento. Si nadie le advirtió a él, que su muerte sirva de advertencia para otros.

    Pero cuando las lágrimas pugnaban por brotar y el silencio se hacía imprescindible, llegaron los buitres. Ellos sabían, podían haberle avisado, pero no lo hicieron. El caos era negocio. Ahora vuelven para destriparlo, para destrozarle las entrañas a picotazos. Porque la muerte también es negocio.

Salvador Dellutri

 

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