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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 2267 - Fecha: 4 de Ago, del 2015
Así no se puede seguir

El siglo XIX, según dicen los teóricos, fue un tiempo de mucha violencia donde era preferible quedarse en la seguridad del hogar antes que exponerse a la incertidumbre del exterior. En tanto, en el siglo XX la gente comenzó a ganar los espacios públicos; la organización y el desarrollo del sistema capitalista hizo que las personas asistan al teatro, al cine, a los clubes, etc. Y de a poco, esa sociedad que había nacido con bases fuertes se fue convirtiendo en un cambalache que hoy día parece haber llegado a su máximo de putrefacción.

     El quiebre podría ubicarse en la década del 90 cuando políticas neoliberales y la cultura pop norteamericana invadieron cada rincón. Así hemos llegado hasta nuestros días donde la ambigüedad de las acciones (da lo mismo si algo está bien o mal) se tornó moneda corriente.
A los asesinatos tipificados como «comunes», que ya no asombraban a nadie, se le sumó, a principios del siglo XXI, una ola de secuestros extorsivos donde, incluso, padres de figuras conocidas fueron víctimas (el caso del padre de Pablo Echarri fue uno de los primeros, y también resonó el de Axel Blumberg). Luego de una merma, continuaron los secuestros express, los virtuales y así. No conforme con esto las redes sociales fue el caldo de cultivo para, primero, investigar a la víctima y, después, cometer el hecho delictivo. No nos podemos olvidar de los asaltos, golpizas y crímenes contra ancianos, personas indefensas que pueden perder la vida con un solo golpe. Qué podemos decir de los femicidios que ganaron la escena; mujeres que son maltratadas y asesinadas por el solo hecho de que ya no aman a su pareja o porque éstos juran vengarse porque sí. #niunamenos sirvió, simplemente, para visibilizar la problemática pero no para detenerla.
Si faltaba algo a esta espeluznante realidad eso eran los crímenes contra menores de edad, incluso bebes, y en algunos casos a manos de sus propios padres. Sin olvidarnos, claro, de las violaciones seguidas de muerte a chicas a manos de un chacal.
Este siglo tampoco parece el ideal para salir a la calle. Sin embargo, la gente está obligada por necesidad a salir y hacer su rutina diaria, sin pensar en los riesgos que la rodea aunque siempre con el inconsciente atento de saber por donde se camina.
¿Pero qué podemos esperar de una sociedad en la que se llega a estos extremos de no respetar la vida de un niño? ¿Qué condena le cabe a un asesino de menores?
Causa desprecio, impotencia y bronca saber que por la calle hay «personas» que son capaces de asesinar y que otras, habiendo matado, andas libres como quién no quiere la cosa.
¿Con qué derecho un asesino decide sobre la vida y el alma de una persona? Hoy se mata por que sí, porque tenés plata o por que no tenés; la vida del malandra no vale nada y por eso entiende que la del otro tampoco.
Se van a cansar de poner policías en las calles, de inventar nuevas fuerzas de seguridad, de sacar la gendarmería a los lugares más peligrosos, de desbaratar bandas de narcotráfico y todo lo que se les ocurra. Pero a nadie se le cae otra idea más que la de la saturación de la vigilancia. Ahí están las cámaras de seguridad… lindos y caros apartitos que nos muestran la película de cómo sucedieron los hechos, nada más. Los delincuentes no escarmientan contra ello, se cagan de risa en la cara de todos, incluso de los familiares de los niños muertos a su merced.
Dicen que ya no hay más valores. No. Los valores que rigieron la sociedad pasada están casi extintos y reemplazados por unos nuevos que son terribles. Hoy, aquella frase de «las mujeres y los niños primeros» quedó obsoleta. Ahora el primero en tirarse al bote salvavidas es el capitán.
La paz social está destruida. La instrucción en la escuela es pésima y la educación de la vida, es decir el respeto y el ser personas de bien es aún peor. Pero la decadencia no llega sola, viene de la mano de varios Estados que, viendo el problema, han querido mostrarnos otra cosa; viene por la irresponsabilidad de un Poder Judicial que ampara a los delincuentes; viene acompañado por una sociedad de consumo que está más preocupada por si su Pou (una especie de animal virtual para celulares) comió, antes de controlar que su hijo haya almorzado en familia. Así no se puede seguir.

 

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