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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 320 - Fecha: 1 de Mar, del 2004
El horror argentino

“Si los que se llaman legisladores en América hubieran tenido presente que a los pueblos no se les debe dar las mejores leyes pero si las mejores que sean apropiadas a su carácter, la situación de nuestro país sería bien diferente.”

     Estas lapidarias palabras que el General San Martín escribía en 1833 a O’Higgins tienen una impresionante vigencia. Las leyes deben encuadrarse dentro de la cultura y la idiosincrasia del pueblo al que están destinadas. Es en vano copiar leyes de los países escandinavos o de los cantones suizos, la características y peculiaridades de nuestro pueblo, la situación social y el momento histórico tienen que gravitar en forma decisiva cuando los legisladores sancionan las leyes.

    ***

    El avance delictivo ha tomado ya características de tragedia. Cuando creemos que ya nada puede sorprendernos, las noticias vuelven a concitar nuestro estupor.

    Ahora estamos consternados por el horror de dos cadáveres de niñas encontrados en una casa usurpada, por la inoperancia de un fiscal que hubiera evitado la segunda muerte, por la ligereza de la justicia que deja libre a un violador en tiempo record y por la ineficiencia de la policía en el operativo. La crudeza de las imágenes y la perversidad del crimen despiertan voces airadas pidiendo justicia. Pero la realidad es que desde hace mucho tiempo y en forma creciente, se están sucediendo hechos de esta naturaleza – robos, violaciones, infanticidios, parricidios, torturas, secuestros – sin que haya una reacción saludable por parte de los legisladores para crear las herramientas necesarias que frenen este avance desmedido de la delincuencia. Nuestro país necesita leyes a la medida de sus necesidades y legisladores con los pies puestos sobre la tierra, conscientes del estado terminal en que se encuentra la seguridad.

    Tampoco fiscales y jueces parecen muy preocupados por actuar con la celeridad y prolijidad necesaria. Y las fuerzas policiales, infectadas de corrupción, actúan como un elemento catalizador y protector para los hechos delictivos y la alarmante corrupción que nos envuelve.

    ***

    Pero detrás de eso está nuestra idiosincrasia. Los argentinos tenemos problemas no sólo con la justicia, sino también con la ley. Creemos que todas las leyes, normas y reglamentos están hechos para perjudicarnos, que llevan en sí el germen de la represión, y que toda punición es ilegítima. Por eso hemos hecho de la trasgresión una muestra de picardía y viveza, y creemos que son actitudes que revelan nuestra superioridad frente a quienes están dispuestos a obedecer las leyes.
Los turistas argentinos que visitan Brasil, considerados por muchos brasileros como una verdadera plaga, dio durante este verano prueba de ello: Un intento de estafa con dólares falsos, un robo perpetrado en un supermercado por dos mujeres – tía y sobrina – y un acto de corrupción de menores llevaron a los delincuentes ante la justicia. Todos casos, que conocemos porque llegaron a la instancia judicial, son sólo una muestra de la “viveza criolla” que los turistas argentinos muestran cuando cruzan la frontera. Pero revelan una actitud frente a la ley, el orden y la justicia que es común dentro de nuestro país. El chauvinismo de los medios hizo que aparecieran en la prensa argentina casi como mártires.

    Esta actitud actúa como un caldo de cultivo porque se comienza diluyendo y borrando el límite entre lo legal y lo ilegal, lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, para finalmente encontrarnos con que hemos perdido el criterio de justicia, estamos desbordados por el crimen y en un estado de incipiente anarquía.

    ***
Nuestro país se asemeja a un gigantesco aguantadero: Genocidas, asesinos, torturadores, traficantes y toda clase de corruptos encuentran protección dentro de nuestras fronteras. En nuestro país se puede volar impunemente una embajada o hacer estallar un pueblo entero que siempre la maquinaria de la justicia llegará a punto muerto. Se puede confundir un casquillo de bala con un “pituto” y cinco tiros en la cabeza con una caída en la bañera, que siempre se encontrará el medio de burlar a la justicia. En este clima de notoria impunidad, se tejen negocios turbios en las altas esferas y en la zona marginal. El delito está protegido por la desidia, incompetencia o corrupción de legisladores, políticos, jueces, fiscales y policías. El que no está protegido es el ciudadano honesto. Los resultados están a la vista.

    El sabio Salomón en el Eclesiastés observa: También he visto que a gente malvada la alaban el día de su entierro; y en la ciudad donde cometió su maldad, nadie después lo recuerda. Y esto no tiene sentido, porque al no ejecutarse en seguida la sentencia para castigar la maldad, se provoca que el hombre solo piense en hacer lo malo. Esta antigua radiografía de una sociedad decadente se ajusta tristemente a nuestra realidad.

    Salvador Dellutri

 

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