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Opinión 
Edición: 2226 - Fecha: 28 de Mar, del 2014
Mediterráneo no es frontera

“¡Qué absurda sería una España que acogiera a los polacos y rechazara a los marroquíes y argelinos, una España que intentara controlar la inmigración desplegando el Ejército como hizo Italia con los refugiados albaneses en Brindisi!, dijo el líder argelino Ben Bella. Aunque Europa quiera vivir dentro de sus muros ignorando al resto del mundo, el resto del mundo no ignorará a Europa. El Sur es un arrabal de chabolas que tiene delante un campo de golf. ¿Qué puede ocurrir? Una invasión del terreno. Para impedirlo sólo hay una fórmula: que el arrabal viva mejor. Europa debe ayudar a los países del Sur a desarrollarse, siguiendo sus propios caminos.

     Sami Naïr, es autor de un libro fundamental sobre los flujos migratorios en el Mediterráneo: “Las heridas abiertas. Las dos orillas del Mediterráneo: ¿un destino conflictivo?”, prologado por Joaquín Estefanía.

    Su lectura es imprescindible ante los brotes de xenofobia que se producen en Europa. Deslumbrados por los nuevos inmigrantes de los países del Este, a quienes consideran más afines por la apariencia externa, por la educación y por su fácil integración, corren el peligro de olvidar de dónde proceden las materias primas que durante siglos cimentaron el desarrollo de este continente. No se puede concebir una democracia si una parte de la población está excluida y no participa; la cuestión social es clave. Es preciso esclarecer los conceptos sobre la emigración: la psicosis de invasión de emigrantes y la falta de fundamento del impacto de los trabajadores extranjeros sobre el paro y la productividad.

    Los extranjeros que viven es España no representan ni el 3% de la población. Como demuestra Antonio Izquierdo, en “La inmigración inesperada”, la exageración de las cifras son un hecho ideológico y un componente inductor de la xenofobia. Y esto antes del regreso a sus países de miles de extranjeros que convivían con nosotros y que tanto contribuyeron en su día al crecimiento económico, al boom inmobiliario, a la transformación de la agricultura tradicional en otra más competitiva para la exportación.

    Hoy asistimos al difícil trago de ver a miles de jóvenes españoles bien preparados a buscar trabajo en otros países. Como lo hicimos durante siglos españoles, italianos, franceses, irlandeses, polacos y gentes de otros pueblos de Europa. Si nuestros anfitriones hubieran mostrado con nosotros la actitud que no pocos europeos de hoy muestran con los Inmigrantes de pueblos africanos que buscan, con todo derecho, un puesto de trabajo entre nosotros, habría que reescribir la historia desde la revolución industrial inimaginable sin las aportaciones humanas y en riquezas naturales de África y de América.

    La integración europea será imposible si en el sur del Mediterráneo perdura la miseria: el Sur requiere compartir los beneficios de la riqueza. Sami Naïr propone hacer un lugar de encuentro, de intercambio y de solidaridad que tenga en cuenta el mestizaje de las orillas del Mediterráneo. En lugar del mar como frontera, el Mediterráneo como espacio común. Ni se pueden promover entradas masivas ni sostener políticas de inmigración sin abordar las condiciones de vida de donde proceden los inmigrantes. España, tierra de asilo, debe promover la política más generosa y no dejar la libre circulación para los capitales mientras se es cicatero con la de las personas que, muchas veces, se ven obligadas a emigrar por los excesos de una globalización desmesurada y torpe por inhumana.

    De ahí la torpeza de concentrar el problema de la movilidad de mano de obra en el sur de Europa, sobre todo, Italia y España, cuando de lo que se trata es del sur del espacio Schengen europeo. Y que se hable de invasiones violentas de desarrapados sin derechos. No existen las mismas cautelas para respetar las fronteras de esos países africanos a la hora de invadirles con nuestros excedentes de producción y controlar sus producciones de acuerdo a las supuestas necesidades de nuestros mercados. Así hemos impuesto mono cultivos, contribuimos a la desertización creciente al tiempo que imponemos modos de envase y de transporte por la Organización Mundial del Comercio. Lo que vale para la libre movilidad de capitales, fondos de pensiones y especulaciones financieras debería servir para la circulación de seres humanos procedentes de países sin cuyas riquezas naturales la Unión europea no podría subsistir más que tres meses al año.

 

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