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Opinión 
Edición: 2106 - Fecha: 23 de Mar, del 2012
¿En manos de quién está nuestra seguridad?

Un hecho inusual y polémico sacudió las últimas horas al municipio bonaerense de Florencio Varela, al conocerse que dos policías que acudieron a asistir a una mujer que se había descompensado dentro de su automóvil en realidad aprovecharon para robarle.

     El accionar de los policías fue develado por una cámara de seguridad, por lo que aquéllos fueron inmediatamente pasados a disponibilidad.
Ocurrió el 13 de marzo pasado, a las 7.30, cuando un patrullero de la Policía Bonaerense con dos efectivos acudió a un llamado que alertaba sobre la presencia de una mujer desvanecida dentro de un vehículo. En un primer momento, los efectivos actuaron según lo establecido, ya que convocaron a una pareja que caminaba por el lugar para que oficiara de testigo de lo acontecido.
Pero lo curioso llegó unos minutos después: uno de los agentes tomó las llaves del vehículo, abrió el baúl y enseguida acomodó el patrullero bien “pegado” al Peugeot 206 donde estaba la mujer para intentar ocultar la maniobra.
Sin embargo, el robo de una notebook y un celular de la víctima se consumó cuando uno de los efectivos guardó los objetos dentro de su campera de servicio y subió ésta al patrullero. Luego de este acto, los policías se retiraron del lugar con total impunidad.
La sorpresa fue que, 50 minutos después, el mismo patrullero regresó al lugar, esta vez con una mujer policía que asistió a la desmayada, quien había recobrado el conocimiento.
Le tomaron sus datos y, al constatar que estaba bien, la dejaron irse en su vehículo, aunque recién al día siguiente se iba a dar cuenta de que le habían sustraído su computadora y su celular.
La fiscal Nuria Gutiérrez identificó –a través de un video filmado por la cámara de seguridad– a los policías, probó que estuvieron en el operativo y los acusó por el robo a la mujer desmayada.

    El hecho indigna desde donde se lo mire. Y cuando uno le presta atención no puede dejar de exclamar: son policías!.
Es que no está dentro de lo que estamos acostumbrados a ver. Porque, justamente, pudimos “verlo” gracias a las cámaras de seguridad. Ver para creer… Porque si a uno no le pasó, ésos comentarios quedan en eso, en rumores de la gente, en esa “fábula” vecinal que no hace más que abonar al descreimiento en las instituciones. En este caso en la policía.
Pero sucedió e indigna de verdad y uno no puede abstraerse del asunto así nomás. ¿Cómo puede ser?.
Y seguramente terminaremos con más preguntas que respuestas, porque algo –es evidente- falló.
A ver, propongamos un razonamiento de “abajo hacia arriba”, y sin pretender emular ningún método de los griegos clásicos, policías en esa actitud no lo son. Y no vengan con que la oportunidad hace al ladrón, porque el acto, en sí, no puede justificarse. Fallaron como policías pero, sin temor a equivocarnos podemos afirmar que no lo son. Están mucho más del otro lado que cualquier ratero que lo hace para comer.
El policía es uno de los ejemplos que deben cundir en la sociedad, no tiene opción. Se debe al prójimo y para ello debe contar con los valores más altos. No le cabe otra cosa, y esto –lo lamentamos- más allá de lo que diga su recibo de haberes. De lo contrario habrá que dedicarse a otra cosa.
Yendo más arriba, falló también la formación que no supo o no pudo plasmar la idea de lo que debe ser un agente que resguarda la ley y el orden que está al servicio del ciudadano y que aún hoy, estamos seguros, son la mayoría.
La autoridad, aquella responsable por esa seguridad a la que cada ciudadano tiene derecho, aquella que debe arbitrar los medios necesarios para asegurar ése derecho también falló, porque no supo detectar a tiempo a quiénes tenían en sus “filas”. Actuó, sí, como debía, pero –y otra vez- después de ocurrido los hechos. ¿Y es que siempre, nosotros como Estado, resolveremos los problemas una vez que el hecho fue consumado?. ¿Nunca antes?.
Y finalmente llegamos, en nuestro razonamiento, a todos nosotros. A nosotros. Porque este es un hecho más en el sentido que deja al descubierto –como si hiciera falta- la ausencia de valores en la que vivimos. No podemos decir esto de los jóvenes, pero sí de los de 30 y pico, de allí para arriba somos los máximos responsables de haber “cajoneado” más de algún valor. Y no nos esquive porque se preguntará “¿yo qué tango que ver?”. Nosotros le contestamos con otra pregunta (y nos preguntamos, obviamente) ¿Qué hicimos en éstos últimos tiempos para salir a defender los valores de la vida humana, el respeto o, simplemente, la amistad?.
Fíjese que no hizo falta que nos metiéramos con ninguna religión ni credo.
Podemos preguntarnos hoy en manos de quién está nuestra seguridad pero –por nuestros hijos- también corresponde que nos preguntáramos qué vamos a hacer para que no nos vuelva a ocurrir. ©ALN

 

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