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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 2096 - Fecha: 14 de Feb, del 2012
La re-reforma

El fortalecimiento de las instituciones es un tema clave para el momento que vive el país, afianzando su recuperación económica en el marco de un modelo que en octubre convalidó más de la mitad de la ciudadanía.

     Las instituciones son, indudablemente, aquellas que físicamente se las asocian a los edificios de organismos públicos (por ejemplo). Pero también están aquellas, tal vez más abstractas, pero también las más importantes sin dudas, porque son las que se sustentan en ese primer pacto tácito de convivencia que luego se transcriben en normas que aseguran su perdurabilidad.

    En este último grupo se encuentra la Constitución Nacional, en la que los legisladores pretendieron plasmar el espíritu del sistema democrático que elegimos para vivir.

    Se trata de la primera norma, desde donde nacen y mueren todas las demás y desde donde se fundamentan nuestros derechos y garantías, a la vez de dejar sentado el funcionamiento del sistema republicano de gobierno a través de la interdependencia de los tres poderes.
De allí que su reforma o modificación no es un tema menor ya que indefectiblemente afectará nuestra vida en comunidad, necesitándose la prudencia necesaria para no perjudicar a ningún sector de la sociedad. Una reforma de la carta magna es un hecho extraordinario, hay que decirlo.

    Y la sugerencia para la modificación de la misma con el objetivo de lograr una posible extensión al mandato de la actual Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner no se da en un buen momento. Lo diga quien lo diga, sea el Vicepresidente de la Nación en su papel de “militante” en un encuentro entre militantes –como él mismo intentó justificar-, o incluso nosotros mismos.

    Promover la reforma constitucional hoy, cuando el último e importante retoque a la Carta Magna apenas cuenta con 17 años y el segundo período presidencial de la actual mandataria ha arrancado hace no más de dos meses resulta, cuanto menos, innecesario.

    Y en lo práctico para declarar la necesidad de esa reforma haría falta, por mandato de la Constitución misma, el voto de los dos tercios de los integrantes del Congreso (es decir, de la totalidad de los diputados y senadores nacionales). La suma resultante es 220 votos. Y el oficialismo cuenta, en distintas mediciones y tomando apoyos inciertos como propios, con un caudal móvil de entre 180 y 190 votos.

    Fue Juan Domingo Perón, para poder ser reelegido, quien consiguió que se dictara una nueva Constitución en 1949, después derogada por la Revolución Libertadora, que restableció la de 1853. Esta última, a su vez, pudo ser modificada en 1994 gracias al Pacto de Olivos, rubricado por Carlos Menem y Raúl Alfonsín. El precio por pagar era, por supuesto, la reelección de Menem, concretada en 1995, y de la que hoy muchos se arrepienten y critican (incluso desde el seno mismo del actual gobierno).

    Con este intento cabe preguntarse por los motivos que originan al mismo. ¿Se tratará simplemente de mantener a los propios dentro del plato?, ¿se pretende cortar cualquier aspiración temprana a la sucesión Presidencial?. O, ¿será que no se siente capaz el kirchnerismo de lograr el trasvasamiento generacional?.

    En la historia política argentina se pueden recordar varios ejemplos en este último sentido, y habrá que reconocer que la capacidad de los presidentes para designar a sucesores afines y asegurar la continuidad de su gestión o proyecto ha sido limitada por carencias programáticas, o por la debilidad del sistema de partidos, incluso por pujas personales y también la “pereza” de los propios presidentes en abandonar el viejo y querido sillón que perteneciera a Bernardino Rivadavia (otro que no es un ejemplo feliz).

    Aunque con diferencias políticas y de origen social, Marcelo T. de Alvear fue leal, en todo lo importante, a su antecesor, Hipólito Yrigoyen. Perón no planeó ni quiso tener sucesores razonablemente elegidos, su "único heredero" era el pueblo (nadie en particular). Alfonsín debió conformarse con apostar a la suerte de Angeloz, que pertenecía a otra línea interna del mismo partido. Y la sucesión de Menem quedó en manos de Eduardo Duhalde, su rival interno.

    La Presidenta de la Nación ni siquiera insinuó el tema. Pero ya fue hecho público, tal vez para testearlo ante la opinión pública que, evidentemente, hoy por hoy está en otra cosa.
Llama la atención sin embargo porque estaba claro que el fortalecimiento institucional era una de las banderas del actual Gobierno. Sin embargo, con esta iniciativa, ¿no se va en contra de ello?. AA ©ALN

 

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